¡Pobre diablo de emperador en comisión, traído como un accesorio en los furgones del ejército extranjero! Hoy nos parece imposible que semejante empresa haya germinado en cerebros y corazones sanos, y todo se achaca á la alucinación de Napoleón ó á la corrupción de Morny, olvidándose que hombres como Michel Chevalier—una inteligencia y una probidad—que conocían á fondo Méjico y los Estados Unidos, apoyaron con vehemencia la funesta expedición.—He leído, en no sé qué casino ó club del Pacífico, un artículo de Claudio Jannet[15] en que se emite este pensamiento profundo bajo una forma un tanto romántica: Napoleón III releva le trône d’Iturbide sur la tête de Maximilien. ¡Un trono sobre la cabeza! Debía de ser muy incómodo, por momentos, y bastaría á justificar su voluntaria abdicación. ¡Y eso, que no era sumamente fuerte, esa cabeza de Maximiliano! Bueno, generoso, iluso, sin mucha inteligencia ni carácter, era de esa semilla de archiduques y generales áulicos que, desde Jemmapes hasta Sadowa, han dejado en la historia un reguero de derrotas.

Su muerte fué digna de una Habsburgo. Con todo malogró su salida, como su entrada. Quisiéramos encontrar en ella menos resignación cristiana, no sé qué resumen altanero y despreciativo que fuera un castigo y una lección: un ancho escupido al rostro del traidor, un latigazo en plena faz del indio que se vengaba como verdugo después de no pelear como soldado: la palabra suprema y vengadora que acrecentara nuestro aprecio sin atenuar nuestra piedad ...

De repente, el nombre de Otumba que suena en la noche barre todos estos recuerdos contemporáneos, evocando otras imágenes más altas y lejanas. ¡Hernán Cortés! No era la voluntad ni la energía lo que faltaba al que se batió aquí, ha cerca de cuatro siglos! Con todo, su alma heroica y ruda de conquistador había también sufrido la víspera su hora de flaqueza humana. Cuéntase que lloró durante la agonía de la Nochetriste, bajo el ciprés que la tradición enseña aún en Popotla, por estas cercanías. Era fuerza partir, abandonarlo todo después de tenerlo todo conquistado, escaparse en las tinieblas á raíz del inmenso desastre, abriéndose la retirada á través del país sublevado. Entonces el jabalí detuvo la fuga, hizo frente á la jauría furiosa y, á fuerza de audacia y desesperada intrepidez, repuso su fortuna.—Y es un privilegio fugaz del forastero, esta evocación de una lejana epopeya bárbara, por la sola virtud de un nombre lanzado en la noche, durante el calderón de tres minutos de la locomotora ...

Á las ocho, en la noche cerrada y bajo la lluvia persistente, llegamos á la estación central de Buena Vista. No reprocho á Méjico el carecer de encanto en tales circunstancias. Estoy tiritando y casi rendido; temo que el zarape de Puebla haya llegado algo tarde. Mi vecino, el liberal galófobo, se despide de mí con esta advertencia siniestra: ¡Cuidado con el tifus de Méjico!—¿Cómo, todavía?


VIII

MÉJICO

No he trabado relación con el tifus de Méjico, pero sí traído de mi cruzada por la meseta de Anahuac una bronquitis, complicada luego con la ordinaria fatiga pulmonar que tan desagradablemente sorprende aquí á los forasteros. Es un fenómeno de todo punto análogo al conocido soroche de la Puna boliviana, como que es debido á una causa idéntica, es decir á la rarefacción del aire por la altura sobre el nivel del mar. Méjico se halla á 2300 metros; con todo, me ha parecido que el apunamiento no guarda proporcion con la altitud absoluta: es posible que, fuera de mi factor personal, como recién llegado de los mares ecuatoriales, obren otros endémicos,—acaso los mismos que hacen de esta antigua capital lacustre una de las poblaciones más malsanas del mundo.

Antes de transcurrida la semana, todo había vuelto á su quicio; pero, no pudiendo ser mucho más larga mi estancia, no he tenido tiempo para recobrar todo mi entusiasmo anterior de viajero enamorado de historia y leyenda. Creo que el mayor filósofo guarda rencor á los lugares donde ha sufrido. Por otra parte, desde el primer momento, me he sentido en la esfera de atracción de los Estados Unidos: malísima condición para ser un buen observador. Positivamente, después de algunos días de reclusión en el Hotel Iturbide, fueron mis relevailles dirigirme á una agencia y tomar pasaje para San Francisco. Pude reaccionar; pero confieso que necesité cierto esfuerzo y no poco valor moral para reconciliarme con mi deber y, al solo fin de no ignorarlo todo, dedicar una semana de estudio á la capital de Hernán Cortés y Porfirio Díaz.