Para legitimarse, la dictadura invoca el eterno salus populi, el comprobante de la prosperidad material que, según los turiferarios, se debería á su presencia. Es el argumento de todos los despotismos, el mismo que sirvió cuarenta años há para justificar en Francia el golpe de Estado y el Imperio. Lo he aprendido en la escuela junto con mis primeras letras. Aquí no tiene siquiera la apariencia de la verdad. El poco acentuado desarrollo de Méjico, en los últimos años, es apenas el crecimiento natural de un organismo joven, bajo la acción estimulante del mundo exterior. Los panegiristas miopes no vacilan en apuntar, entre los «grandes progresos realizados durante el primer período de Porfirio Díaz», datos análogos á los siguientes, que copio textualmente: «El total de escuelas primarias existentes en Méjico en 1875 era de 8103, y de 350.000 el número de alumnos asistentes ... En 1884, las escuelas habían subido á 8586 y reciben instrucción 442.000 alumnos». El aumento de las escuelas, el único imputable á la acción gubernativa, no alcanza á 6%; el de los alumnos inscritos es de 20%, y corresponde poco más ó menos al acrecentamiento decenal de la población[17].
Así analizados, los otros progresos que se atribuyen á la dictadura tendrían explicación análoga. En la cifra del comercio anual, que alcanza á 150 millones de pesos, ocupan el primer rango, en los artículos de exportación, los metales preciosos explotados por compañías inglesas y yankees, y el henequén que el Yucatán despacha á Nueva York ¿qué tiene ello que ver con el gobierno de Porfirio Díaz? Sería tan lógico abonarle en cuenta ese desarrollo comercial, como responsabilizarle por la baja reciente del henequén ó la diminución en 39% del valor de la plata, que era la principal exportación del país, y cuya baja reducirá las cifras comerciales á lo que fueran antes de la dictadura.—Instintivamente habréis comparado como yo esos guarismos totales á los correspondientes entre nosotros. Si prolongara el paralelo sería todavía más instructivo. Aun teniendo en cuenta el valor bastante superior de la moneda, esos guarismos son inferiores á los nuestros. Méjico constituye uno de los territorios más ricos del mundo, y su población alcanza á unos 11.600.000 habitantes. Ahora bien, entre esa masa hay 11.000.000 de indios puros ó mestizos. Este dato demográfico basta por sí solo á dar razón de la historia, de la dictadura, del estado general del país—y hasta de esa singular ilusión óptica, que les hace creerse ricos porque producen y gastan proporcionalmente menos que la mayoría de los pueblos americanos.—No me cansaré de insistir en la importancia de este doble dato demográfico correlativo en las regiones hispano-americanas: las cifras absolutas del elemento europeo y del elemento indígena. Ello da la clave del resto. La latitud y, como consecuencia, la afluencia europea, por una parte; la ausencia de grupo indígena compacto: he ahí la doble condición del progreso americano. La raza inferior autóctona es un obstáculo tanto más poderoso, cuanto más numerosa y relativamente «civilizada» haya sido al tiempo de la conquista y durante la era colonial. «No se pone vino nuevo en odres viejos». La palabra de Cristo significaba que los judíos estaban más distantes del cristianismo que los gentiles; y puede repetirse, con idéntico alcance y absoluta exactitud, para demostrar que los pueblos americanos, embarazados de fuertes poblaciones aborígenes y productos mestizos, vagaran más de «cuarenta años» en el desierto bárbaro antes de divisar la plena civilización. Las únicas naciones que no han pactado con el indígena, que lo han barrido al desierto donde se extingue lentamente, son las extremas del continente. Con instrumentos y resultados todavía muy desiguales, han asumido ó asumirán la hegemonía—repitamos lo que es bueno repetir—de su respectivo grupo continental, realizando á despecho del anticuado criollismo lugareño el trasplante de la civilización europea en América.
Á las seis de la mañana, alzada la cortina de mi «alcoba», miro pasar, desde la camilla del Pullman, el grato y reposado paisaje mejicano. La campaña está densamente poblada; por todas partes los dorados trigales cubren el suelo, prolongando los setos de sus límites hasta el esfumado horizonte, y la rubia llanura de Guanajuato se extiende como un inmenso y rayado zarape en el telar. Se almuerza en Silao, á las 7.45; es el «plan» americano que se inicia. El almuerzo, de cinco ó seis platos regados con té, al levantarse; la comida, muy parecida, á la una; por fin la cena, más y más idéntica, á las seis. No se consigue nada en los intervalos: el viajero no come cuando tiene apetito; debe tener apetito cuando es hora de comer. Hasta para el estómago es el viaje una provechosa disciplina: el déspota de la vida regalada pronto se vuelve un esclavo obediente y elástico; y nunca me he sentido más sano que bajo este régimen pasivo y reglamentario. Naturalmente, el humor anda al compás del estómago; fuera de algunas rachas inevitables de melancolía, estoy dispuesto, sufrido, casi alegre. Mens sana in corpore sano. La sola satisfacción de ver, estudiar, comprender aspectos nuevos del universo, llena todas las horas de cada día. He escrito en mi cartera, leo y practico con la posible exactitud esta máxima profundamente filosófica: «Es inútil irritarse contra las cosas ...» Ahora bien, los reglamentos, los empleados, los guardafrenos, los waiters negros ó yankees,—y agregad una docena de etc.,—son «cosas» que con vuestro enojo pasajero no lograréis modificar en lo más mínimo. Una vez clavada esta idea racional en el cerebro, todo marcha á maravilla. Estoy seguro—y satisfecho—de haber dejado en todas partes una impresión de bonachonería; afirmo que, junto á mi cuenta saldada, cada «hotelero» ha debido de escribir irresistiblemente en sus libros este certificado de buena conducta y exactísima filiación: «viajero español; buen apetito; tranquilo, paciente, conversador».
De Méjico al Paso del Norte, frontera de los Estados Unidos, hay dos mil kilómetros que se recorren en sesenta horas. La cinta es un poco larga, sobre todo mientras se cruza los desiertos y médanos de Zacatecas y Durango. Tengo la impresión de la travesía entre el Recreo y Frías; pero falta la charla de las estaciones, y el conductor que solía allá dar la orden de marcha con esta fórmula desprovista de severidad: «Cuando guste, don Pablo ...»
El trecho de Chihuahua rescata su aridez con lo pintoresco de sus montañas mineras. Por sobre puentes y viaductos, el tren atraviesa la región de los minerales famosos; los ramales se destacan para Sierra Mojada, donde cinco ó seis grandes compañías explotan la plata.
Los ingenios de Santa Eulalia se yerguen en la áspera serranía, acribillada de negras bocas de minas; y entre el velo azul del crepúsculo, los blancos campanarios de Chihuahua se proyectan en la falda, dominando la torre cuadrada de la Moneda, que fué cárcel del patriota Hidalgo. Á la mañana siguiente se llega á Ciudad Juárez, última población mejicana, separada de Paso del Norte por el río Grande: cambio de tren, visitas aduaneras, etc. Pero todo se facilita merced á las agencias.
Ciudad Juárez y El Paso, que se miran por sobre el río, presentan inmediatamente la exacta medida del contraste sociológico entre los dos países: á pesar de su antigüedad, la población mejicana, soñolienta y estacionaria, ha quedado como un arrabal de la americana nacida ayer. Cruzamos el río Grande; llegamos á la estación del Paso, donde estaremos dos horas, esperando el tren de la Southern Pacific, para Los Ángeles y San Francisco. Me meto en un inmenso mail-coach tirado por cuatro magníficos tordillos percherones: calles con alamedas, cottages flamantes con techo de listones, residencias de ladrillo rojo con la gradería central y su parche de césped; una gran church gótica que aplasta la vecina iglesia católica; buggies manejados por muchachas rubias; anuncios, carteles ciclópeos. En el Hotel Pierson, donde almuerzo, encuentro en la mesa cinco ó seis señoras solas, de bata blanca, bebiendo agua helada y comiendo choclos á mano limpia, con un diario por delante. Miro por la ventana: la casa de enfrente tiene una escalera recta con un anuncio patético por través de cada grada. Primer escalón: Have you a family?—segundo: God bless your family! etc., etc., hasta el piso superior. ¿Quién hisopea así á mi familia lejana con tan sentida bendición? Es una compañía de seguros. No hay duda posible ¡estoy en los dominios del tio Sam!
En el umbral yankee
Experimento una sensación extraña, del todo nueva para mí; es sin duda sincera y espontánea, puesto que la encuentro apuntada en mi cartera, en el momento mismo de haberse producido. Más exactamente: percibo una sensación fundamental á la cual se juntan dos ó tres secundarias; del propio modo que, con tocar una sola tecla del piano, despertáis el séquito de la tercia, de la dominante y de la octava, que vibran en acorde perfecto con la tónica. Las sensaciones secundarias—para despacharlas de una vez—son meramente personales; el cambio brusco de la lengua y de los hábitos centuplica al pronto la distancia: para mí, entre El Paso y Ciudad Juárez, no media la estrechez del río fronterizo, sino la inmensidad moral de un océano. Durante meses, como una astilla flotante sobre las olas, paréceme que voy á ser traqueteado por fuerzas contrarias y muy superiores á las propias. Tendré que amoldarme á una vida nueva; deletrear laboriosamente un texto casi del todo desconocido; balbucear con esfuerzo permanente una lengua que no es la nativa, ni la que me he asimilado sin trabajo durante la fácil y elástica juventud. Desde luego percibo el desgaste cerebral, la tensión fatigosa del rudo aprendizaje, la tarea extenuante, continua, proseguida de la mañana á la noche de cada día, de prestar atención, no sólo á las cosas é ideas imprevistas, sino á cada expresión, á cada palabra, á cada giro extraño, para comprender y hacerme entender. Me incorporo á una columna en marcha, lanzada á galope tendido por la llanura inmensa ¡y monto un caballo maneado!...