Progreso.—Mérida de Yucatán.

Hemos embarcado en Belize á cuatro pasajeros para el próximo puerto de Progreso, en el Yucatán: dos hondureñas, madre é hija, un yucateco, física y moralmente redondo como una O, y, por fin, un viejo dentista inglés, ciudadano americano y residente jamaiqueño, acorchado y arrugado como una pasa, el cual recorre la América Central hace treinta años, desquijarando á sus semejantes de cualquier pelo y matiz. Las dos señoras mestizas hablan una jerga singular, mezcla de inglés, español y maya, con una vocecita delgada y un acento lleno de equis que asemeja su habla estridente á un canto de cigarra. Habitan una aldea del interior, Orangewalk, y recuerdan de su pequeña patria con una ingenuidad enternecida. El yucateco es mulero, mayordomo de hacienda y sobre todo jugador al monte «de mucha suerte». Toda esa gente me cuenta sus vidas y milagros con sorprendente naturalidad. Los cuatro han traído apetito de náufragos; absorben el comistrajo de á bordo con una voracidad insaciable. El equipaje de la muchacha consta de una guitarra envuelta en sarga verde; y de noche, en la toldilla, tenemos una pequeña sesión musical. Canta sin mucho desafinar, con su voz de fonógrafo que parece llegar de la bodega, tonadas criollas y canciones inglesas—sin que falte el inevitable Home, sweet home!—que la madre acompaña á la sordina. Pero ¡hemos despertado al gato que dormía! Al rumor de la música, el dentista ha abandonado una partida de poker con el contador, para exhibirse como cantante de ópera. Su repertorio data de medio siglo: lo adquirió en Méjico, durante la primera presidencia de Santa Ana; pero la cruel naturaleza le ha dotado de una memoria tan extraordinaria como su facultad para desafinar. Con voz cabruna y acento indescriptible bala infatigablemente las arias y cavatinas de Don Pasquale, del Elisire d’amore, de la Sonnámbula. Estoy aterrorizado: no son más que las nueve y está en capilla el Barbero, de Rossini. Pero, después del Ecco ridente, ya no resisto más. Á grandes males grandes remedios: le corto el resuello en el umbral de Una voce poco fa, para decirle resueltamente: «Vea usted, dóctor, si ha de seguir cantando, más bien ¡sáqueme una muela!» Aunque se lo digo en tono de chanza, me he hecho de un enemigo más; y el dentista melómano no me dirigirá la palabra hasta Progreso, el próximo puerto de Mérida del Yucatán.

Es Progreso un punto cualquiera de la costa, donde la casualidad ha fijado el embarcadero comercial de la provincia; no tiene fondo ni abrigo alguno contra las rachas del viento norte, que suelen ser terribles. Tenemos que anclar á cuatro millas, y no hay otro medio de comunicación que los botes de vela. El capitán me aconseja que no baje á tierra; en todo caso, habré de estar á bordo al día siguiente antes de las doce, hora en que «infaliblemente» se zarpará ... Vacilo un momento; pero estoy tan cansado ya por mi régimen celular, y tanto me pondera el yucateco las bellezas de Mérida,—una ciudad de cuarenta mil almas, llena de lujo y de «comodidades»,—que resuelvo la expedición: en suma, no son sino unas treinta millas de ferrocarril ...

El viaje de desembarco es un poco más largo que el de Belize: son las once y llegaremos á las tres de la tarde, á buena hora para el tren. Bajo el sol vertical, el mar reverbera insoportablemente; procuro una ilusión de sombra bajo el ala de la vela latina: sub umbra alarum protege me. Dejo colgar mi mano en el agua y de vez en cuando me refresco la cabeza; pero el patrón me la hace retirar vivamente con historias de tiburones. Al fin tocamos la playa arenosa; un muelle estrecho está obstruído por los fardos de henequén; y en todas las calles de la dispersa población, circulan las vagonetas decauville, transportando el valioso textil. Es una «pita», pero de calidad superior á la nuestra y aun á la de Filipinas, debido á la sequedad del clima y la incomparable aridez del suelo.—Años atrás, era el Yucatán el Estado más pobre de Méjico: en sus rocas calcáreas sólo alcanzaba á vivir este agave de aspecto ceñudo y hostil, emblema de la desolación: ahora se exporta anualmente por valor de diez millones de pesos oro. ¿Quién sabe si las pencas de nuestro pobre Santiago no serán algun día plantas de bendición, más que esa caña dulce, de amarga memoria?

Tomo el tren de Mérida—¡nombre encantador que evoca por consonancia versos bucólicos de Garcilaso!—y durante dos horas cruzamos por una Arabia pétrea donde las hileras de henequén erizan sus puñales verduscos. Por todas partes, los rieles estrechos costean los cercados de piedra; una mula arrastra el diminuto tren de carga hasta la próxima estación. Nada más tétrico que el aspecto de la árida comarca, con su espinosa vegetación sin un asomo de humedad, sus habitaciones de pedriza blanca cubiertas de paja entretejida, sus habitantes chamuscados y curtidos como iguanas por la fiebre y el sol. Los indios pululan en las estaciones, unos en busca de agua, otros vendiendo tunas y pantallas. Los hombres visten el calzón blanco y la camisa corta, con el ancho sombrero cónico de enorme cordón plateado que se ha perpetuado desde los siglos de Palenque y Uxmal. Las mujeres macizas y rechonchas, con la tez de ladrillo y la aguileña nariz tulteca, llevan sobre el huipil escotado y sin mangas el corto fustán con franja de colores, informe remedo de la romana clámide; retuercen el grueso pelo lacio en dos enormes «porongos» laterales que el viento mueve como boyas, al propio tiempo que pega la camisa flotante sobre su hidrópica desnudez. Ello es horrible; y si, como dicen algunos, era de esta raza y estampa la famosa Marina de Hernan Cortés, en verdad os declaro que el «conquistador» no ha robado su gloria. Hablan una lengua gutural, azotada de consonantes desgarradoras y sibilantes, que recuerda un paseo por sus montes de pencas y abrojos, y en cuya áspera contextura los nombres más dulces parecen estridentes chasquidos de platillos y cobran un aspecto de ferocidad. Segun el Arte del idioma maya, que he adquirido á peso de henequén: «amar» se dice Ocobxhal; la «querida», responde á este suave llamado: Ixkakatnatzucil—también ¡así será ella!—y esa «Marina» de Cortés á quien antes aludí, se apellidaba correctamente Malintzín.

Mérida es la ciudad del calcio, como Iquique la del nitrato, y va de química. El suelo, las calles, las casas, las gentes, los árboles escasos y desmedrados: todo desaparece bajo una capa de cal. Si las mujeres usan albayalde, no tienen perdón de Dios. Me toca recibir un aguacero al poco rato de llegar, y la lluvia transforma los caminos cóncavos en charcos de leche caliza. Todo está blanco, inexorablemente blanco; las desiertas calles se alargan como zanjas de yesera; y tomo una reunión de escribanos y alguaciles, bajo los arcos del cabildo, por una huelga de molineros. Recorro la ciudad en una calesa forrada de latón, que me trae encontrados recuerdos de cajón fúnebre y conserva alimenticia. El cochero que me arrastra por las canteras parece impacientarse con mis indicaciones y, viendo que no llevo bastón, me alcanza una caña, explicándome su empleo tradicional. Es una incorrección y casi una ofensa mandar de palabra al conductor: hay que tocarle el hombro con el bastón en cada esquina; palo en el hombro derecho, y tuerce á la derecha, etc. El método es tan sencillo como eficaz. Sin embargo, si llegara á ser concejal de Mérida, propondría, como «amante del progreso», prolongar las riendas del jaco por entre las orejas del cochero.—En los intervalos de esta paliza reglamentaria, observo la población ingrata y monótona. Edificios públicos, iglesias, fondas, colegios: todo es de una vulgaridad blanquecina y terrosa. Al fresco del reciente chaparrón, algunos naturales sacan las cabezas por las caprichosas claraboyas recortadas en forma de trébol en sus puertas y ventanas; las mujeres parecen mestizas feas, rojizas ó desteñidas por el polvo ambiente; me miran pasar con aire soñoliento, restregando sus ojos hinchados por la siesta.—El recuerdo más curioso de mi excursión es un dato antropológico que confirma una de las leyes transformistas: la adaptación de un órgano á su nueva función. Aquí los aguadores y esportilleros llevan la carga en la frente, en lugar de la espalda. No teniendo que emplearla en pensar, lo que sería una sinecura, la cabeza ha vuelto á ser para ellos una vértebra, como en su origen anatómico. Traen en el cráneo, como el buey su yugo, una gruesa cincha de cuero de cuyo extremo cuelga una tinaja de barro que les golpea las caderas, á modo de cartuchera monumental. Ello es muy ingenioso, para yucatecos.

Se come bastante bien en una «Lonja» casi lujosa; y después de tanto régimen sajón, la cocina española me sabe á maravilla. Allí trabo relación con un «hortera» catalán que me lleva á Itzimná, una aldea de paseo y romería, dotada con todos los encantos de la civilización: rifas, caballos de palo, órganos de manubrio, etc. La vuelta en el tranvía repleto no carece de amenidad: observo los perfiles, procurando encontrar el rasgo diferencial que separa á «mestizos» y yucatecos puros—pues mi amigo de á bordo se ofendía esta tarde cuando yo llamaba «indios» á los primeros. Vano empeño: ni por el tipo y la lengua, ni por el traje los puedo distinguir. Los vestidos blancos europeos tienen el mismo corte que los «fustanes»; y el acento español de los mestizos, con su txin txin de grillo próximo á cantar, me produce el efecto del maya más castizo.

La posada en que he parado, por recomendación de mi compañero de viaje, es una abominable barraca, y la noche es cruel en mi hamaca de tortura, librando hasta el alba descomunal batalla con los mosquitos. Al fin me han vencido; y cuando entra á las ocho mi yucateco, más que nunca entusiasta de su Mérida «para él dulce y sabrosa», necesito verdadera magnanimidad para ponerme á su nivel. Con todo, no resisto á enseñarle mis manos entumecidas—¿por qué será que la toilette matinal incita á la chacota?—diciéndole con gravedad: «Sabe usted cómo llamamos los sabios á este mosquito?»—«No, señor».—«¡Es el mosquito de cascabel!»—Confiesa que no lo sabía, y recoge el dato científico para su hija, que tiene escuela.

Después de una hora de espera en la estación, nos anuncian que el tren no saldrá porque el de Progreso ha descarrilado en la mitad del camino. El administrador me colma de datos y atenciones; pero cuando le hablo de despachar inmediatamente un tren de socorro y trasbordo, me mira con estupefacción: «¡Ah! no, señor; hasta mañana no se podrá.» Pero, ¡hay un tren á las cuatro, por otra línea, más larga!... Hablo de tren expreso, de coche, de caballo: todo es imposible. Y veo, en un segundo de sombría perspectiva, el vapor en marcha para Veracruz; mi equipaje tirado en el resguardo, abierto, saqueado; y yo, esperando una semana en esta dichosa Mérida al vapor de Cuba, con dos ó tres libras en el bolsillo por todo capital, cual otro Judío errante ... Dirijo una rápida mirada á mi acompañante; pero tiempo há que le medí: como decimos allá, por el Salado, ha de ser «penca de poca grana». ¡Siquiera fuera yo jugador de monte, y de «mucha suerte» como él! Maquinalmente, palpo mi reloj en el bolsillo. ¡Pobre viejo compañero mío, si habrá de rematar sus correrías en uno de los numerosos empeños de Mérida!...

Me dirijo al telégrafo, un tanto mohino y cabizbajo. No había calado mal á mi compañero. Por el camino me viene prodigando los consuelos platónicos: ¿qué importa una semana? tendré tiempo de conocer la ciudad, etc., etc. Le interrumpo, exasperado: «¡Pero no tengo plata, ni ropa, ni nada, todo ha quedado á bordo!» Á los tres minutos, mi buen compadre descubre que está muy apurado: le han brotado de golpe «un porción de quehaceres urgentes» que le obligan á dejarme. Sin saber cómo me entra súbitamente un acceso de risa tan incoercible y comunicativa, que él mismo se ríe también. «¡Vengan esos cinco yucatecos!»,—y nos separamos entre los arpegios de carcajadas que nunca se podrá explicar, ni con el auxilio de su hija, la maestra de escuela.