Los griegos confundían istmo y estrecho bajo una sola designación. No tenían el concepto vasto de la nacionalidad: un archipiélago no forma una patria. No llegó nunca á la unidad la misma Grecia continental, con sus costas acuchilladas por senos y promontorios, sus golfos obstruídos de sirtes é islas múltiples, centinelas avanzados de las rivalidades y dialectos locales. El líquido elemento, tan complaciente para el tráfico y las colonizaciones, conserva las distancias y se opone á la intimidad política. Las provincias no están reunidas, sino separadas por el mar: Oceano dissociabili, decía Horacio. El canal de San Jorge ha influido más que otras causas históricas,—acaso dependientes de la física,—para que Irlanda quedase infinitamente menos inglesa que la asimilada Escocia. Á despecho de la proximidad y las tradiciones, la Sicilia no responde plenamente al estremecimiento nacional italiano: permanece siciliana, y el estrecho de Mesina es una solución de continuidad. Así entre nosotros: con hallarse á diez horas de Buenos Aires, Montevideo es otro mundo, el extranjero, á pesar del antiguo y siempre activo intercambio de los destierros políticos. Si en las horas de fiebre aventurera, hubiésemos echado un ferrocarril sobre Abra Pampa y la Quiaca, el sud de Bolivia sería hoy más argentino que la Banda Oriental. Lo que articula, en efecto, y emparienta á los grupos humanos, es el suelo resistente: el vertebrado esqueleto terrestre que guarda como una adquisición definitiva el rastro de cada progreso realizado, y donde cada nueva etapa de la caravana puebla un desierto ó terraplena un hueco de la civilización.

Por otra parte, el Yucatán no es mejicano, ni por la raza, probablemente tolteca, ni por la lengua local—maya—ni por la historia antecolombiana ó moderna. Siempre conquistado, nunca asimilado, se ha valido de cualquiera tentativa unitaria del gobierno central para cortar la amarra federativa y hacer rumbo aparte. Á ratos, suele salir al mundo que poco se cuida de ello, una república de Yucatán, cuya existencia legalmente comprobada duró una vez hasta ocho años ¡lo que es sin duda edad provecta en estas Américas centrales![10] Hasta sucedióle al dicho y dichoso país considerarse muy vasto para una sola nación. Según la conocida ley de reproducción de los organismos inferiores, la república se escindió en dos, sin dolor: el Estado independiente de Campeche, tan ilustre en la tintorería, se puso también á intentar su ensayo leal, aovando á toda prisa su correspondiente constitución «campechana» ... ¡Dios mío! qué interesante y ameno sería todo ello, ¡visto de cerca y estudiado con amor! En Mérida, con estos ojos que la muerte cerrará, he recorrido—¡oh! ¡rápidamente!—una Historia política del Yucatán, en dieciseis volúmenes compactos y todavía inconclusa, ¡faltando lo mejor! Pero ¿dónde está el Meilhac iniciado y erudito, el Grosclaude convencido y formal, digno de cantar épicamente la Gatomaquia de estas democracias hispano-calientes?

En los tiempos de sus caravanas libertinas, la región era pobre y rendía poco jugo en el trapiche federal. Las cosas han cambiado merced al henequén, cuya fibra es incomparable para la cordelería. Su exportación se ha decuplicado en pocos años; en el próximo pasado, los Estados Unidos han absorbido por diez millones de dollars del textil yucateco, destinado principalmente al engavillado del trigo en el Far-West. Pero tal éxito ha despertado la infalible competencia. Mis amigos no dudan del triunfo y miran con desdén las jarcias y maromas de Bahamas ó Filipinas. Parece, en efecto, que la pita yucateca deriva su excelencia de la misma aridez del suelo: á ser así, no hay peligro inminente ¡siempre que nuestro Santiago no entre en la lid!

La administración paternal de Porfirio Díaz no podía asistir impasible á este empelechamiento de «Cendrillón». Al momento ha decretado derechos enormes contra la exportación del henequén: es su manera de alentar la industria nacional. Después de sendas protestas los contribuyentes han tenido que ceder y pagar, según costumbre de los pueblos libres. Pero, si la población yucateca estaba ya cansada con el yugo azteca, no parece que el nuevo impuesto tenga la virtud de hacerla descansar ... Aztecas, toltecas, yucatecas: bien sospecho que para mis lectores toda esta micrografía ha de quedar algo confusa, fundiéndose los matices en la riqueza del consonante. Pero deben creerme bajo palabra: un abismo separa á unos y otros,—un abismo que he cruzado en dos días de navegación.

Con este preámbulo sólo quise explicar por qué, al desembarcar en Veracruz, parecíame que, como mi predecesor Hernán Cortés, pisaba por vez primera el suelo mejicano.

Veracruz.

Para ser justo, habré de decir, desde luego, que Veracruz lleva á Colón una ventaja enorme: la de ser, en lugar del principio, el término definitivo de mi accidentada travesía; por lo demás, tan repelente y siniestro como aquél,—con la decrepitud por añadidura, y algo que revela no sé qué convicción mayor, qué arraigamiento más incurable en el abandono pantanoso y la incuria malsana.

Al paso que vamos entrando en la rada abierta y casi vacía, la famosa fortaleza de San Juan de Ulúa emerge de su islote madrepórico. Los españoles la declararon «intomable»: sin duda habrán mudado de parecer desde que ha sido tomada por todo el mundo. Da lástima su estado de deterioro actual, y nos preguntamos qué fragmento sólido de esa ruina podría dar pretexto á otro bombardeo. Una tierra baja, hacia el sud, es la isla de Sacrificios: el «Jardín de aclimatación» de la intervención francesa que pobló su cementerio más copiosamente que todos los sacrificios humanos de la barbarie azteca. La «Villa rica de la Veracruz» alarga en la playa arenosa y palustre sus casas de azotea y desteñidas cúpulas. El primer aspecto es mezquino y desmedrado, pero el segundo es peor.—En mi desdén francés de la geografía, me imaginaba á la ciudad histórica con su puerto de fama secular, como á otro Valparaíso, ó, por lo menos, un Callao en plena actividad comercial, á pesar del clima insalubre: me encuentro con cinco ó seis buques fondeados[11], delante de una población húmeda y casi silenciosa. Las estadísticas más veracruzanas declaran un tráfico anual que es la sexta parte del de Montevideo: es este y por mucho el primer puerto de Méjico, que cuenta doce millones de habitantes. La marina de guerra está representada aquí por dos avisos de modelo anticuado, Independencia y Libertad (¡naturalmente!), que se herrumbran en el fondeadero, con su cañoncito á popa, arremangando la nariz. Su aspecto de incuria hace sonreir á nuestros oficiales ingleses. Á pesar de la corneta que prodiga sus toques de llamada, tres ó cuatro desbragados marineros se persiguen en la cubierta del Independencia, juegan á empujones. Esta pequeña escena abre perspectivas sobre la disciplina de á bordo ...

Después de las visitas reglamentarias, dos botes atracan á nuestro Engineer. No soy rencoroso: prodigo los enérgicos apretones de mano á mis carceleros (A slice of bacon, sir?), y me largo con mi petate. En el trayecto, pregunto á mi botero—un gran diablo negro de piel flácida y como acardenillada—¿si la fiebre amarilla sigue prosperando en Veracruz? «¡Ah! no, señor, respóndeme consolante y satisfecho: ¡sólo hay vómito negro!...» Como se ve, la cosa varía de especie y quedo muy tranquilizado. Desembarco en un pequeño muelle, entre una docena de negros ó mestizos, sin mucha baraunda. Mi botero es también esportillero, carrero, etc., con más oficios que faenas; se ofrece para llevar mi equipaje á la estación, esta tarde ¡requisito indispensable para poder tomar mañana el tren de Méjico! Mi carrero-piloto, al ponerme al corriente, se expresa con admirable corrección, ¡acaso superior á la de los sacalaguas limeños! Ante este cicerone con aptitudes de Cicerón, tengo que velar sobre mi estilo y envainar mis vení y ché argentinos. Cuando el purismo desaparezca de Salamanca, volveremos á encontrarlo en el morro de un negro, bajo un portal de Lima ó Méjico.