Recorro los estantes y los catálogos fragmentarios: es el fondo de teología, derecho antiguo é historia colonial que sirve de base á todas las bibliotecas hispano-americanas, pero mucho mayor que el nuestro. Un oficial me habla de 120.000 volúmenes, otro de 250.000. Los datos no concuerdan rigurosamente; pero no dudo que sea enorme la masa cúbica de material impreso que pocos leen. Como instrumento de trabajo, fuera de la estrecha erudición colonial, como colección científica y literaria en las tres grandes lenguas activas del moderno laboratorio europeo, la monumental biblioteca mejicana debe de ser inferior á nuestro modesto é incipiente plantel de Buenos Aires. Para mi propia edificación, me he supuesto buscando datos relativos á mi estudio sobre el Problema del genio: faltan las obras maestras originales. En Buenos Aires, no he podido concluir mi libro tal cual lo concibo; no podría empezarlo en Méjico. Por otra parte, las librerías comerciales son un buen espejo del medio intelectual. Con todas sus deficiencias, las cinco ó seis grandes librerías de Buenos Aires representan un movimiento de ideas y de iniciación europeas que, como importancia y calidad, no admite comparación con las de Santiago, Lima ó Méjico. Para limitarme á un ejemplo corriente: la casa de Bouret no ha recibido jamás—su jefe me lo afirma y su aspecto me lo confirma—una colección completa de la Bibliothèque scientifique internationale, que allá se ha vendido por docenas.

Sin ánimo de humillar ni desalentar á nadie, creo que ello es indicio de una desemejanza de situación que algo tiene de radical y absoluto. Todos los hispano-americanos escuchan el mismo concierto de la civilización europea, deseosos de ajustar su marcha al soberano canon rítmico. La única diferencia está en que los menos lo oyen adentro, y los más desde afuera, como «mosqueteros» de la fiesta. Los que han logrado penetrar en el recinto, pagando muy caro su asiento, no deben malbaratar su privilegio precioso: si observan y estudian, en lugar de dormirse ó murmurar, están en aptitud de pasar algún día de espectadores á actores y tomar parte en la ejecución.—Ahora bien, protestar contra esa evidencia,—y sobre todo, protestar con injurias que por lo distantes y clamorosas se vuelven anónimas,—alzar el chivateo araucano contra los juicios tranquilos de un observador únicamente preocupado de la verdad, para quien, por precepto de lengua y educación la exactitud es la condición misma de la justicia—justice, justesse—y que no hizo el sacrificio de abandonar por un año su hogar, sino con el fin de instruirse y extraer para todos algún provecho de sus comparaciones:—todo eso, hay que decirlo alguna vez, no significa más que mezquindad de vistas, estrechez de horizonte, carencia de amplitud intelectual. Respingar bajo la crítica, después de haber pregonado el elogio, igualmente sincero, no importa sino traer argumentos á la tesis contraria, y demostrar—lo que el observador no pretendiera—que el mediocrismo es endémico y constitucional. ¡Valiente modo de componer el retrato, el hacer muecas al objetivo fotográfico!

Al día siguiente, pregunto por el señor Director, á quien envío mi tarjeta. «Está presidiendo la Academia», me contesta el portero con solemnidad. Adivináis que se trata de la Academia de la lengua, correspondiente de la de Madrid, y sentís, como yo, cierta timidez respetuosa. Después de una hora, se levanta la sesión, y la Academia desfila gravemente por la nave mayor. Contra todo precedente biológico, este cuerpo consta de tres miembros: tres faciunt capitulum. Por sus actitudes agobiadas y sus frentes pensativas, me doy cuenta de la importante y ruda labor. ¡Labor fecunda! ¿Quién sabe si de esta «ida» no violenta las puertas del diccionario la voz «presupuestar», recientemente repelida contra todo el empuje tradicionalista de Ricardo Palma? En los labios del primer licenciado «académico» he creído divisar una sonrisa de triunfo gramatical. Esperemos ... ¡Esperemos!

El director de la Biblioteca nacional es un conocido literato é historiador mejicano. Me recibe con cortesía, sin calor. Editor infatigable, está corrigiendo ahora las pruebas de una voluminosa colección de Poetisas mejicanas, para la Exposición de Chicago. Con mi incurable prurito de sinceridad, dejo escapar esta impertinencia: «Y todo eso ¿no le parece á V. muy vacío?...» ¡Vacío! El editor me mira con extrañeza. Tengo que confesar mi ignorancia: fuera de la célebre carmelita del siglo XVII, no conozco de las poetisas mejicanas más que los fragmentos de las antologías. Creo de oídas en el genio de doña Isabel Prieto de Landázuri, de la bella señora Pérez de García Torres y sus dignas compañeras. En cuanto á la «décima musa», sor Juana Inés de la Cruz, algo de ella se me alcanza seguramente; pero han sido tantas las «décimas musas», antes y después de la lesbiana Safo, que tal vez me pierda en la cuenta ... Musas aparte, la conversación instructiva y prudente del señor bibliotecario me abre algunas perspectivas sobre las cosas de Méjico. Rumiaré todo eso y lo demás esta noche, en la travesía de Méjico al Paso del Norte. Pero es increíble la poca cantidad de ideas comunes que pueden tener dos hombres «ilustrados», como se dice, que hablan la misma lengua y ejercen exteriormente la misma profesión. Por centésima vez, en Méjico, experimento la sensación de la enorme distancia que nos separa de este país. Nos ignoramos mutuamente, cual si viviéramos en planetas distintos. Fuera del círculo de algunos estudiosos, las figuras de Sarmiento y Alberdi son absolutamente desconocidas; una revista local citaba ayer los versos más trillados de Andrade, haciendo gala de erudición ¡como si fueran de Valmiki! Abren ojos más grandes que los portales de la calle Tlapaleros, cuando les digo que hay trescientos mil extranjeros en Buenos Aires, en tanto que ellos, después de tres siglos de afluencia colonial, no alcanzan á tener más de cuatro ó cinco mil, en su mayor parte españoles.

En toda la costa del Pacífico, desde Chile hasta Colombia, la influencia argentina, si bien naturalmente decreciente, nunca deja de percibirse por el transeunte. En Guayaquil y hasta en Panamá, he tenido el placer de recibir visitas á título de viajero «argentino». Llega hasta allí la irradiación de la lejana Buenos Aires, envuelta en no sé qué aureola fascinadora de riqueza y moderna elegancia que nuestra crisis de crecimiento no ha logrado empañar. En Méjico no penetra nada nuestro: terra incognita. Este pueblo vive orientado hacia el norte, que le conquista sordamente. Creo que el único argentino aquí establecido sea el amable y cariñoso general de la Barra, hermano de los de allá. Pero es ciudadano mejicano. Urge, pues, nombrar á un «residente» argentino, para muestra y specimen—lo propio que en Liberia ó la China. ¡Oh! ¡qué de intereses comunes y asuntos importantes tendrían que ventilar las legaciones de uno y otro país!

No existe orgánicamente el grupo hispano-americano; lo que así se ha llamado, no era sino la vinculación política de las colonias á la metrópoli. Rotas las cadenas que se juntaban en la Casa de contratación, todo punto de contacto en el centro histórico común desapareció provisionalmente, hasta que los mutuos esfuerzos de la Independencia y las relaciones solidarias de la «Vida nueva» crearan los únicos que estén destinados á subsistir.

Lo que existe gráfica y casi diría étnicamente, es una América del Norte y una América del Sud, acollaradas más que unidas por la frágil coyunda del Darien. El istmo de Panamá será cortado infalible y próximamente; y ello tendrá como primer efecto, aun antes que el ensanche del intercambio universal, la aproximación, á par que la contracción en estructura más compacta, de los pueblos meridionales. Como el congreso de Panamá, convocado en una línea divisoria que parecía una ironía natural, el Pan-Americano tenía que ser una quimera,—y ello ha sido dicho en palabras que quedarán. Cuando la línea de división sea un brazo de mar, cada continente palpará su autonomía. Ambos tienen su polo y su destino, acaso tan opuestos, como la Osa menor y la Cruz del sud. Entonces las naciones australes, como naves hermanas de la misma flota, bogarán en conserva sobre las olas tranquilas de su doble océano, guiadas—no hay que dudarlo—por la iniciadora y propagandista de la emancipación: la que también ahora las precede en el crucero del progreso, á guisa de nave capitana, y enseña en el mapa su aguda proa patagónica enderezándose hacia el Este, iniciador de la ciencia y de la luz ...

¡Nave del porvenir! ¡Cara nave argentina, que llevarás en tu cubierta algunos séres de mi nombre, algunas gotas de mi sangre francesa: Dios te conduzca y te mantenga orientada hacia esa patria mía de la belleza risueña, de la nobleza generosa y fina, de la ciencia unida al arte como el fruto á la flor! Poco importaría que no te corrigieras de tu ligereza, de tu imprudencia, de tu prodigalidad, que son también defectos nuestros, si supieras envolverlas en una virtud, un entusiasmo artístico, un culto intelectual. Sin un símbolo y una fe que flote eternamente sobre las aguas como la brújula primitiva, de nada te valdrían tus cargamentos de riquezas, que vendrían á ser acaso una presa ó una tentación. Llámese moralidad, ciencia, patriotismo ó religión: edifícate un altar ideal, vive y muere abrazada á él como los primeros cristianos á la cruz. ¡Sé un alma!—Y todo lo demás te será dado por añadidura; y la historia sancionará esa hegemonía sudamericana que la próvida naturaleza te ha deparado,—¡oh, nación argentina, nave del porvenir!