Á la verdad, no es mucho ni muy profundo lo que haya podido estudiar en tan breve y mal comenzada estación; nada extraño será, pues, que este capítulo salga á la vez más indigente y menos indulgente que otros—y acaso sea lo segundo consecuencia de lo primero.

Sabe el paciente lector que la «albañilería» no es mi fuerte, mucho menos si los edificios no son bellos ni siquiera originales, no pudiendo tomarse entonces como signo característico y revelación de un «estado de alma» social. La naturaleza y los hombres son mi curiosidad; sobre todo el hombre. La evolución colectiva, que construye la historia, me parece menos interesante aún que la individual, que representa una contribución á la eterna filosofía: aquélla teje los acontecimientos, fabrica las modas y las instituciones; ésta es la verdadera célula del organismo social, el elemento activo y plástico que se modifica lentamente, incorporándose los principios ambientes y hereditarios. Por eso, si tuviera ambición literaria, aspiraría á que mi relación de viaje, bajo su forma suelta y dispersa, contuviese un ensayo de psicología comparada. Pero ¿quién sabe lo que será, si llega á ser algo?

En su conjunto material, Méjico es una grande y noble ciudad hispano-americana, no inferior á su fama secular; si bien dista mucho de ofrecer un spécimen casi perfecto é intacto de la sociología colonial, como Lima la encantadora y única. En la misma metrópoli peruana habían herido mi sentimiento histórico no pocas intrusiones del mal gusto importado. En Méjico, entre los ribetes yankees de la vida callejera y las demoliciones ó restauraciones de los antiguos monumentos, puede decirse que queda muy poco de lo que el historiador ó el arqueólogo viene á buscar. Las antigüedades aztecas, que sobrevivieron á la conquista, han desaparecido por efecto del tiempo y también de la indiferencia comarcana. El «progreso» material ha dado buena cuenta de las ruinas cuya belleza no puede el vulgo apreciar, de todas esas «antiguallas» que no representan sino los pergaminos de cal y canto de los pueblos, fuera de ser los documentos más fidedignos de su historia. No sería imposible que, á són de no sé qué liberalismo de logia y trastienda que aquí reina, se diera al suelo con la magnífica catedral ó se la convirtiera, si no en cuartel, en escuela de artes y oficios. Me temo á veces que la modernísima democracia consista en levantar cada pueblo sus moradas á la moda del día, arrasando las de sus predecesores, para que cada generación humana no deje más rastros en la tierra que los del ganado trashumante. Esa democracia niveladora, amante de tablas rasas y gran fabricante de self-made men, la contemplaremos luego en su forma aguda, en esa ocupación anhelante y febril del Extremo Oeste que remeda, en medio de todas sus innovaciones prácticas, una regresión moral á los éxodos antiguos, al nomadismo asiático: la tienda del pastor alumbrada con luz eléctrica.

Esta tibieza del sentimiento histórico es general entre los pueblos americanos: fuera de algunos fetiches patrióticos, vinculados á su gloriosa independencia, no se preocupan mayormente de sus orígenes seculares. Una sola causa basta á dar cuenta de la indiferencia popular: son estas, nacionalidades de transporte y aluvión.—Nosotros, nobles ó plebeyos, tenemos mil años de radicación á la gleba nacional. Mi nombre me dice que soy un galo antiguo. Siento que mis abuelos, aunque sólo fuesen vasallos de leva y humildes pecheros, pelearon con los albigenses, arrancaron su provincia de las garras inglesas en las milicias comunales de la Guyena, lloraron de alegría y dolor por las hazañas y la muerte de la «Buena Doncella», lucharon desde Bouvines hasta Waterloo por la integridad del suelo sagrado: figurantes anónimos, pero testigos y actores, acaso, de esa incomparable epopeya de diez siglos,—Gesta Dei per Francos. Grano á grano, sus cenizas obscuras cayeron y se juntaron en el mismo lugar para formar ese terruño venerable, ese pedazo de patria milenaria en que he brotado ... Por el lado paterno, mis vástagos vienen á ser injertos americanos. Serán, lo espero, buenos hijos de su país; pero no pueden ser argentinos como soy francés: con la plena adaptación hereditaria de los gustos y aptitudes, con todas las células sensitivas y pensantes de la dualidad cerebral,—con toda el alma y el corazón de veinte generaciones encadenadas.

El patriotismo, pues, de las naciones nuevas,—por sincero y ardiente que lo veamos y palpemos,—tiene que ser nuevo también, limitado á la capa más reciente de su historia. Ello, por supuesto, es provisional: este terreno de aluvión reciente será diluviano algún día. Pero, al presente, no puede cambiarse la ley natural: la juventud mira hacia el porvenir, como nosotros hacia el pasado. La tendencia, por otra parte, es tanto más irresistible y explicable entre nosotros, cuanto que la República Argentina, lo propio que los Estados Unidos, poco ó nada tenía que conservar de sus orígenes antecolombianos y aun coloniales primitivos. Al Perú y á Méjico les incumbían otros deberes históricos que, por muchas causas conocidas, han dejado de cumplirse. Sabido es que si algo podemos estudiar de las antigüedades peruanas, aztecas y particularmente yucatecas, ello es debido á la labor y á la ciencia europeas.

¡Oh! bien sé que en esta populosa Méjico se os enseñará al pronto el moderno y complicado, aunque no vulgar, monumento á Guatimozín—á quien llaman Cuauhtemoc, para condimentar su sabor local;—pero ello no responde sino á preocupaciones políticas. El gobierno de Porfirio Díaz es azteca como el de Rosas fuera «americano» y criollo. Levanta un emblema de guerra partidista contra el añejo espíritu clerical y afrancesado: el grupo conservador cuyas miserables intrigas urdieron en París y Miramar la triste aventura que tuvo en Querétaro su trágico desenlace. En realidad, el instinto nacional se encarna en Juárez y sus secuaces ó sucesores de estirpe más ó menos indígena: no se remonta mucho más allá. La estatua de Guatimozín adorna el «Paseo de la Reforma», y cuadra allí como un busto de Tupac-Amarú en el recinto de nuestro parlamento.

Como muestra y ejemplo de arquitectura «nacional», se ha levantado en el parque de la Alameda,—después de pintorrear odiosamente sus bancos de piedra—un pabellón de estilo ... ¡morisco! Llegáis á Méjico con la cabeza llena de recuerdos históricos y legendarios; tiemblan en vuestros labios jirones de crónicas; las imágenes de los monarcas aztecas, las heroicas aventuras de los conquistadores, las tragedias y comedias del virreinato asedian vuestra fantasía: y no encontráis, de los primeros sobre todo, fuera de algunas piezas del museo, ni los vestigios de las reliquias seculares que veníais á buscar. Etiam periere ruinæ. Las enredaderas poéticas que el peregrino trajera, cual hebras ideales de la imaginación, procuran vanamente un tronco vivo ó muerto en que prenderse,—á no ser que se adhieran al «Árbol de la noche triste» que se os enseña en Popotla (¡tramway suburbano!), el cual reviste tanta autenticidad como un buen retrato de Colón.

Pues bien, la ironía está demás. Aunque no fuera Méjico una de las comarcas más ricas y pintorescas del mundo, y no pudiera ostentar su capital, á mas de sus modernas construcciones ó adaptaciones, á la verdad poco interesantes, aquellas reales magnificencias de la Catedral y de la Plaza Mayor, merecería aún la peregrinación sólo por haber sido el teatro de tantas escenas memorables, que los nombres locales bastan á evocar. Hablando con sinceridad, no quedaba mucho más de la bíblica Jerusalén que Chateaubriand y Lamartine vieron surgir por entre las mezquitas turcas: el raudal de su propia poesía, derramado en las arenas evangélicas, pudo resucitar en el desierto á la antigua Sión «resplandeciente de claridades», y con el rocío de la fe su bordón de peregrino reverdeció y brotó flores como la vara del profeta.—Los nombres solos, según decían los latinos, tienen virtud de encantamiento: nomina, numina. El «Palacio Nacional», que llena todo el este de la Plaza Mayor, no es más que una vulgar y chata reconstrucción del siglo xviii con adiciones más recientes y sin carácter original; pero se llama la «Casa de Cortés», ocupa el solar que el brioso caudillo se adjudicó sobre las ruinas de la morada de Moctezuma: y con vago respeto penetráis en su patio espacioso, en su Salón de embajadores, inmenso é imponente con sus paredes cubiertas de retratos de próceres y cuadros patrióticos,—entre los cuales no merecen mención artística sino el Hidalgo de Ramírez y el Arista de Pingret. Acontece lo propio con el bosque de Chapultepec, residencia veraniega del presidente; con el arzobispado donado por Carlos V á los prelados de Méjico «para siempre jamás»; con la Casa de moneda, la Biblioteca, las iglesias; con las calzadas y acueductos, con los hospitales que fueron conventos y los colegios que fuero beaterios: no queréis recordar de demoliciones y reparaciones advenedizas, bastándoos el sitio ó el nombre deliciosamente anticuado para que se cumpla la evocación.

Las excursiones á las cercanías de la ciudad son más sugeridoras aún. El santuario de Guadalupe, con su virgen milagrosa que sucede á la diosa Tonantzín de los aztecas, no ha sido desvirtuado por la «reforma» liberal, y he asistido á una innumerable romería traída en trenes expresos desde los confines del país. La pequeña población de Atzcapolzalco es un nido de leyendas y crónicas mejicanas anteriores á la conquista, como que se relacionan con la fundación del imperio que Cortés aniquiló. Los cinco cipreses ó ahuehuetes, al oeste del monasterio, daban sombra al manantial desde cuyas ondas cristalinas la seductora Malinche fascinaba al caminante. Y este mito azteca iguala en fluida belleza al de las sirenas homéricas ó el del hada Loreley de las consejas rhenanas, remedándolos tan fielmente en sus detalles, que estos vienen á ser un argumento más en favor de la tesis ariano-americana. Por donde quiera, en plena capital moderna alumbrada con electricidad, los nombres de los barrios y las calles han conservado su imanación primitiva y su mágica virtud de sugestión. Por sobre la vulgar realidad presente, la intangible tradición levanta su aéreo castillo, contra cuyos flexibles y ondulantes arabescos las líneas rígidas de nuestra crítica y los ángulos de nuestra prosa no prevalecerán. A dos pasos de la Alameda, el puente de Alvarado me recuerda invenciblemente aquel «salto» famoso de la calzada, que mi querido Bernal Díaz deniega con tan cómico encarnizamiento. Y hasta ese ciprés de la Noche Triste de que se burlaba el crítico que llevo conmigo, he aquí ahora que el poeta vuelve á buscarle, atraído por una lógica superior á los razonamientos documentados. Como dice la doctrina hegeliana, «todo lo que debe ser ha sido»; y para que Hernán Cortés sea un héroe humano, al par que un tipo simbólico completo, hacíale falta haber sentido alguna vez, debajo de su atroz heroísmo, sangrar la fibra íntima: es necesario que haya llorado durante esa noche inolvidable de desastre y horror.

A este respecto, la conquista de Méjico recupera el primer puesto entre todas las del Nuevo Mundo y, mucho mejor que el mismo Perú, condensa á su alrededor las glorias y miserias de la secular tragedia. La vasta empresa hispano-americana es un prodigio de energía y audacia, una orgía de fanatismo implacable y de codicia brutal. Para templar esa fibra de acero de los conquistadores, fueron sin duda necesarios los siete siglos de la cruzada morisca, con la incomparable aptitud belicosa que tales instintos heredados y hábitos tenían que crear. Pero no eran suficientes. Para que el pueblo castellano saliese triunfante de la formidable aventura americana, era menester que, durante la guerra secular y plasmadora de la Reconquista, cada español católico que nacía soldado nutriera de la infancia á la vejez y transmitiera á sus hijos durante varias generaciones, no sólo el odio inexpiable del invasor sino el desprecio feroz y verdaderamente semítico por la sangre del idólatra y del hereje. En el fondo, la sagrada contienda de la tierra recobrada entrañaba un conflicto mortal de raza y religión: por eso suele ostentar el romancero patriótico el tinte sombrío del profetismo hebreo. Pero, apenas arrancada de su postrer atalaya granadina la execrada media luna, ese pueblo creado y educado para gladiador, desdeñoso del trabajo pacífico y de la ciencia civilizadora, permaneció en armas y de pie, pidiendo otras conquistas, quœrens quem devoret como el león de la Escritura. Felizmente, y por extraña coincidencia, las halló al punto, antes que la Inquisición aplicada en la propia carne y substancia activase el principio del suicidio: Colón surgió á raíz del cerco de Granada. El descubrimiento de América vino á distraer á España de una vuelta ofensiva é inmediata contra el Islam, en Africa y el Oriente. Fatalmente, se aplicaron á la nueva conquista las prácticas atroces de las guerras sectarias. Por encontrarse en el fantástico camino de «Cipango», los indios americanos eran reos de un delito parecido al de los moros y judíos. Fueron tratados como tales: saqueados, ahorcados, quemados, perseguidos con sabuesos en sus montes natales, vendidos como esclavos en el mercado de Sevilla—¡civilizados!