El ministro se adelanta, robusto y corpulento; recuesta en la reja su espalda y, con voz fuerte y acento convencido, pronuncia su sermón, evidentemente dedicado á la parte «decente» del auditorio. Lo que logro entender de paso, por entre las repeticiones y las anticuadas formas oratorias del púlpito, revela siempre al insular emprendedor, al colono conquistador del mundo. Su Providencia, seguramente inglesa, maneja el mundo como una inmensa factoría. Lejos de descansar después de la labor de los seis días, ella es quien fomenta el progreso humano con su eterna actividad. Y el orador enumera esos progresos modernos: los ferrocarriles, el telégrafo, la navegación, etc. Describe á su Dios omnipotente, con los atributos de un presidente ideal de compañía limited que tuviera en el cielo su asiento social. La voz se hincha para celebrar la magna obra britana; en cada frase, las voces energy, struggle, victory, civilization, retumban como los ¡quién vive! de un nocturno campamento. En este perdido rincón del nuevo continente, ante este auditorio de aldea colonial, el orgulloso civis sum romanus estalla soberbiamente, y, acaso mejor que bajo las bóvedas de Westminster, proclama el secreto de la grandeza nacional, debida toda á la energía del individuo, á la sólida organización del hogar,—más compacto cuanto más aislado,—y, sobre todo, á la fe inquebrantable del ciudadano inglés en la solidaridad eficaz, en la omnipresencia de esa madre patria, cuya égida gloriosa, en cualquiera latitud, en el cantón más ignoto del mundo, le cobija y alumbra como el sol!

Los negros se han dormido al runrún oratorio, y menean á compás sus motas de astracán. Sus compañeras agitan perdidamente las pantallas de palma. Por las abiertas ventanas de báscula entran mariposas nocturnas, ráfagas de aire tibio cargadas con vagas armonías lejanas, fragancias de jazmines y rosas que luchan con el petróleo de las lámparas y el husmo indefinible de la concurrencia. Después del retornelo indicador del órgano, un último canto se levanta, de una amplitud imponente, de una dulzura infinita. Acaso bajo la influencia de la hora, de mi situación, de los versos que leo en mi cuaderno y me traen reminiscencias de la Oración por todos de Víctor Hugo, me invade un sentimiento extraño, mezcla de angustia y lasitud. Me siento solo, abandonado como un náufrago en las soledades de la noche y del mar, lejos, muy lejos de todo lo que amo y me pertenece. Paréceme que una atmósfera disolvente y mórbida hubiera ablandado mi fibra viril, y me anega el alma una tristeza de agonía.—¡Tan breve es la vida, tan frágil, tan precaria! ¿Cómo se puede acortarla aún con la ausencia, aventurar en un viaje incierto la ración de felicidad íntima que el avaro destino nos depara, y tentar con la voluntaria separación á la desgracia que nos acecha? Solo, olo, solo en el vasto mar ... ¿por qué con tanta porfía vuelve á mi mente este monótono sollozo del viejo marinero inglés?[9] ¿Qué sér amado está muriendo lejos de mí á estas horas, y me manda en algún magnético efluvio del alma su postrer adiós? ¡Oh! nunca, nunca más, sin duda, volveré á reirme y á ser feliz!...

El canto continúa, salmódico y adormecedor; parece que ahora despidiera una como virtud confortante. Paseo una vaga mirada por la asistencia; todos esos seres humildes y sacrificados están de pie, como si arrojasen por una hora el fardo de su hombro magullado. Si ello fuera cierto, su ingenua creencia sería legítima, y dejaría de ser vana la oración. Pero ¿quién volverá el alma pródiga al hogar de la fe?—Y con todo, las sectas groseras y estrechas, las huecas fórmulas nada prueban en contra de la religión absoluta é inmortal. La impotencia eterna del artista para realizar la obra perfecta, más que una negación de la belleza suprema, es su eterna afirmación. ¿Qué saben nuestras miopías, y los tanteos efímeros que llamamos leyes naturales, de lo que pasa más allá? Si en algún planeta de nuestro sistema existen seres sin el sentido de la vista, han de negar la existencia de las estrellas y del cosmos inaccesible, con la misma lógica que nuestra ciencia positiva y fragmentaria niega la categoría del ideal y arranca al inconsciente universo su conciencia ignota é innominada ¡sólo porque nuestra ignorancia le diera nombre y la llamara Dios! Y aunque fuera estéril la plegaria como súplica candorosa á lo desconocido, sería acaso fecunda como comunión espiritual y llamado «telepático» á las almas que con nuestra alma palpitan, allá lejos, fuera del límite que nuestros sentidos pueden salvar.—Prestaban nuestros padres al mundo visible una figura elíptica: ¿quién sabe si no fué su ilusión un símbolo sublime, y si en la tierra, para los seres distanciados, la transmisión más eficaz no es la palabra alada que parte del foco íntimo, vuela hacia arriba y, después de tocar cualquier punto de la bóveda ideal, desciende más vibrante y tiende al otro foco conjugado su infalible vuelo?

Presto atención, ahora, al canto de aquellos anónimos desheredados que, sin embargo, tienen algo que dar; escucho y tal vez murmuro con ellos, acompañándolas con un comentario interior, las palabras rimadas sin arte, pero impregnadas de humana ternura y santa sencillez:

Remember all who love thee
And who are loved by thee;
Pray, too, for those who hate thee,
If any such there be...

«Recuerda á los que te aman y son amados por tí ...» ¡Ay! ¿cómo no recordarlos, ahora más que nunca, cuando el corazón henchido de ellos se desborda y gotea al menor estremecimiento como una copa llena?—«Ora por los que te odian, si los hay ...» ¡Oh! no, eso me sería imposible, aunque supiese orar. En el acto de pedir por nuestros enemigos, se oculta el sentimiento más refinado del orgullo cristiano. Es más humano el desprecio, el olvido. ¿Para qué recordarles que el odio es casi siempre el disfraz de la envidia y la confesión más dolorosa de la impotencia? El que sabe hacerse justicia olvida la ofensa junto con el castigo, y no sabe odiar. Además, es una condición muy triste de la vida el que casi nunca tengamos enemigos por el mal que pudimos cometer: los que nos aman siempre son los que de veras hemos hecho sufrir ...

Y termina la trémula plegaria, bajando el tono, hasta apagarse en un murmullo casi inarticulado de vergonzante súplica, cual si no se atreviera á pedir para sí propio el indigno pecador:

Then, for thyself in meekness,
A blessing humbly claim...

Sí, muy humildemente, pidamos para nosotros la bendición que nunca merecemos, porque en la conciencia más honrada la suma del mal es siempre mayor que la del bien. El demonio del egoísmo y del orgullo habita nuestras almas y rige sus actos con tiránica ley: pidamos la generosidad, la indulgencia, una comprensión cada día más lata del mundo y de la vida que nos conducirá á la pacificación, á la serenidad, raíz y flor de toda filosofía. ¡Oh! hombre, criatura de un día, ¿qué tienes que no hayas recibido? Tu madre, tu mujer, tus hijos son dádivas gratuítas de la naturaleza: Ecce hæreditas Domini! Antes de la tarea concluída has recibido el galardón: da las gracias por todo ello á la Bondad eterna; levanta en el silencio tu plegaria efusiva, sea cual fuere el templo en que te toque orar. No temas que tu súplica se pierda en el vacío: si ha sido sincera, te digo en verdad que sin traspasar tus labios ya encontró su ignoto destino. La meditación solitaria ha ennoblecido tu pensamiento; tu oblación ingenua, derramada como una abundancia, ha dejado tu alma limpia como una piedra de altar: has orado en tu corazón purificado ¡y allí dentro está tu Dios!