Me pongo á comer en el mismo plato, pescado frío, estofado, patatas hervidas y bananas fritas; todo lo encuentro delicioso porque hay hielo. ¡Oh! ¡la casa está bien provista! Hasta consigo una botella de cerveza, traída del almacén más próximo. Es el mejor hotel de Belize, y su dueño se desvive por complacerme: ¡llega á proponerme una partida de carambolas para esperar la bajada del sol!

Á la tarde tomo un carricoche y me largo por la ciudad. La posesión inglesa se revela en todos los detalles de la población, desde el aspecto reglamentario de las oficinas en la Court House y la amplia residencia del Gobernador, hasta el cuartel militar, los hospitales y los asilos: todo ello confortable, macizo, reglamentado. En contorno del puerto, con frente al mar, las casas de comercio, los depósitos y barracas se levantan entre arboledas. En el río que atraviesa la ciudad se apiñan los barcos cargados de caoba y campeche, ó los que van á cambiar por estas esencias forestales, hasta la frontera del oeste, sus mercancías europeas. Á esta hora crepuscular una vasta serenidad envuelve la tierra. Cruzo lentamente por las calles espaciosas, enarenadas, en que el carruaje se desliza sin ruido como sobre musgo. Á uno y otro lado de las avenidas las villas de los residentes ingleses, rodeadas de jardines, alzan sus amplias galerías circulares con las verdes celosías festoneadas de enredaderas. Se entrevén al pasar hamacas y mosquiteros, muebles de color claro sobre las esteras, los grandes cortinajes contra el sol ardiente y deslumbrador: el home británico, tranquilo y confortable, bien acolchado de comodidad material y de egoísmo. Entre las flores, en los céspedes de terciopelo, los niños juegan y rien. Por todas partes, los inmensos cocoteros rayan con sus abanicos obscuros el cielo pálido; las palmeras reales dominan los techados con sus alas cruzadas como aspas de molino; los bananeros encorvan sus enormes plumas verdes; los cachús de follaje deliciosamente tierno columpian á la brisa sus frutas redondas, semejantes á mangles purpurinos. En una verandá, sobre el balcón donde se retuercen las orquídeas caprichosas, una joven juega con un mono suelto.

En las veredas, en los umbrales, alrededor de las casillas de tablas invadidas por la vegetación y la humedad, los negros pululan: jamaiqueños robustos, trabajadores, militares y marinos que afectan ya la tiesura inglesa bajo el rojo capillo del soldado ó el casco de corcho del policeman. Los vuelvo á encontrar á orillas del mar, en una larga faja verde donde, antes del baño, juegan frenéticamente al cricket. Á las cuatro de la tarde todas las casas de comercio cierran sus puertas, y los empleados, blancos, negros, mulatos, se arrojan á la playa.—Si á la aptitud colonizadora y al prestigio autoritario juntase el pueblo inglés el sentimiento generoso y humano del latino, acaso lograría hacer hombres con estos negros jamaiqueños, quienes, por otra parte, son en todo sentido superiores á nuestros «compatriotas» de la Martinica y Guadalupe.

Salimos de la población y atravesamos una verdadera selva, por un camino umbrío y musgoso que me trae recuerdos de Fontainebleau. El silencio crepuscular es completo, imponente, religioso: tan absoluto, que un imperceptible rumor en la zanja vecina atrae mi atención, y diviso un enorme langostín azulado que arrastra en los juncos sus patas de lisiado. Cerca de una cabaña una negrita está pescando en una acequia: al verme, arranca bruscamente su anzuelo con un grito: fish! en una carcajada que dibuja una faja de marfil en su jeta de caoba. Me río del gracioso ademán, y queda contenta como una cómica aplaudida. Asoman las primeras estrellas; la luna nueva dibuja hacia el oeste su fino creciente de oro que, bajo el vago globo ceniciento, remeda una pestaña rubia orlando un cerrado párpado. En toda la noche quisiera yo salir de estos senderos sinuosos, de estas bóvedas sombrías, llenas de calma y encantamiento; pero mi cochero da señales visibles de inquietud por el extraño viajero que lleva, y hay que volver á la población,—donde no tengo nada que hacer, nadie á quien ver, fuera del alemán «carambolero».

Son las ocho de la noche; no me queda siquiera el recurso de comer, habiendo almorzado á las cuatro. Voy á mi cuarto, enciendo una lámpara de petróleo y empiezo á tomar apuntes en mi cartera; pero, á los cinco minutos, las mariposas nocturnas acuden á la luz, lloviendo en mi cabeza como copos de nieve, y el zumbido de los mosquitos me amenaza ya con una noche toledana. Hay que cerrarlo todo y salir: fiant tenebræ! Me siento en el mirador que domina la calle. Enfrente del hotel, en un marco de altísimas palmeras, una iglesia gótica yergue su masa aguda; me la han nombrado ya: es Saint-Mary’s Parish, de la comunión episcopal. Está iluminada y la campana llama al oficio. ¡Toma! he aquí un programa; precisamente hace ya algún tiempo que no he oído vísperas ni sermón. Creo que en estas alturas no debo reparar en pelillos ortodoxos, y, aunque católico, espero que esta función episcopal me será abonada en cuenta. Voy á la church.

Una larga nave obscura que las lamparas de petróleo no alumbran distintamente sino hacia el fondo, como en el escenario de Bayreuth; el interior está desnudo, pintado de blanco, salvo la bóveda de caoba; en el extremo opuesto á la entrada una reja de madera, ahora abierta, deja ver un altar muy sencillo, dominado por un alto crucifijo de ébano. Á la derecha, un reloj de pared señala, además de la hora, la nota del falso gusto nacional y burgués. Á la izquierda, un órgano de pedal, abierto, con la lección del día en el atril. Todo el resto del templo está ocupado por filas de bancos con asientos numerados, dejando en medio una calle estrecha. Me siento en el fondo, bajo una lámpara, y me pongo á leer la hoja impresa de los cánticos. Lentamente, en largos rosarios silenciosos, los fieles se deslizan y ocupan los asientos. Abundan, naturalmente, las negras grotescas, con sombreros de flores y trajes de carnaval. Aquí y allí, algunos negros cansados se acomodan para descabezar un sueño. El clero hace su entrada por una puerta lateral: un sacerdote inglés, joven y robusto, con estola y sobrepelliz—de aspecto casi católico;—y luego, otros clérigos subalternos, diáconos mulatos de mala estampa y solapada catadura. Juntas con éstos, sin duda para marcar la jerarquía social, entran también algunas damas blancas, dos ó tres niñas, mujeres é hijas de residentes ingleses; por fin, dejando una estela luminosa en la obscura muchedumbre, una joven alta y elegante, de vestido blanco, sombrero y guantes negros, se dirige hacia el altar y se sienta delante del órgano.

He admirado por detrás su silueta airosa; y ahora sigue dándome la espalda, pronta para preludiar. De su cuerpo no distingo más que la nuca blanca y los rizos dorados debajo del sombrero Gainsborough. Y gusto de figurármela muy bella, muy extraña á este medio vulgar; rechazo el pensamiento de que pueda pertenecer á ese pertiguero, gangueador de responsos anglicanos. Así, á la distancia, posando sus manos blancas sobre el teclado de marfil, basta para la ilusión de una hora. ¡Oh! ¡que no se vuelva, que no me enseñe el perfil ingrato y seco de una mujer de pastor!

Con una breve entrada del órgano principia la ceremonia: el instrumento me parece bueno y, por supuesto, la ejecutante eximia. Á poco, las frases amplias y solemnes de los cánticos ingleses, que podrían ser de Haendel, desenvuelven hasta la bóveda sus lentas ondulaciones, cual espirales de un incienso místico. Las negras no chillan ni desafinan; en pos del órgano sonoro arrastran su murmullo vergonzante, tímidas y humildes hasta en la oración. Y el pobre rebaño obscuro, condenado á la servidumbre después de la esclavitud, balbucea esos cantos de esperanza y libertad, como si para él existiese en parte alguna, antigua ó nueva, la engañosa tierra de Promisión:

A land of sacred liberty
And endless rest...