¡Bah! á la larga cada piedrita hace su alvéolo. El viajar es una escuela de filosofía.—En la vida las cosas nunca son tan buenas como se las espera ni tan malas como se las teme. La existencia toda es una transacción entre la dicha absoluta y la desgracia completa. Todo pasa, todo se acomoda ó, lo que tanto vale, nos acomodamos á todo, y, como dicen los arrieros, «la carga se compone en el camino».—Después de desembarcar, creo que no guardaré mala memoria de este buque negrero. Durante esta cruzada tórrida por el mar Caribe y el Seno Mejicano, es lo cierto que no he sentido para nada mi humanidad, y que, con tocino y todo, he digerido como un ñandú. Á los tres días de aclimatación, ya me entraba como por mi casa en el cuarto del capitán; consultaba sus libros y mapas, me interesaba por el derrotero y las maniobras; chapurraba un inglés que causaba distracciones al mismo timonel, á despecho del reglamento[8]; y los oficiales no distaban mucho de tratarme como á igual ¡es decir como á inglés! La única nota sombría y melancólica era la ración de pan como oblea, anegada en una tinaja de té....
El mismo negrero no resultó tan negro; además de contarme su accidentada vida, que recordaré alguna vez, poseía un ajedrez de marfil vegetal con un tablero del tamaño de un naipe: y allí era el comernos las piezas como «porotos», sobre un canto de cajón dispuesto en la toldilla.
Salvo dos ó tres días de mar picada, las noches eran magníficas. Tendido en la tijera de lona del segundo capitán,—mi enemigo del primer día,—después de hundirse el sol de púrpura en las ondas iluminadas, me dejaba mecer por el lento balance, evocador de recuerdos lejanos; vivía de mi propia substancia, en esta Tebaida flotante tan avenida á la meditación.—De vez en cuando, la soledad es buena; es algo así como un retiro espiritual consagrado al examen de conciencia: un alto reparador en la carrera del mal, cometido ó sufrido, que forma la existencia más recta y más feliz. Á poco andar se extrae no sé qué amarga dulzura de esta abstinencia del mundo: cella continuata dulcescit, que dice la Imitación. Y así, hasta muy entrada la noche, pasaban las horas iguales, picadas por la campana y el grito del vigía en la proa,—All’s well!—tranquilas, uniformes, sin más accidentes que los de mi sueño interior: á semejanza de esas olas silenciosas que corrían á lo largo de la nave, sólo diferenciadas ellas tam por el fleco de espuma fosforescente que es otra fugitiva ilusión ...
Por la gran distancia, no conocí Puerto Barrios de Guatemala ni Livingston, donde descargamos nuestro «palo de ébano»—y, por añadidura, también á dos pobres muchachos ingleses, émulos de Robinson que se ocultaron en la bodega al salir de Liverpool: después de hacerlos trabajar duramente en el viaje, se les abandonaba ahora en esa playa insalubre, porque se arribaba á una posesión británica. ¡Oh! esas iniquidades perpetradas con impunidad, esas lágrimas del inocente vertidas en la sombra ¡cómo quisiera yo creer que son recogidas por algún testigo del infinito, que las condensa pacientemente hasta reventarlas algún día en tempestad justiciera y rayo vengador!—Confieso que sentí vagamente ver partir al negrero con su ajedrez. Parece muy probable que, á igual de su cutis, su conciencia pasara de castaño obscuro; además hay que reconocer que poseía un tablero más «endiantrado», como dicen en Lima, que la filiación de su poseedor. Pero ¡que el Guatemala le sea tan propicio como á su mercancía! Al cabo perdió sin chistar las dos últimas partidas: rasgo elevado que me deja alguna esperanza para su reforma y salvación. Por fin, se llamaba Baranda y esto mismo quizá contribuya á contenerle ...
Belize.
Á vuelta de otras gentilezas mías, Cané me dijo un día que, á fuer de francés, tenía yo el derecho de no saber geografía. (Picante coincidencia: precisamente era á propósito de la América Central.) Confieso que respecto al Honduras, británico ó criollo, hasta el momento de pisarlo había ejercido ese derecho en toda su plenitud. El mismo nombre de «Belize» se refería en mi memoria á una «mujer sabia» de Molière:
Nous l’avons cette nuit, Bélise, échappé belle ...
En sólo veinte horas de permanencia he logrado terraplenar esta laguna de mi educación. Ahora sé que Belize, ilustre capital del British Honduras, está situada en la embocadura del Old-River, que he cruzado á mediodía sobre un puente de hierro incandescente; tampoco ignoro que su nombre es la corrupción del de Wallace, un famoso pirata escocés; podría deciros que, en su población de seis mil almas, las negras superabundan en la misma proporción que entre los pasajeros del Engineer: tengo datos acerca de su temperatura tórrida porque la he sufrido, de sus mosquitos porque los he alimentado; de su parque pantanoso porque casi me he quedado en él. Pero convendrá el mismo señor Cané en que este método de aprender geografía es un tanto oneroso ...
Bajo á tierra á las doce del día, en un bote cuya vela gualdrapea á ratos contra su palo de bambú; en este ambiente de fuego, las ráfagas de brisa intermitente parecen suspiros de lasitud de aquella tierra tropical que se divisa á dos millas, baja y arenosa en la playa, sombreada de obscuras arboledas en su interior. Al cabo de tres horas de ceñir el viento escaso y ayudarnos con los remos flojos llegamos á la orilla y, como el portugués de la zarzuela, me entrego al primer indígena que me brinda un parasol. El indígena resulta alemán y me conduce á su hotel; una casilla de madera en forma de jaula, con galerías en contorno, paredes de enrejado, puertas y ventanas de celosías: todo ello abierto al sol, al aire, á las nubes de mosquitos y sabandijas que acechan á sus víctimas.