Aquellos horrores no son imputables tan sólo al carácter español. Toda la Edad Media ha sido feroz; homo homini lupus. Pero, después de la fatalidad étnica que injertó en su semitismo originario el del largo contacto arábigo, España sufrió la fatalidad histórica de ser protagonista del drama europeo en su acto menos humano y civilizador: la propaganda á sangre y fuego del catolicismo. Y si es cierto que la Reforma señala una era nueva del pensamiento, es de una lógica profunda y terrible el que la victoria de aquélla haya marcado la decadencia material y moral de su implacable enemigo.

En lo que atañe al exterminio americano, hay que advertir también, en descargo de los conquistadores, que entonces, mucho más que después, el soldado vivía del botín y del saqueo. Siendo, además, la Reconquista una guerra civil,—y más que civil, como diría el español Lucano,—se hizo muy visible, al día siguiente de la victoria definitiva, que la destrucción del vencido acarreaba la ruina del vencedor. Nunca estuvo más pobre España que después de rendir á Boabdil. De ahí la necesidad, la urgencia del derivativo indiano. Antes de ser una mina, la América fué un exutorio. Durante un siglo y más, de Cádiz y Sevilla, se escurrieron á Indias bandas famélicas de diente largo y conciencia á la vez estrecha y holgada: aventureros valientes y fanáticos—sin camisa tal vez, mas nunca sin escapulario—y, en suma, tan incapaces de un rasgo de clemencia como de un acto de cobardía. Para estos muslimes bautizados, cual para los otros, la palabra piedad no tenía más significado que el de devoción.

Por eso la epopeya conquistadora carece de belleza humana. Parece que en el arte también fuera exigible la presencia de ambos elementos sexuales: el concurso de la gracia y de la fuerza, de la emoción con la voluntad, del filete sensitivo con el motor. Uno sólo aparece en la ruda cruzada americana. Con razón la voz disciplina es tan monástica cuanto militar: un campamento es un convento abierto. Para la creación artística, la soldadesca tiene la misma esterilidad que la frailería. Habrá fragmentos, hallazgos, páginas—gritos líricos como en los salmos hebráicos: no hay poema de claustro ni de cuartel.

El vasto cuadro de la conquista ostenta la monotonía del oro y de la sangre. Aun en este Méjico, entonces opulento y resplandeciente, el mismo episodio soberbio de Hernán Cortés, el más garboso de los caudillos españoles, arranca del elemento azteca su interés primordial: Moctezuma, Guatimozín, y esa sumisa y sacrificada Marina son el grupo patético. Para que un rayo de poesía bárbara ilumine la atrocidad compacta y arroje siquiera un reflejo de incendio sobre la traición y el exterminio, falta llegar al alzamiento de los oprimidos, á la fuga tenebrosa de los opresores por la calzada de Méjico, á las angustias de la «Noche Triste». ¡Al fin tienen su hora de venganza y desquite, siquiera sea incompleta y fugaz! Y tan imperioso es en el corazón humano el sentimiento de la justicia inmanente, que el horror de la tragedia ennoblece aquí á los mismos conquistadores. Vuelven á ser soldados, no ya verdugos, soldados épicos en esta misma Otumba que visitaba ayer, como sus padres en el Salado y Las Navas. Un puñado de españoles intrusos contra una muchedumbre parapetada y dueña del suelo, innumerable, inacabable: sorprendidos en las tinieblas, pelean en retirada, rendidos de hambre y fatiga, con sus heridas recientes «de refresco» á las de ayer; derrochando sin esperanza de gloria personal su monstruoso heroísmo; multiplicando, á dos mil leguas del aplauso y de la fama, sus fabulosas proezas sin testigos ¡tan ignoradas como relámpagos en el mar!... Aquí es donde hay que oir la voz de trueno de Bernal Díaz, relator ingenuo de las propias hazañas[16]. Después de transcurridos cuarenta años, el veterano, sacudido por el estremecimiento de los altos recuerdos, interrumpe bruscamente sus cuentos de comadre: se despierta y endereza, arrojando de un puntapié sus andaderas de cronista aprendiz; y entonces, sin buscarlo ni sospecharlo, dejando muy atrás á Gomara y Oviedo que hablan de oídas, á los cantores de gesta que no leerá jamás, llega de golpe á la suprema belleza del movimiento y colorido, suelta á borbotones sus relinchos de guerra, ¡manoseando lo sublime con la inconsciencia de un niño y el rudo desenfado de un viejo campeador!...

Es así como, á despecho de todo, los recuerdos tradicionales se abren paso y vuelven hacia mí por esa larga Vía Apia, gloriosa y fúnebre, de la historia legendaria. Y ello consuela un poco de las actualidades monumentales, del gran Teatro Nacional, de la Aduana, del circo en la plaza de Santo Domingo, de los hijos de familia que pasean por esos portales sus ridículos trajes de «charros», de los letreros en inglés, de los restaurants á la francesa con su nomenclatura azteca: de todo lo artificial, intruso y postizo que ha quitado á la Méjico moderna su antiguo carácter histórico sin reemplazarlo con otro nuevo.

La catedral es imponente y bella, á despecho de sus incoherencias de estilo y del mezquino jardín que afea y empequeñece su atrio. De proporciones mucho mayores que la de Lima, con un lujo inaudito en su adorno interior, reviste un aspecto de indiscutible y grandiosa nobleza. La mano soberana del tiempo ha pacificado las batallas de sus órdenes arquitectónicos: el dórico y el jónico de sus naves y torres casi han llegado á armonizar con los detalles españoles y moriscos de la fábrica; del propio modo que las estátuas colosales de los Patriarcas, que se yerguen en el basamento de las cúpulas, parecen tender la mano á las Virtudes teologales de los campanarios. Por todas partes las armas de la República, esculpidas en la piedra venerable, lanzan el chillido advenedizo de la «Reforma liberal»: sólo falta el medallón del ubicuo presidente Porfirio Díaz.

El gran interés del «Museo Nacional» consiste naturalmente en sus antigüedades aztecas; pero no satisface plenamente la espectativa. Se le esperaba más rico y completo. Sus reliquias más famosas, la Piedra del sol, el Indio triste, los ídolos y las serpientes místicas producen un efecto que llamaré trunco y fragmentario: no se ve desfilar la historia eslabonada y sucesiva de esa interesante civilización, y creo que en París ó Berlín se la podría estudiar mejor. La Escuela de Bellas Artes es una de las tantas creaciones debidas á la reacción progresista de Carlos III, cuyo reinado fué una tentativa fugaz de renacimiento intelectual contra las verdaderas corrientes nacionales y bajo la presión directa del filosofismo francés. Aquello era todo artificial y de reflejo, así la pintura neorafaelesca de Mengs como el teatro pseudo-volteriano de Huerta ó Cienfuegos. Algunas salas y galerías—especialmente las dos primeras—contienen cuadros interesantes de la escuela hispano-mejicana del siglo XVII: Herrera, López, el indio Cabrera; Echave (cuya mujer ó lo que fuera, la Sumaya, tiene un curioso San Sebastián en la catedral): eran ramas desprendidas de los troncos sevillano y madrileño que estaban entonces henchidos de savia artística. La tercera galería se compone de cuadros «atribuídos» á Rubens, Murillo, Velázquez, Van Dyck, etc.—En general, delante de una colección americana de grandes maestros antiguos con firma «auténtica», debéis conservar preciosamente vuestra duda. Pero si los cuadros son «atribuídos», cualquiera duda sería ofensiva y casi criminal: creed á pie juntillas en su legítima procedencia de alguna trastienda judía de Venecia ó París.

En cuanto á la moderna pintura mejicana, pertenece generalmente á esa secta enfática y chillona, tan difundida en la América española, que confunde la declamación con la elocuencia, y la crudeza del colorido con el vigor. También tienen éstos Escuela nacional de pintura, lo mismo que aquéllos, y no pretenderé disuadirlos: son realmente «escuelas» primarias de un arte que parece oficio,—eternos aprendizajes de discípulos aplicados que no han llegado jamás á la inspiración original ni á la plena maestría.

He hecho dos visitas á la Biblioteca nacional. Ocupa el macizo y vasto convento de San Agustín; la fachada es de aspecto imponente con sus columnas y bajos relieves; un jardín conduce al vestíbulo pavimentado de mármol, por entre los bustos de las glorias mejicanas. La inmensa sala de lectura es la antigua nave mayor; los depósitos llenan las capillas laterales: y todas esas grandiosidades están mal adaptadas, incómodas, antihigiénicas, como que el sitio de prestado no es adecuado á su fin. Aunque cuento hasta treinta lectores, todo ese espacio enorme parece vacío, inhabitado, sepulcral; un polvo sutil cubre las mesas, los estantes, los libros y los lectores. Domina el coro una descomunal estatua del Tiempo con su hoz afilada, para demostrar que ¡el saber, ó el arte, ó la ciencia, ó cualquier otra cosa es inmortal! Y esa cosa está vagamente simbolizada por una serie de gigantescos yesos que representan—ressemblance garantie—á Valmiki, Confucio, Isaías, Aristófanes, Orígenes, Alarcón, Humboldt y otros ilustres, en su calidad de «personificaciones de la sabiduría». ¿Habéis notado que esas listas de representantes de la humanidad, por cortas que sean, salen siempre largas ante el buen sentido? ¡Confucio representando á la filosofia antigua y Orígenes á la cristiana! ¡Aristófanes, símbolo del teatro griego, como Alarcón de la literatura española, en sustitución de Cervantes ó Calderón! Bien sé que el culto y elegante «jorobado» era mejicano; pero entonces tenía su puesto en el vestíbulo. ¡Y el enciclopédico Humboldt, que no ha dejado huella original en ninguna ciencia, sustituído á Galileo, Newton ó Lavoisier,—inmensas personificaciones del genio inventivo—tan sólo porque ha escrito su famoso Ensayo sobre la Nueva España, que no soportaría hoy un prolijo examen crítico!—¡Así están ellos, Confucio, Valmiki y compañía, con sus yesos dudosos como camisas de quince días, cubiertos de telarañas, enseñando sus lamentables anatomías modeladas por algún lego agustino, envueltos en sus ropas polvorientas que imploran en vano el golpe de plumero ó la mano de jabón que les rehusan los ordenanzas, tratándoles como á sí propios!—Al sustituto del director, ausente hasta mañana, le insinúo la alta conveniencia de modificar su galería de celebridades. Me mira algo escandalizado; pero le sosiego, explicándole todo mi pensamiento: no se trataría de desalojar á los venerables monigotes, sino de bautizarles con otros nombres. «Así, por ejemplo, Valmiki haría un Aristóteles muy aceptable, el finado Alarcón nada perdería con llamarse Cervantes, que era algo cargado de hombros, etc.» Creo que no le he convencido.