En el resguardo, tengo que esperar el beneplácito de un grueso personaje que, en su uniforme descolorido y pasado, redacta su correspondencia: mi baqueano me informa en voz baja que ¡ese es el gran jefe! Al fin, se levanta el alto funcionario y preside personalmente á la apertura de los baules. Es severo, meticuloso, inquisidor; sus manos gordas atropellan mis ropas y papeles: un instante, se ha complicado la situación, á causa de una botella de pisco ... Con gran trabajo aplaco á mi galoneado cerbero; al cabo me deja libre de poner mis cosas en orden, en la calle cenagosa y sin aceras. Ha llovido esta mañana, lloverá esta tarde: en la atmósfera gris y mal enjugada, vagan siempre algunas gotas disponibles que se asientan acá y allá. Me pongo en marcha hacia el Hotel Universal, detrás de mi carriola: queda á dos pasos, según me afirma mi guía; por otra parte, no se divisa un carruaje en todo el malecón.

El aire acuoso y el cielo bajo forman un ambiente pesado que, desde luego, fatiga el pecho y relaja los tejidos. Con aprensión invencible, se cree, se siente que se respira el miasma y la anemia. Compréndese demasiado cómo, después de algunas semanas, el debilitado forastero ha de buscar, sin encontrarla, su pasada energía: ha descendido á la miseria fisiológica del indígena, sin adquirir la relativa inmunidad de aquél contra las endemias mortales. El enfermo ha de perder pie en seguida, y el empobrecido organismo buscaría aquí, más vanamente que en Panamá ó Guayaquil, la reserva de fuerza indispensable para la reacción ... Durante la intervención francesa, las guarniciones de Veracruz se fundían como cera: hubo de apelarse á los africanos y criollos de la Martinica.

El aspecto de la ciudad es miserable y decadente: ningún carácter «propio»—sobre todo en el sentido francés de la expresión;—evoca la parte más vulgar de otras conocidas poblaciones hispano-americanas, algo así como el arrabal de Malambo en Lima, ó el de Ultra-Mapocho, en Santiago. Al llegar al hotel, situado en una pequeña plaza sombreada y enlosada, pregunto por el «centro» de Veracruz, el barrio elegante y concurrido: estoy en él ¡es esto!—Las eternas casas con saliente balcón de madera y ventanas de obscuras celosías, pero sin la nota pintoresca del Pacífico: se sospecha que no hay nada detrás que merezca ser visto, y que está puesto el enrejado á guisa de tupido velo sobre una cara fea. Las calles en declive tienen su arroyo central lleno de cieno y hierba. Las lepras de humedad se pegan en las paredes, en los balcones, hasta en el papel de las habitaciones. Las inmundicias llenan las calles y, por todas partes, de los techos, de las cornisas, de los umbrales, nubes de buitres negros, de zopilotes enormes bajan á la calle para llenar su oficio estercorario. Véselos abatirse, gordos como rufianes, sobre los montones de basura, hundir en los detritos sus inmundos cuellos pelados, para asentarse luego en la barandilla del balcón donde, un minuto después, una mujer posará sus manos pálidas. Háse conservado religiosamente la innoble tradición colonial que delegaba en esos buitres «carroñeros» la limpieza urbana: un reglamento los manda respetar, bajo pena de multa. Los zopilotes representan una corporación, una institución municipal. ¡Y pululan! pareciéndome su inmundo desparramamiento, su infección visible y semoviente, mil veces peor que la inerte suciedad. Una fadeur nauseosa de hospital y cementerio se desprende de los edificios: un vaho de sutil podredumbre que llena las calles, se insinúa en las casas, se infiltra en los cuartos, penetra horriblemente las ropas y hasta las sábanas. Lo arrastro conmigo por donde quiera, á pesar de toda mi agua de Colonia; me repugna la fragancia de las flores en la Alameda, y ansío aspirar una acre fumigación desinfectante, un ambiente de agua fenicada ...

Vago por los empedrados; visito, por descargo de conciencia, la «Casa municipal», algunas iglesias, y hasta la estación del Ferrocarril Mejicano. Faltan ¡ay! doce horas para el tren libertador. Un chaparrón me arroja á una librería, compuesta de unas docenas de textos escolares y novelas españolas con otras tantas pizarras. Descubro un ejemplar del Teatro crítico, roído de moho—¡nunca tendrá más que el estilo del autor!—y caigo en el conocido artículo de Los españoles americanos, donde se explica que en ellos «amanezca más temprano el discurso, por la mayor aplicación y continuada tarea de la juventud». ¡Excelente Padre Feijóo!...

Enfrente de la tienda se alza una iglesia restaurada: «San Francisco!» me dice el baratillero con satisfacción. Y cruzo la calle,—movido acaso por la vaga reminiscencia inconsciente de otro San Francisco que, ahora, comienza á irisarse en la memoria con el resplandor imaginativo de lo pasado, de lo desvanecido, de «lo que pudo ser», como murmura con tristeza inefable el simbólico é inquieto Rossetti:

Contémplame: mi nombre es Pudo-ser;
También me llamo Nunca, Adios, Es-tarde![12]

Desvarío aparte, compruebo que la iglesia es tan poco original como su nombre. Es la sempiterna arquitectura recargada y pintorreada del frailismo colonial, con sus capillas en escaparate, sus altares relucientes de oropel. Dominando el retablo, un gran Cristo sanguinolento comba en la cruz su torso magro, púdicamente envuelto en un calzón de bordado terciopelo, y lleva, en contorno de su rostro de yeso, bucles de doncella, «tirabuzones» de verdad, cortados en una frente de veinte años y ofrecidos como ex-voto de penitencia ó gratitud.

El hotel está regido por españoles, pero servido por criollos: naturalmente, rezuma incuria y desaseo. Tengo que librar batallas para conseguir una silla entera, una toalla casi limpia, una almohada al parecer intacta. Pero la mesonera acude en auxilio de su mozo y me desarma en un pestañeo. En Veracruz—lo mismo que en Burgos ó Toledo—nunca he podido resistir á la ingenua filosofía española: á la patrona maciza y jovial que se para delante de mí, puesta en jarras, y, sin inmutarse por mis protestas y «franchuterías», raja mi indignación con esta ú otra salida: ¡Pero, hijo de mi alma, vamos á ver!... Quedo aturdido y acabo por reir.—Como en el patio, pues es preciso comer, á pesar de los zopilotes: un negro enjambre de moscas acribilla la mesa y me espera de pie firme; no hay ademán ni arbitrio que las espante, y caen en el sitio, como la guardia de Waterloo. Tomo el partido de sepultar mi pan bajo el mantel, mi vaso bajo un plato y así, con ayuda del mozo que esgrime una pantalla sin comprender tanto remilgo, pruebo algunos bocados, sin mirarlos demasiado.

La fonda—the leading hotel, dice mi guía yankee—da sobre la Plaza mayor, que es también el paseo público, enfrente de la catedral. Rebosa de follajes y flores, y su contorno rectangular está enlosado de mármol: es el lujo y el orgullo de la población, el «Santa Lucía» de Veracruz. Los «veracrucificados», hombres y mujeres, habituados al cascote de su empedrado, no pueden agotar la sensación deliciosa de resbalar en esas losas: es una moda elegante caminar ahí encima arrastrando los pies, como quien patina;—y desde mi cuarto abierto, después de media noche, seguiré oyendo la enervante resbalada. Á la tarde, los buitres aportan en bandadas y se forman en filas sobre la cúpula y los campanarios, como canónigos en cabildo: su espesa franja negra cubre balaustres y cornisas. Otras aves obscuras silban, pían, graznan insoportablemente en los follajes; no se percibe una nota dulce, un arrullo de tórtola. No parece sino que en Veracruz cualquier belleza natural se presentase desviada, degenerada, pervertida. ¡De las flores abiertas, de las verdes espesuras se escapan los efluvios de fiebre y el miasma mortal! Las aves, que en otras partes son la nota alegre y juvenil de la naturaleza,—algo así como la obra inútil y encantadora del séptimo día,—no están aquí representadas sino por sus especies innobles ó displicentes: mirlos y urracas, que parodian el canto del ramaje, cuervos y zopilotes repugnantes: ¡los croque-morts de la ornitología!

Después de dos ó tres vueltas en la plazuela, quedo varado en un banco,—tan enervado por la volátil cencerrada, que veo llegar sin un estremecimiento la banda municipal, blindada de cobre, cubierta de galones y entorchados ... Por supuesto que, para hacer juego con los demás, debería de ser intolerable. De ningún modo: su desafinar no es intermitente, como el de otras bandas pretenciosas, sino homogéneo y diré metódico; los ritmos se alargan con languideces criollas que, para un programa de palomas y zapateados, están en situación. El mismo repertorio es una muestra de gusto relativo, en esta latitud: temía «selecciones» italianas ó «perlas de salón».