¡Incauto merideño! hubiera salvado la honra y atrapado otro buen almuerzo con esperar cinco minutos más. La agencia de Progreso me contesta que, por la marejada, el Engineer no concluirá su descarga hasta la tarde. ¡Respiro! Y me encamino solo á la «Lonja» hospitalaria.

Pero ¿cómo matar este terrible día, bajo un sol que á cada instante raja las pesadas nubes preñadas de tempestad? No es posible almorzar durante cinco horas. Y vago por las calles achicharradas, en mi calesa de latón, zurrando sin piedad á mi cochero. Visito la Catedral, Santo Domingo, que tiene pinturas sorprendentes, aun después de todo lo que he visto en Sud-América, me apeo en las sorbeterías, en una «Librería meridiana» cuyo nombre así puede derivar de «siesta» como de Mérida ... ¡llego hasta comprar una Historia y geografía del Yucatán: me siento capaz de todos los excesos. Me meto por una escuela cuyo salón de estudio tiene por mobiliario un pizarrón, una tinaja y dos docenas de ganchos embutidos en la pared, para las hamacas. Vuelvo á caer fatalmente á mi «Lonja» de partida. Allí encuentro á un estudiante de quinto año, mestizo mofletudo, con un libro en la mano izquierda y una copa de «cognac» en la derecha. El libro es la Química de Pelouze y Frémy. Como el colegio no tiene laboratorio, parece que el alumno practica sus análisis en el mostrador. Recojo algunos datos respecto del personal docente, el plan de estudios, los sueldos. Doy un grito de admiración al saber que ¡cada catedrático percibe 200 pesos! Pero tengo luego que envainar mi entusiasmo: son 200 pesos anuales, por diez meses de lecciones diarias ¡20 $ al mes! ¡Y faltan brazos para enfardar henequén!

En la estación, encuentro á mi cantorcita del vapor con su inseparable guitarra. Pero ¡basta ya de guitarras, y de tonadas mayas, y de vestigios de Mérida! En el tumulto de la tormenta que se ha desplomado y del granizo que bate redobles en los techos de zinc, me arrincono en el vagón y me hundo en la lectura de mi tratadito de marras. ¡Ahora no se dirá que descuido la geografía! La aprendo con frenesí; el Yucatán es mi cabeza de turco: conozco sus bellezas naturales de Chacsinkin á Maxcamú; hasta me atrevo á afirmar que las «hazañas espartanas» (página 60) de los hijos de Tiximin y aun de Toxkokob ya no tienen para mí muchos secretos ...

Continúa la lluvia, el tren se arrastra jadeante y, á boca de noche, hago en Progreso mi entrada poco triunfal. El furioso viento norte levanta la arena húmeda que me azota el rostro. La agencia ha despachado ya su último bote con la correspondencia; el Engineer tiene izado su gallardete de leva. Por otra parte, me aconsejan no embarcarme con este temporal. ¡Quedarme una semana en el Yucatán, sin tener siquiera los medios de organizar una excursión á las admirable ruinas de Uxmal! Prefiero arriesgar el bulto. Encuentro en el muelle á un botero que me exprime á su gusto; pero fleto el bote y, por sobre las embarcaciones amarradas que bailan alegremente, llego á nuestra cáscara de nuez. El patrón se sienta á la caña, el muchacho empuña una gafa y nos empezamos á mover. Hay marejada, pero la cosa no me parece tan fiera. Estoy sentado al viento, en el canto de la borda y, en són de broma, pregunto al patrón si será caso de volcar. «¿Quién sabe?» contéstame mal humorado; y luego para infundirme valor me cuenta ¡que una vez fué á bordo con peor tiempo! El muchacho va á alzar la vela y me grita: ¡agárrese, señor! Siento un formidable flic-flac de la lona en su amura vibrante, una brusca sacudida que tumba el bote á la banda; embarcamos un paquete de mar que me baña de la cabeza á los piés, y comenzamos á correr con una velocidad vertiginosa. El muchacho me amarra en un gran pedazo de lona, como un salchichón; y así, estribado contra la borda, la espalda á la ola, pudiendo apenas respirar y sudando la gota gorda bajo mi capucho, me dejo llevar á donde quiera Dios. Bajo el viento de través, el bote se recuesta más y más, rozando el agua como golondrina de tormenta y embarcando á cada segundo. Por una rajadura de la lona, alcanzo á ver con un ojo una punta de remo que espero agarrar á tiempo, y un listón de mar obscuro, orlado de blanco, que pasa con frenética rapidez. Siento que el viento arrecia á medida que entramos en el golfo desamparado; cada racha, ahora, salpica en el bote; y á ratos una ola mayor rompe en la borda con un rumor profundo, al que sigue un sordo crugido: doblo el espinazo bajo el derrumbe que me sacude hasta hacerme perder pie. Reina un breve silencio con sensación de parada brusca. Pero la barquilla se recobra y sigue volando, ladeada como ave herida. Confieso que me aburro un poco debajo de mi envoltura que apesta á pescado y alquitrán. ¿Cuánto hará que desaferramos? ¿diez minutos, dos horas?... De repente, la voz tranquila del patrón: ¡Échale un cabo! Me sacudo y asomo la cabeza: el Engineer surge á diez brazas, negruzco, enorme, en las tinieblas lívidas. Ya están bajando la escalera; el capitán se asoma á la borda para espiar la ascensión; dos marineros quedan en el descanso para arponearme. La atracada está algo enojosa; el bote baila sin tregua arriba ó abajo del primer escalón, rebota contra la cadena y, cuando voy á asirme de una mano tendida, ya está á tres metros. No me gusta la maniobra y la yerro dos veces en la obscuridad. El capitán grita: Allow him to come up alone! (¡Dejadle subir sólo!) Prefiero eso; me dejan libre y escojo el buen momento para engraparme en la cadena, alone! Llego á la cubierta con trazas de perro mojado, aguardando un fuerte jabón del capitán, por la demora. Me muele la mano de un apretón y me lleva á comer: A slice of bacon, sir?—y de puro asustado trago el tocino sin mascar ...


VII

DE VERACRUZ Á MÉJICO

Después de otros dos largos días de mar,—desde Progreso y Mérida,—cuando el capitán del Engineer me enseña en la punta de su anteojo, un poco al sud de la proa, el festón gris perla que remata en el nevado pico de Orizaba y es el estribo de la gran meseta de Anáhuac, cuéstame algún trabajo recordar que vuelvo á tocar en Méjico. ¡Son tan poco mejicanos esos bravos yucatecos que (sin desgarramiento) acabo de dejar! En hora prevista y acaso próxima, junto con el primer crugido del bastidor constitucional que disimula apenas la dictadura de Porfirio Díaz, bastarále al Yucatán condenar el paso estrecho que por Tabasco le sujeta á la fábrica federal: quedará suelto, á manera de un pabellón aislado—de arquitectura un tanto original. Más que á Méjico, es á Guatemala á quien se adhiere fuertemente, como el Río Grande al Uruguay. Entre Mérida y Veracruz no hay por ahora más vía de comunicación que la marítima. Ahora bien, como vínculo de nacionalidad tal conexión es en extremo laxa y deficiente. En sociología, lo mismo que en física, el agua es mala conductora del calórico.