IX
DEMOCRACIAS AMERICANAS
Bello será el porvenir, pero el presente es triste.—En el tren que sale de Méjico á las ocho de la noche, sin un alma conocida en este salón-dormitorio que me lleva hacia el norte, sóbrame tiempo para soñar y meditar como la liebre de La Fontaine en su albergue. Hasta las inmediaciones de Silao, nada podré ver del trecho recorrido; atravesaré sin conocerlos los Estados de Hidalgo y el trágico Querétaro. Para distraerme, tengo una «Guía», regalo de la obsequiosa administración, confeccionada toda entera por un conocido literato con frases del siguiente jaez: «Leamos en este libro ayudados por la claridad de la lámparas del Pullman; y si al concluir sentimos que nos llama á su regazo esa invisible pero dulce amiga que solícita nos invita diariamente, sin cansarse nunca, á reposar de las fatigas del día, al pasar su aterciopelada mano por nuestros párpados ... etc.» La frase se desenreda durante quince renglones, interminable y repugnante, como un pelo de india azteca que se extrae de un jarro de pulque. Á ese necio parloteo de eunucos bizantinos se llega en los países de «habla castiza» donde todos saben escribir y nadie sabe pensar ¡prefiero una página de nuestros Amores de Giacumina. donde siquiera no está aderezada la cruda estupidez! Prefiero, sobre todo, reflexionar en lo que he podido observar ó acaso traslucir, en mi breve tránsito por el único país hispano-americano que haya disfrutado, durante estos últimos quince años, los beneficios de la paz. He conversado con algunos hombres, leído algunos diarios, apuntado algunos rasgos sociales y populares, recorrido algunas estadísticas: en suma, poseo muy pocos elementos para una inducción exacta. Pero la impresión general no engaña: la paz que reina en Méjico es la de los sepulcros.
¡Oh! ¡el espectáculo político de esa América española, que acabo de atravesar y ya conozco casi en su conjunto, es sombrío y desalentador! Por todas partes: el desgobierno, la estéril ó sangrienta agitación, la desenfrenada anarquía con remitencias de despotismo, la parodia del «sufragio popular», la mentira de las frases sonoras y huecas como campanas, los «sagrados derechos» de las mayorías compuestas de rebaños humanos que visten poncho ó zarape y tienen una tinaja de chicha ó pulque por urna electoral,—el eterno sarcasmo y el escamoteo de la efímera Constitución. Donde quiera, por sobre el hacinamiento de los oprimidos: el grupo odioso de los opresores, los lobos pastores de las ovejas, el lúgubre desfile de los gobernantes de sangre y rapiña, los Guzmán Blanco, López, Veintemilla, Santos, Melgarejo y sus émulos, que no tienen siquiera la estatura de los verdaderos déspotas,—el amplio desdén de la ratería fiscal que mostrara un Rosas ó un Francia ... ¡Y las guerras civiles de venganzas y saqueos como entreactos á las rudas y crueles tiranías! Y las dictaduras centrales, complicadas y completadas con las mil opresiones y extorsiones lugareñas: desde el prefecto que denuncia terrenos «baldíos» desterrando á sus dueños, ó el gobernador que baraja bancos y empréstitos, hasta el cacique que «plagia» una vaca y el curaca que violenta una mujer. Y, por fin, sobre todo ello, el espeso y negro velo de la impunidad, acá y allá rasgado por el puñal de las represalias, que no significa sino un cambio de mandón ... No parece sino que en este continente, colmado por la naturaleza y malogrado por los hombres, se asistiera hace medio siglo á la siniestra bancarrota de la democracia y á las saturnales de la libertad. El Brasil y Chile que, por causas análogas en el fondo aunque diversas en la apariencia, se habían sustraído al contagio anárquico, han entrado á su turno en la ronda infernal. ¡Ay de las naciones, como dice crudamente el Apocalipsis, que se embriagaron una vez con el vino de la ira y de la fornicación!...
Ante esa degeneración de la sagrada doctrina que Francia proclamara, ese derrumbamiento general de los edificios republicanos que, á imitación ciega ó prematura de los Estados Unidos, se han levantado en el continente incurablemente español, se ha podido con razón aparente desesperar de la democracia moderna y blasfemar de la santa libertad. Yo mismo lo he pensado y lo he escrito. Con tal de escapar á esa manía agitante del desorden, á ese crónico histerismo de turbulencias y revueltas, he deseado muchas veces para los países que amo el advenimiento de un dictador inteligente, cuya férrea mano impusiera el orden y el progreso, al igual que otros fomentan el retroceso y la barbarie. He repetido con Renán que el ideal de los gobiernos sería el de un «déspota bueno y liberal».—¡No hay despotismo bueno; y el adjetivo «liberal» lanza alaridos al verse apareado á semejante sustantivo! Después de respirar durante algunos días, y sólo por la lumbrera exterior, la atmósfera de cárcel y cuartel de la república mejicana, retiro humildemente mis votos sacrílegos, los abjuro como una blasfemia y un ultraje á la humana dignidad. No; á pesar de todos los excesos, la libertad es el bien supremo. El vino puro y generoso no es responsable del alcoholismo y la intoxicación. ¡Desechemos los sofismas, por querida que sea la boca que los vertió; cerremos por esta vez nuestros oídos á la voz de la Sirena: desconozcamos esa filosofía de la historia aprendida en la escuela sanguinaria y sin entrañas del profetismo hebreo, que ordenaba sacrificar la prole enemiga—como en ese versículo final del Super flumina Babylonis, que manda estrellar contra las piedras las cabezas de los niños inocentes, y es la mancha indeleble, la abominación inexpiable que no lavaran en treinta siglos todas las aguas del Jordán! Reprobemos el desorden y las revueltas estériles, maldigamos de la anarquía con la voz y el gesto; pero sin olvidar jamás que, para los pueblos como para los individuos, el único mal intolerable es la esclavitud.
Todos los de fuera, tenedores de bonos y manipuladores de negocios, que consideran estos países, no como naciones, sino como meras comarcas explotables, están á sus anchas y en buen sitio para celebrar el orden restaurado por Porfirio Díaz. La paz reina en Varsovia. Pero, ni esto mismo es comparable. En Varsovia, para recordar esa deplorable palabra (vertida en la tribuna francesa, si mal no recuerdo, por el ministro Sebastiani), se oían las protestas y los gritos de las víctimas. En la República Argentina, palpitante bajo la bota de Rosas, los de adentro podían escuchar la voz alentadora de los proscriptos, que venía desde Montevideo y Chile: nunca cesó de importunar al déspota ese rumor de trueno lejano, cargado de amenazas y maldiciones; la misma Buenos Aires le mantenía en perpetua alarma, hasta acorralarle en su guarida de Palermo, y, como dice magníficamente Esquilo, de Casandra cautiva, la nación jadeante «cubría su freno con espuma sangrienta ...» En el Méjico enfrenado por este héroe de guerras civiles, no se escucha una voz disonante en el parlamento, en la prensa, en un corrillo: ni siquiera del extranjero llega un grito de indignación. Mucho más triste y desconsolador que el mismo silencio sepulcral, que fuera á su modo una protesta, se alza, desde la capital hasta los confines del país, un concierto de rendición y alabanza: el himno de los antiguos aztecas ante el trono de Moctezuma. Méjico entero es una inmensa encomienda; y parece que el pueblo emasculado hubiera perdido hasta el deseo, hasta el recuerdo de su virilidad. La tiranía más funesta no es la salvaje de la «mazorca» y del puñal, cuyas heridas francas se restañan en pocas horas; sino la del opio y del veneno lento, que acorcha las fibras del corazón, esteriliza la mente y corrompe el alma misma de todo un pueblo.—Por cierto que no me refiero aquí á los sentimientos individuales, sino á esa alma colectiva y externa de una nación, que no es de ningún modo la suma de sus unidades. Es ésta la que Porfirio Díaz ha logrado envilecer, hasta conseguir que extraiga satisfacción de su propio envilecimiento.
Basta recorrer un diario, abrir un libro, asistir á un acto oficial, para darse cuenta de la perversión general de las ideas, de la decadencia moral á que un régimen de compresión prolongada y una atmósfera de campana pneumática conducen fatalmente á una nación altiva. No hay plaza ni esquina, no hay trastienda ni pulquería, donde no se ostente el retrato de ese soldadote buen mozo, ya vestido de uniforme cuajado de pasamanería, ya con traje y aspecto de rico burgués bonachón que maneja sin inquietud una pingüe hacienda.
Por otra parte, no me cuesta agregar que, para mí, lo displicente y antipático del presidente Díaz no es su tipo personal ni su conducta privada, sino su insidiosa dictadura; ni tampoco compararía su actitud administrativa con la de su predecesor inmediato que muere encausado por malversación. La corrección doméstica pesa muy poco en la balanza que ostenta la opresión de un pueblo entero en su otro platillo.—Y acaso no sea el síntoma más terrible oir levantarse cantos y risas del fondo de la ergástula.—¡Los textos escolares ensalzan la gloria del dictador! En un libro oficial de historia contemporánea, se sufre la náusea de asistir á la apoteosis del presidente vitalicio en la forma idiota y soez de un paralelo entre Juárez, Porfirio Díaz y ... Jesucristo, puesto entre ambos. ¡Es casi el Calvario por segunda vez!... El himno de alabanza es tan repugnante cuanto universal. Díaz es igualmente grande por haber derrocado, en nombre de los «principios», al presidente Lerdo, que aspiraba á la reelección, y por haber luego asegurado, con la complicidad de su Rump-Parliament, su propia reelección indefinida. En la baja compilación que vuelvo á mencionar para estigma de sus fautores, la ignominia popular está celebrada y fomentada en los términos siguientes: (la derrota del presidente Lerdo) «dió por resultado, como fácilmente se comprende, que desapareciesen por encanto los numerosos partidarios que tenía Lerdo, y que surgiesen, como evocados por conjuro eficaz, improvisados partidarios de Porfirio Díaz ...» Es la prostitución de la plebe consagrada por la prostitución de la prensa. Después de la sangrienta ejecución de Veracruz, toda tentativa de sublevación ha desaparecido en el país helado por el terror; y los poetas de librea cantaban ayer, en plena Biblioteca nacional, en versos felizmente detestables, la benignidad de la dictadura. Acaba de morir el ex-presidente González, gobernador perpetuo de Guanajuato, de todo punto inferior á Díaz, pero que representaba un núcleo posible de oposición, un similia similibus agorable si bien de muy dudosa eficacia. Ambos generales, naturalmente, eran compadres, como Rosas, Quiroga y los López. ¿De qué compadre «respondón» podrá surgir ahora la veleidad de un nuevo «plan», como aquí llaman cómicamente á los alzamientos? Los gobernadores de Estados son comandantes de campaña, criaturas del amo, caudillos lugareños sin prestigio ni ambición nacional, en su mayor parte mestizos ó indígenas puros, como ese coronel Cahuantzi, cacique de Tlaxcala. Porfirio Díaz conserva en la capital la fuerza militar; el armamento está almacenado en su propio palacio. Los congresales son funcionarios del Ejecutivo, nombrados á indicación del dictador, como todos los otros empleados. La discusión de las leyes tiene tanto alcance como en el senado de Calígula. Ante una duda posible sobre la constitucionalidad de una orden del amo, los legisladores contestarían probablemente, como los consejeros del famoso déspota oriental: «Ignoramos si hay una ley que permita este atropello, pero conocemos otra que autoriza al monarca para hacer cuanto sea de su real voluntad.» Por decreto especial, les ha devuelto las corridas de toros. Panem et circenses, los toros y el pulque: la fórmula es correcta; tiene la sanción de la historia y completa la asimilación.
No es bueno que lo ignoremos todo acerca de la historia americana contemporánea. De la desgracia extraña podemos sacar alguna enseñanza, y experimentar en cabeza ajena á qué miseria moral podrían conducirnos nuestras eternas disensiones, nuestro ciego desconocimiento de lo que importan para el pueblo argentino los honrados propósitos y el sano patriotismo en el gobierno, y, sobre todo, el goce tranquilo é ilimitado de este bien supremo ¡la libertad!