Y como en el acorde armónico,—¡oh! en modo menor, no hay que dudarlo,—otras previsiones debilitantes y depresivas se suceden en mi imaginación. Ese mundo donde penetro, no es solamente extraño y nuevo: lo presiento hostil, antipático á mis gustos incurables de desterrado artista soñador, á mis tendencias exasperadas y aguzadas por veinte años de juicios absolutos y de soledad intelectual. Yo, que me hallo desorientado en el París cosmopolita y frívolo de la «ribera derecha», de los bulevares y del Figaro ¿qué vengo á ver en este reino del industrialismo, de la fuerza brutal, de la vulgar democracia y de la fealdad? El sordo acorde de las notas depresivas continúa así, durante algunos minutos; me siento desalentado, abrumado, «muy chiquito», y me arrincono en el ángulo del vagón, no pudiendo meterme debajo de la banqueta y desaparecer como en su concha el caracol ...
Pero la reacción se produce muy pronto: la nota fundamental se levanta vigorosa y plena, acallando desdeñosamente todas las otras, y, á poco, tan sólo ella se deja oir.—El mundo actual está cumpliendo una de sus evoluciones seculares, una de sus «épocas» históricas. Magnus sæclorum nascitur ordo. Fuera pueril, á pretexto de preferencias personales, desconocer lo evidente, y, á semejanza del niño que cree producir la obscuridad cerrando los ojos, pensar que basta negar el proceso inminente para que se difiera por una hora su ineluctable advenimiento. La humanidad moderna ha sido nuevamente fecundada á fines del pasado siglo: durante la centuria de su dolorosa gestación, ha vagado por la tierra, en cinta del porvenir, incierta de la hora y del lugar del alumbramiento, vacilando entre la Francia luminosa, la Germania profunda, la misteriosa Eslavia, el Asia remota y tradicional ... No lo dudéis ¡es aquí donde ha procreado! El advenedizo caserío de Belén ha sido preferido á la noble Jerusalén del templo histórico y de los esplendores antiguos. Signos inequívocos así lo manifiestan en el cielo y la tierra: una constelación reciente fulgura en el firmamento; y he aquí á los reyes del Oriente que depositan ahora en el establo predestinado, el oro, el incienso y la mirra de la consagración. No reparemos tampoco nosotros en el pesebre originario, ni profiramos la blasfemia farisáica, diciendo del recién venido: «¿No es ese el hijo del carpintero?» Pues, en verdad os digo que los tiempos están cumplidos: se ha abierto el Libro de los siete sellos, y, de pie en el umbral del siglo veinte, la joven América inaugura la novísima etapa de la errante y siempre ascendente humanidad.
Ahora bien, me toca en suerte estudiarla y acaso comprenderla en la hora eficaz de la vida, en la plena madurez, cuando ya disipadas las fumosas pasiones juveniles y antes de la decadencia física y mental, goza el espíritu de su completa autonomía. ¿Y renunciaría á este beneficio inapreciable, malbarataría esta ocasión única de ensanchar para siempre mi horizonte intelectual, tomaría una actitud rebelde y negativa, porque este mundo nuevo es diferente del viejo, y pertenezco á una raza más fina y artística? No, seguramente: tal no ha sido mi propósito y, Dios mediante, tal no será mi tentativa. Esa lengua nueva que balbuceo apenas, la aprenderé, la sabré, agregando, como dice Gœthe, un alma nueva á mi alma latina; y, además de la lengua que es el instrumento preciso, estudiaré el múltiple organismo que surge, cual otra Delos flotante, á la superficie de la civilización.
Recorreré, después de tantos otros, regiones y ciudades; pero más con el objeto de observarlas como síntomas externos, que con el fin de presentar un cuadro, ya hecho diez veces, de su agrupación material.—El libro de James Bryce, admirable análisis del organismo político, quedará probablemente definitivo para veinte ó treinta años: aunque se tuviera para ello fuerzas y tiempo suficientes, sería vano rehacerlo. Lo que no se ha despejado hasta ahora de la estructura política y del enorme laboratorio material de los Estados Unidos, es el principio director, el primum movens, la célula vivificante de la masa entera y, para decirlo todo en una palabra breve, el alma yankee[18]. Iré á todas partes, viviré con ellos en los congresos, en los teatros, en las calles, en las escuelas, en los templos, en los talleres; me sentaré á su lado en el hogar,—y aquí es, sin duda, donde más aprenderé;—hablaré con los hombres, las mujeres y los niños: me haré uno de ellos. Todo lo anotaré y compararé, sin reparar en repeticiones ó contradicciones; todo lo recordaré y expresaré ingenuamente: el bien y el mal, lo grandioso y lo miserable, lo grotesco y lo magnífico; y después, tal vez me sea dado poseer la energía y la amplitud intelectual bastantes para ensayar, en veinte páginas substanciales, la síntesis de esa alma dispersa y colectiva que, según la expresión clásica, vivifica y agita la mole colosal.
¡Oh! bien sé de antemano que no podré prescindir, sobre todo en estas páginas volantes, de escribir alguna vez con mis nervios exasperados. No hay envoltura filosófica que no se raje por partes en ciertos momentos, bajo el rudo contacto diario de hábitos y gustos contrarios á los propios. Quiero dejaros de antemano prevenidos. Pero, en esos mismos momentos nefastos, creo que no incurriré en error positivo; hasta creo posible que esas pinturas ab irato resulten menos flojas y desteñidas que otras mías. «El arte, decía Delacroix, es la exageración.» Entonces, el rayo visual llegará al objeto—ó vice-versa, si preferís—pasando por el lente de la pasión; nada será falsificado ni omitido; pero sí todo presentado con excesivo relieve, y generalizado lo circunscrito. Preveo, no obstante, que esos momentos serán raros. Y asimismo, se producirán en un medio moral de sincera y real simpatía. El corazón me dice que voy á querer á esos cíclopes. Ahora bien, la simpatía es condición necesaria para conocer á fondo; Carlyle ha dicho esa palabra profunda[19]. Con el querer agregado á la mente, acaso no resulten mis estudios del todo malogrados é ineficaces. Toda grandeza despide algo de solemne y casi divino. Como lo dice el título mismo de una obra monumental, que seguirá estudiándose después que todas las de Spencer hayan sido substituídas: el mundo no es únicamente una «representación», es también una «voluntad». Este cetro de la voluntad es el que, según creo, ha pasado á manos del pueblo de los Estados Unidos ...
Tal es el candoroso examen de conciencia que hago, al pisar los umbrales del tío Sam.