Por todas partes: campos cultivados, aldeas de techos rojos en torno de los pintados campanarios; vacas y ovejas manchan alegremente las pendientes; los potros galopan en las praderas, la crin al viento: y ante esa fiesta de la tierra fecunda, esa plácida y eterna geórgica de la zona templada, un Salve magna parens vaga en mis labios, que se dirige á otras comarcas americanas, donde semejante espectáculo no es un mero accidente,—las que reservan á la Europa del siglo veinte sus campos de producción inagotable.

Prosigue la ascensión; franqueamos por instantes claros arroyuelos que trazuman de las paredes de granito, cortadas á pico y ya jaspeadas de musgo, con ramilletes verdes y azules en sus grietas húmedas. Ahora empieza á sentirse frío; andamos por la nubes; la roca viva desgarra á trechos el humus empobrecido. Pero la vida vegetal no desfallece aún: lucha y se transforma antes de sucumbir. Los pinos y hayas tenaces se engrapan en la piedra, se retuercen sobre los helados torrentes, como para resistir al llamamiento vertiginoso del abismo. El espectáculo reviste una grandeza indecible que aplastaría nuestra infimidad, si no se mirara siempre la valiente locomotora casi humana que sigue trepando, dominando la sojuzgada naturaleza, en su desdén soberbio de las quebradas y precipicios que atraviesa sobre un alambre. Se siente la embriaguez del libre espacio y de la altura, hasta que el próximo túnel da breve tregua á la vista fatigada; pero, al pronto, una vaga vislumbre de tronera flota como un nimbo sobre la máquina, crece rápidamente, ahuyentando las tinieblas cual humareda, y el día claro resplandece de nuevo sobre un leñador que hunde su hacha en un tronco, un hato de cabras desgranado en la falda, un indiecito que arrea su burro y nos mira pasar con sus ojos tranquilos. Con todo, los grandes árboles se espacian más y más; la hierba rasa y los arbustos mezquinos anuncian la vecindad de los nevados y volcanes. Ya parece que toda fuente de vida vegetal esté agotada; cuando en Boca del Monte, cerca de la cumbre, á 8000 pies, un último bosquete de coníferas colosales surge á orillas de la vía, arrojando una suprema nota triunfal, á manera de un morituri de gladiadores que ostentan sus orgullosos músculos en el instante mismo de sucumbir. Son las sorpresas de la sierra tropical.

En Esperanza, estamos al borde del Anáhuac, cuya altiplanicie se prolonga hasta Méjico. Los maquinistas desenganchan las locomotoras Fairlie, y, durante el almuerzo, pienso que en seis horas hemos recorrido la escala vegetal que va desde la zona tórrida hasta las cumbres alpinas. También es aquí donde los trenes que se cruzan canjean su escolta de seguridad,—¡pues es cosa muy sabida que el bandolerismo no existe en Méjico desde el advenimiento de Porfirio Díaz!

Surcamos ahora la alta meseta de Anáhuac con su limitado horizonte que, hasta Méjico, forma un circo moviente de serranías. Alrededor del alto Popocatepelt, cuya nevada cumbre se esfuma en las nubes, los cerros menores apiñan sus grupos parduscos, como un rebaño en torno de su pastor. El tren sigue rodando hacia la montaña cercana sin alcanzarla jamás, cual si transportara consigo la oblonga meseta. La extensa llanura está muy poblada; á derecha é izquierda de la vía los caseríos se suceden hasta las primeras ondulaciones de la falda; los campanarios rompen la monotonía de los cultivos: centeno, maíz, cebada, legumbres. Algunas haciendas alzan sus construcciones macizas, de gruesas murallas grises coronadas de miradores, cuyo aspecto participa del bordj argelino y del castillo feudal. Los indios hormiguean en otras labranzas, prontas para la próxima siembra. Á trechos, parches de aive, verdes juncales en las cañadas que traen mi recuerdo á nuestra frontera de Santa Fe ... Pero, ante todo, esta es la región del maguey: durante leguas y leguas, el agave productor del pulque alarga interminablemente sus hileras de dardos agudos, plantadas al tresbolillo.—No hablemos ligeramente de esta bebida nacional, tan necesaria para el pueblo mejicano como la cerveza para el germano, y tan simbólica como fuera el soma para los antiguos arianos. Desde el distrito de Apam, el Munich indígena, se lo despacha diariamente á Méjico en trenes especiales. Un imponente cuadro de Obregón, más reproducido que la venerada imagen de Guadalupe, consagra esta borrachera patriótica: desde su trono imperial de alta gradería, el Gambrinus azteca, profusamente emplumado, apura la primera copa del néctar divino: aquello se intitula La invención del Pulque, como si dijéramos la «Invención de la Santa Cruz»;—y no es para mí flaca satisfacción el que mi gusto concuerde con el de un pueblo entero, al declarar sin ambajes que la pintura es tan sabrosa como la bebida—y recíprocamente.

La lluvia ha comenzado en Esperanza y seguirá hasta Méjico. Naturalmente, me libro del polvo, que es el flajelo del Anáhuac; pero el frío se acentúa, tanto más cuanto que desde Lima acostumbraba dejar el sobretodo en el bagaje. No hay nada que ver entre la tierra obscura y el cielo gris; nada que leer, fuera de un papelucho de Veracruz que me sé de memoria desde el editorial hasta los avisos del montepío ... Dirijo la palabra á mi vecino más apetitoso: resulta ser un viejo mejicano tartamudo, sordo á medias y «liberal» á enteras, que me toma por español y se deja caer á brazo partido sobre los franceses de la intervención. Me divierte infinitamente, y, por momentos, me temo que lo sospeche. Me enseña el antiguo camino real que ahora costeamos, donde un azteca de traje antecolonial camina descalzo tras de su asno, y, con sonrisa entre infernal é idiota, me explica cómo pasó por aquí de fuga el cuerpo de Lorencez, después de su derrota ante Puebla.—El rechazo fué muy real; en cuanto á la fuga, es tan cierta que, después de descansar dos días en los Álamos, casi bajo el fuego del fuerte Guadalupe, esperando vanamente á los vencedores que no intentaron salir, el general Lorencez estuvo á punto de recomenzar el ataque. Pero ¡tiene razón el inválido, lo mismo que los otros: 5000 franceses llevando el asalto á una ciudad fortificada de 75.000 almas, defendida por los 12.000 hombres de Zaragoza, bien artillados y parapetados tras de sus murallas: era partida igual y debíamos vencer! Y es por eso que el comandante Lefebvre, algunos días después, batía à plate couture al victorioso Zaragoza, cerca de Aculcingo, con el regimiento 99 de línea, haciéndole mil prisioneros; y también que más tarde, Bazaine,—de quien todo puede decirse, menos que no era valiente hasta la locura—con dos regimientos y su 3º de zuavos que nunca le abandonaba, puso el ejército de Comonfort en plena derrota, en San Lorenzo, cerca de la misma Puebla ...

Esos tristes recuerdos de historia, y otros más trágicos aún, me persiguen hasta la estación de Apizaco, donde arranca el ramal para Puebla. La lluvia sigue cayendo; el tren se ha llenado de mejicanos. Muchos jóvenes «decentes» visten el traje nacional: la corta chaqueta de torero que deja ver el cañón del revólver, largo como un trabuco; el ajustado calzón con su hilera de botones metálicos y el enorme sombrero cónico con su grueso cordón plateado. Se disfrazan de «charros», al modo que los porteños cuando volvían de la estancia con el poncho y la bota, hace medio siglo. Instintivamente, me siento ante un anacronismo. ¿Será por ello que, al punto, me desagradan tanto esos falsos «piratas de la sabana», de aspecto melodramático y aire de fachenda, que soportan tan dócilmente á su don Porfirio?

El cielo bajo y anegado produce ya el crepúsculo en el vagón; me envuelvo en el zarape que he comprado á un buhonero y, desde mi rincón, miro melancólicamente las charcas del camino, rumiando esa lúgubre historia, esa «gran idea del reinado» que me hostiga sin cesar. ¡Han debido nuestros pobres soldaditos recibirlos más de una vez en su espalda y en su rancho, estos aguaceros que traen la fiebre!—Y sin que jamás un reflejo de gloria legítima, una llama de sentimiento patriótico recalentase el vientre vacío y el cuerpo aterido:

Petit pioupiou,
Soldat d’un sou,

Qu’as-tu rapporté du Mexique?...

¡Qué cosa podía traer el soldado, de esta aventura ambigua, tan obscura en su origen como en su real propósito, á no ser el hábito del merodeo y del desorden, la tendencia funesta á desconfiar de sus jefes,—todo lo que, más tarde, contribuirá á preparar el irreparable desastre!—El ejército asistía á las desavenencias de las autoridades civiles y militares: á las competencias codiciosas entre refugiados mejicanos y agentes franceses; á esas organizaciones de «contraguerrillas» que recogían bajo la bandera de la Francia la espuma de la filibustería internacional; á esas cacerías matrimoniales de los Dano, Bazaine, Saligny; á esa lucha de intrigas entre sus generales y los Almonte y Labastida—clericales de salón y oficiales de antesala, dispuestos á vender á sus aliados como entregaran á su país, y que empujaban á Maximiliano por el camino fatal de Querétaro.