El «Todo-Veracruz» ha invadido la Alameda, á remolque de los trombones; se desarrolla lentamente en torno de los naranjos y magnolias, bajo la cruda luz que enternece los follajes. Damas y caballeros visten telas claras, llevan flores en el ojal, en el seno, en el cabello; se respira un ambiente capitoso de jazmines. Muchos jóvenes parecen raquíticos, achaparrados; al verlos arrastrar la pierna me ocurre que, para algunos, el patinar en la losa puede ser el esquema elegante de un vago reumatismo ó de la ataxia próxima. Las muchachas son menudas y frágiles, no feas en general ni mal emperejiladas, merced á la ausencia de imitación «parisiense»; algunas, bonitas, á despecho de su busto liso y su espalda estrecha donde cae una trenza maciza; un encanto mórbido se desprende de su pintada palidez. No pocas, sin duda, están convaleciendo y, después de la desmayada siesta, han recobrado para la noche un poco de vida facticia y falote alegría.

Todo este pequeño mundo enfermizo ríe y juega durante una hora en los perfumes y la música. Los grupos tararean ó esbozan la habanera ejecutada, desbordantes de entusiasmo: ¡con razón la guía señala esta función al aire libre, entre los characteristics de Veracruz![13] Pero lo que arrebata al público, es la Marina sentimental y cursi que la concurrencia entona á media voz. Oigo este grito irresistible y farmacéutico en una boca de mujer: ¡Qué jarabe!—Son sinceros; experimentan ante ese ideal para horteras y esa tristeza de romanza la misma sensación estética que otros ante el allegretto de la séptima Sinfonía. Siendo el efecto idéntico, aunque procedente de causas tan diversas ¿quién decidirá en cuál hay mayor dosis de convención?... Y, desde mi alcoba, por la abierta ventana donde la velada luna llena me rememora el tragaluz del camarote, sigo las voces jóvenes que suavizan y algodonan las quejas desgarradoras de un pistón frenético: En las alas del deseo-¡mi ilusión la ve flotar!... Me duermo á medias en mi catre de lona, al compás de la mecedora canción; y, no sé cómo, atraviesa mi sueño el afeitado espectro de esa Inés de las Sierras, evocada y fijada por Teófilo Gautier en uno de sus esmaltes inalterables:

Nodier raconte qu’en Espagne
Trois officiers, cherchant un soir
Une venta dans la campagne...

El Anáhuac.

Después de una noche pasada en claro, bajo el ilusorio mosquitero, estoy en pie al rayar el alba, impaciente por tomar el tren de Méjico. En la sala de espera oigo protestar contra el madrugón: sin duda otros poseen una «virtud dormitiva» que triunfa del calor y de lo demás. Por mí, habríamos partido tres horas antes, perdiendo la vista de los alrededores de Veracruz, con sus médanos y chaparrales salpicados de infectos pantanos, donde algunos jacales techados de palma me traen recuerdos del Norte argentino. Bastaba abrir los ojos después de Soledad, para saludar de paso el Camarón de gloriosa y patética memoria[14]. El tren de la Compañía mejicana es bastante confortable, con su lujoso Pullman americano,—sólo que no hay nada para comer ni beber: almorzaremos en Esperanza, al filo de mediodía. La vía está admirablemente construída, y el camino hace olvidar todas las abstinencias: ¡es propiamente una maravilla!

La subida comienza á partir de Soledad; el ambiente se aligera, y, en el júbilo universal de la mañana, la naturaleza tórrida oculta su aspecto hostil para ostentar tan sólo su belleza. Cruzamos algunos puentes sobre arroyos tributarios del Atoyac, vamos trepando por entre la roca viva, con no sé qué prisa por escapar de los lazos de esas «tierras calientes», cuyo abrazo es funesto como el amor de Circe. La vegetación de la zona ardiente revienta aún en las quebradas, intacta y omnipotente, á esta altura de 1500 pies; los cañaverales y cafetales extienden sus cuadrículas de verde más tierno en los valles y laderas. Alternan con los plátanos y las palmas comunes, los altos helechos y los izotes de latas rígidas; todavía estallan las vistosas orquídeas junto á los follajes obscuros de los guayacos y caobas, mezcladas á las flores rojas de los tulíperos. Pero esta naturaleza excesiva parece ablandarse para la despedida, y purifica su caricia malsana la brisa de las montañas próximas.

Enfilamos el túnel de Chiquihuite y, en seguida, un puente metálico de 330 pies corta la pintoresca cascada de Atoyac. Aquí es donde principia la ascensión, sobre rampas de cuatro por ciento, subiendo curvas que parecen insensatas, por entre paisajes espléndidos. Un orgullo humano me hincha el corazón delante de tanto prodigio realizado,—sobre todo al recordar que esta parte de la línea ha sido construída en medio de las revueltas, hace más de treinta años. En la delantera y trasera del tren, acaban de uncir dos poderosas locomotoras Fairlie para trepar la terrible escalera de Orizaba y Maltrata. Entusiasma verlas acometer la ruda tarea con su jadeo formidable y rítmico, arrebatando por arcos declivios de cien metros de radio, el tren articulado que retuerce sus vértebras entre la muralla de granito y el abismo ¡se tiene gana de aplaudir!

Subimos y giramos sin tregua alrededor del cambiante panorama. Primero se contempla el paisaje en alta perspectiva, luego se lo corta á nivel, para volverlo á ver todavía, desde el recodo superior, proyectado horizontalmente á modo de relieve topográfico. Durante media hora el mismo sitio se presenta sucesivamente como montaña, meseta y valle profundo. Desde Atoyac hasta Córdoba, en veinte millas de trayecto, se sube de 1500 pies á 2800 sobre el nivel de Veracruz. Continúa la subida de la rampa abrupta por entre ese paisaje de hechizamiento. Cruzamos la honda y ancha torrentera de Metlac sobre un puente de acero que forma un cuarto de círculo de ciento veinte metros de radio y tres por ciento de grado, á una altura de 92 pies sobre la sima. El valle encantador de Orizaba, al pie de su pico nevado y resplandeciente, señala la entrada en las tierras templadas. La ciudad, blanca y alegre, se divisa bajo su velo matinal de jironada bruma, en su marco de espesa verdura, donde los robles y nogales se mezclan ya con los últimos esplendores del trópico. La lucha está empeñada entre ambas naturalezas; pero es la nuestra, la buena y sana vegetación alpestre, la que está pronta á vencer ... En la estación, me ofrecen mangles, pomarosas, granadinas que saben á tunas demasiado fragantes ... No; basta decididamente: creo que por algún tiempo no me harán falta ...

Seguimos la marcha, y á poco, en Maltrata, un enjambre de indiecitas frescas nos invaden con ramilletes de gardenias y violetas, nos cargan de canastillas llenas de peras, cerezas, albaricoques y fresas perfumadas. Me arrojo encima, la boca llena de agua, cual delante de un envío delicioso de la patria. ¡Qué desayuno! Se come más y más, se compra todavía, se hace provisión de flores y frutas; las banquetas del pullman se convierten en puestos de mercado ... Ahora, en la subida que continúa, la montaña ostenta la riqueza agreste de los Alpes y los Pirineos; erguidas encinas de calado follaje, olmos macizos, esbeltos alisos, abetos obscuros, desplomados en los declives y, más arriba aún, la pirámide aguda de un gigantesco ciprés. El aire fresco nos trae efluvios resinosos y salubres. ¡Cuál se dilatan mis pulmones europeos, lejos de esas travesías debilitantes, de esas emanaciones perversas del ecuador! ¡Cómo se aspira la salud, el gozo de vivir, en el seno reconfortante de esta naturaleza septentrional! ¡Es ésta la verdadera madre de la humanidad civilizada, la nodriza robusta y dura,—y no esa querida criolla, con sus caricias llenas de traiciones, sus siestas lánguidas y enervantes, ladronas de virilidad!