CALIFORNIA
Por cierto que la entrada en los Estados Unidos, por Méjico y el Paso del Norte, carece de atractivo pintoresco. Á despecho del puff atronador alzado por los diarios y guías, de los ferrocarriles de explotación y las agencias territoriales ídem, que de consumo multiplican los gigantescos reclamos, este pobre territorio fronterizo casi no encuentra comprador ni habitante. Dista mucho de pagar lo que ha costado. El «lanzamiento» ó booming del extremo sudoeste se presenta tan laborioso como el casamiento de una muchacha fea y sin dote, por más que, según sus tutores, ofrezca miríficas «esperanzas» para el lejano porvenir. Ni la conquista yankee ni los subsiguientes tratados de anexión han logrado modificar el aspecto del invencible desierto que, para el viajero, se presenta siempre como una mera prolongación de los estados mejicanos de Chihuahua y Sonora.
Los que algo retienen de historia moderna, no han olvidado la grita que levantó el partido nacional contra los «afrancesados» de Maximiliano, al solo anuncio de la cesión de Sonora, consentida ú ofrecida al gobierno francés. En el fondo, el regalo era mediocre. Á trueque de la posesión inútil y precaria de una estación naval en el callejón sin salida del golfo californiano, Francia hubiese adquirido, además de algunas minas riquísimas que nunca han cubierto los gastos de explotación, la más floreciente comarca de bandolerismo que exista en el mundo. Los historiadores indígenas no se han aplacado á nuestro respecto; después de treinta años transcurridos, suelen hablar aún con amargura de la «avidez francesa». En cambio, no guardan mal recuerdo de la brutal invasión que en pocos años puso la mitad de su territorio en poder de los Estados Unidos, haciéndoles ceder por la fuerza ó de mal grado (tratado de Guadalupe Hidalgo), además de Tejas, los territorios de Nuevo Méjico y Utah, las vertientes del Colorado y la opulenta California. Sin duda se consuelan con saber que todo ello es una aplicación correcta de la sacrosanta doctrina de Monroe, y así se dejan mutilar «por persuasión». Hoy más que nunca se enorgullecen con la amistad del poderoso tío Sam: proclámanse sobrinos suyos, á la moda de Bretaña—ó de Polonia—y no esperan sino la ocasión de otro congreso pan-(y circenses) americano, para expresar su cumplida aquiescencia. ¿Quién dijo que á la cazada liebre poco le importa saber á qué salsa habrá de aderezarla el cazador? ¡Error profundo! Los mexicanos quieren la salsa yankee, sazonada con gruesa pimienta humorística; pues bien, sin ser profeta, puedo asegurarles que, día más día menos, serán servidos á su paladar ...
Del Nuevo Méjico, que la línea férrea descantea por el sudoeste, y del Arizona (Árida zona ¡admirable bautismo!) que cruza en su mayor anchura, no divisamos sino vastos desiertos de arena, cubiertos de cactus enanos y espinosos brezos que se retuercen en el suelo, acorchados por el sol, cual haces de sarmientos en el fuego. Faltando en absoluto la humedad, cualquiera hoja de arbusto aborta en espina; y echo de menos los montes de algarrobos y caldenes que arrojan una sonrisa triste en nuestras más tétricas travesías de Catamarca ó San Luis. Ni una habitación, ni un árbol frondoso durante leguas y leguas: ningún vestigio de vida animal ó vegetal que no sea aquella maleza descolorida—ni una mancha verde en que pueda la vista descansar. En las cercanías de Dragoon Summit, el tren costea una interminable salina reverberante, comparada con la cual la nuestra de Totoralejos parecería un oasis. El implacable sol de junio enciende y hace vibrar la napa cristalina de ese Mar Muerto, con un insoportable y ardiente espejeo de hoguera, sin un matiz sombreado en la tierra ni un celaje de nube en el cielo metálico. Siento que vaga en mis labios una fórmula propiciatoria que bien pudiera ser la oración ad petendam pluviam. ¡Oh sí! fuera una bendición, una hora de lluvia copiosa y fresca que haría brotar mágicamente la savia invisible de los gérmenes por doquiera esparcidos y desecados. Me vuelve á la memoria el himno encantador é infantil de San Francisco de Asís al agua próvida, fecunda y casta ... ¡Qué bien se concibe en esta travesía el viejo culto ariano por las fuentes y los arroyos cristalinos! ¡Cómo se comprende que las tribus nómades del mundo antiguo hayan divinizado el agua bienhechora, por ser el alma de la tierra y, con el aire y el fuego, el principio de la vida universal!
Varias compañías americanas han acometido la empresa de canalizar ampliamente el río Grande, que cruza inútilmente esta región. La solución teórica del problema es tan sencilla como costosa su práctica realización. No es para nadie dudoso que á la larga el Arizona «pagaría», como aquí se dice; pero ¿cuándo? That is the question. En estos países nuevos y febriles, hombres y cosas viven de prisa, y los grandes capitales no suelen arriesgarse y correr el albur de los resultados á plazos largos. No hay que contar con el apoyo del tesoro federal, en forma de subvención ó garantía. ¡Pasaron los bellos días de la plétora monetaria! El mensaje con que Cleveland ha inaugurado su segunda administración no se parece en absoluto al que clausuró la primera y le costó su reelección: ya no se trata de discurrir el mejor empleo de los superavit ni de conjurar el peligro de la obstrucción metálica.—Por otra parte, estos lejanos territorios, que no han sido aún incorporados á la Unión federal, representan casi el extranjero ... Ahora bien, es un error pensar que los yankees tengan grandes capitales disponibles para empresas exteriores. El canal de Nicaragua está interrumpido, después de languidecer dos años á la espera de los medios que no han llegado; ninguna línea férrea valiosa de Méjico se encuentra en manos americanas; y en cuanto á sus obras importantes en el Perú, sabido es que se han proseguido merced á concesiones ó garantías fiscales, es decir, con dinero peruano. Son los ingleses los que tienen el capital expansivo—como los franceses el ahorro crédulo ¡para correr ingenuamente las peores aventuras!...
De trecho en trecho, una minúscula estación en este desierto inhabitado sirve de pretexto á un alto breve y melancólico. ¿Quién es el náufrago de la vida ó el incurable forjador de quimeras que ha podido dejar á su espalda las praderas del Oeste, casi vírgenes aún, repletas de recursos y esperanzas, para aceptar este destierro de jefe de estación en la desconsolada soledad?—Y con todo, tal es la savia exuberante del organismo americano, que desde su centro irradia al punto más extremo algo de su virtud civilizadora. Merced al pozo cavado por la Compañía del Southern Pacific Railroad: en torno de la casilla de «pintado pino», juguete nuevo que no ha de salpicar nunca una mancha de barro, se yerguen algunos arbustos en una huerta de un cuarto de acre; las capuchinas y arvejas odoríferas se enredan en los postes y verjas de abeto; pavos y gallinas pecorean acá y allá; una cabra retoza en un cercado verde, poco más ancho que un paño de billar. Por la ventana abierta, con sus cortinas de muselina, se entreven muebles de pitch pine, esteras, un rocking-chair, diarios y magazines sobre una mesa: todo ello arreglado, sacudido, deslumbrante de orden y aseo—¡la virtud nacional!—pronto para recibir á cualquier hora las visitas que no vendrán jamás. La joven dueña de casa, de blanco delantal, sube al andén y recibe su canasto de provisiones, levanta con largas tenazas su trozo de hielo, hilvana con el maquinista ó el guardatren un diálogo puntuado con risas y exclamaciones. Es su única échappée diaria sobre el mundo exterior. Pero suena una campanada, un silbido agudo rasga brutalmente la charla amistosa: «Vamos ... ¡hasta la vista! Good bye, Mrs. Paine!» El tren se escurre, y hasta mañana quedará cerrado el paréntesis. Éstos han traído la bocanada de viento de Nueva Orléans, otros traerán luego la de San Francisco, y ello bastará para no abandonarse y sentirse vivir.
Con el gran silencio de la tarde que cae, la estación vuelve á ser presa del desierto inconmensurable. Pero la compañera fiel, enérgica y dulce, alegra la casita, del propio modo que las enredaderas y el césped sus cercanías. Como un faro en el mar, estrella la obscuridad la lámpara del home humilde, donde el padre lee los diarios y la madre la Biblia, en el silencio ritmado por el tic-tac del reloj y la respiración de los niños dormidos.—Más allá de Bowie, en el desierto siempre, dos rosadas niñitas, vestidas del mismo percal rayado y encaramadas en una potranca flaca, se acercan á nuestro car: se rien sin descanso ni timidez, mostrando sus dientes blancos en sus graciosos palmitos tostados y pecosos de durazno pintón. Acaso, dentro de cinco ó seis años, les toque proseguir en Denver ó San Francisco la gran aventura de la vida, y no les habrá perjudicado este rudo aprendizaje de la primera edad. Les alcanzo naranjas por la ventana y me alejo con el pesar de no abrazarlas ...
Se tiene ahí, no hay que dudarlo, una manifestación, elocuente en su pequeñez, de esa energía sajona que el yankee puro ha heredado y conservado sin degeneración. Allí aparece desnuda la raíz del árbol poderoso que ha esparcido por el mundo su fecunda simiente, fertilizando los yermos más lejanos y desafiando todos los climas: es la raza colonizadora por excelencia, porque adondequiera transporta consigo el dón precioso de bastarse á sí misma, gracias á la virtud alegre y sana de la familia, á la ayuda fortalecedora del hogar y al cordial inagotable de una religión que no vive del culto externo sino del sentimiento individual. Este primer esbozo de civilización esporádica en el desierto contiene tanta enseñanza como el espectáculo de las ciudades populosas y nuevas que luego encontraré—y que eran ayer lo que esto es hoy. Comparo en mi imaginación lo que asoma apenas de esta dispersa apropiación social, con las estaciones análogas de nuestras provincias argentinas; recuerdo cinco ó seis entre Quilino y Frías, todas parecidas entre sí: en que el empleado, joven ó viejo, casi siempre soltero, exhibe al paso del tren su leonera en desorden, amueblada con una montura, dos ó tres botellas, un catre que sirve de percha y de baúl, y donde dormirá la siesta abrumadora entre una jugarreta y una parranda con chinas abrutadas ... No es por arriba sino por abajo que los pueblos se clasifican mejor: no por el estrecho vértice de la pirámide, muy semejante de aspecto en todas partes, salvo la diferencia de altura, sino por la ancha base popular que soporta el edificio entero.
Aparte esas rápidas perspectivas, adivinadas más que entrevistas, confieso que mis primeros experimentos del nuevo medio social son tan afligentes como su paisaje. Nuestro Pullman-car está obstruído con maletas y equipajes de formas tan extraordinarias como las heteróclitas figuras de sus dueños: dominan los rostros glabros y enjutos de los colonos y demás gentecita rural de Tejas; visten arreos pintorescos y representan á los auverneses ó saboyanos de los Estados Unidos—digamos los collas de la frontera jujeña, para hacernos entender—pero unos rústicos que no sospecharan el encogimiento. Se despatarran en los asientos, con sus botas en el respaldo, al nivel de sus narices, escupen en todas partes, por el colmillo, á causa del chicote que mascan; los que han dejado el chewing nacional apestan el fumadero con sus cigarros de Virginia, levantándose á cada rato para absorber grandes vasos de agua helada. No entiendo palabra de lo que conversan entre sí ó con los waiters negros, á quienes tratan familiarmente, y lo propio les pasa á ellos cuando intento chapurrar mi escocés del Engineer.—Esto, por otra parte, me acompañará hasta Chicago ó más allá. El hombre del pueblo—sobre todo el odioso negro que se aprende á detestar en razón directa de su insolencia—no quiere entender, salvo en caso de propina, más que su slang gangueado con el acento del terruño y cortado por elipsis ó fórmulas locales: imagináos á nuestros cocheros parisienses ó á nuestros aldeanos de provincia, dirigiéndose á nosotros en su argot callejero ó rural. Me acostumbraré bastante pronto al inglés culto pronunciado correctamente, pero mucho me temo que abandone los Estados Unidos sin comprender á los negros ni á los boys de las aceras.
Después de mi primer ensayo en el coche de fumar, tengo que batir en retirada, algo corrido y mohino. Al recogerme á mi asiento, tropiezo con una cara de pascua que se sonríe debajo de una boina azul, y me invita en español á ganar un departamento reservado, desde cuya ventanilla me llama otra boina azul, blandiendo una botella de Jerez. Son dos vascos españoles; el común aprieto nos ha aproximado instintivamente, y, á los pocos instantes, se sella la intimidad sobre recuerdos familiares de las glorias vizcaínas y navarras: Gayarre, Aramburu,—sobre todo los famosos pelotaris que han valido más que cien agencias de emigración en esas provincias: el Manco, Elicegui, el Chiquito, y ese terrible Portal, fuerte como un turco y sutil como su pala.