¡Pero en Matachín es donde los negrillos, escapados de los bohíos de cañas, acuden y nos invaden como cucarachas! Nos ofrecen ramos de jazmines y orquídeas fragantes; canastillos de palma llenos de guayabas, mangos, bananas, guabas—que semejan algarrobas enormes—chirimoyas, ananás,—y unas extrañas pomarosas que tienen aspecto de huevos verdes; por fin, sabrosas pastelerías de leche con miel. Con tanto ensordecernos, nos obligan á tomar su mercancía—aunque sea para regalarla á sus congéneres de enfrente. Por otra parte, casi de balde: todo ello superabunda en las cercanías ahora desiertas, y, á lo largo de la vía férrea, los racimos de bananas se pudren en las ramas, intactos.

Panamá conserva, á pesar de todo, su doble atractivo pintoresco é histórico. El advenedizo Colón es franca y siniestramente vulgar. ¡Hago moción para que se le inflija ó se le devuelva para siempre su nombre yankee de Aspinwall!—Bajo un cielo de estaño en fusión, en una atmósfera de fuego que no deja un instante de tregua ni trae un hálito de confortante frescura á las tres de la mañana, compone casi toda la población un reguero de casuchas voladas sobre el malecón, con algunas callejuelas llenas de pantanos, donde los sapos están de broma toda la noche. Los huecos del gran incendio reciente han quedado abiertos, como negros alvéolos de dientes caídos. La calle del puerto está ocupada por agencias marítimas, depósitos, almacenes, bars. No se encuentra una sola mujer en los portales—salvo negras: ninguna apariencia de familia, de hogar, en este campamento de mercaderes cosmopolitas. Á orillas del mar, las dos grandes villas de madera de los Lesseps se levantan, lúgubres y vacías, rodeadas de altas palmeras que surgen del ardiente arenal y parecen artificiales.

Corro á la agencia inglesa—todo aquí es inglés ó yankee—y pido informes sobre el vapor cuya salida para Veracruz se anunciaba en Panamá: es un cargo-boat, sin pasajeros, sin sombra de confort, tan desprovisto que el mismo comandante se entremete con el agente para que me devuelva el dinero y me deje embarcar por otro rumbo. Me describe el itinerario: tendremos quince días de navegación, tocando en infinidad de puertos imposibles, en Livingston, Belize, Progreso ... Acaba por confesarme que, á último momento, al alba, embarcaremos un centenar de negros jamaiqueños—de grado ó por fuerza—que se destinan á los terraplenes de Puerto Barrios. ¡He dado con un buque negrero!—No importa: á pesar del aspecto fúnebre del vapor, de la perspectiva inquietante, del furor sordo de los oficiales á quienes voy á incomodar, y de los ojos furibundos del steward que arroja mi equipaje en el camarote que antes ocupaba,—me embarco en el Engineer, de Liverpool, que leva anclas dos horas después,—porque, desde Buenos Aires, he resuelto entrar en los Estados Unidos por Méjico y California.


VI

DE COLÓN Á VERACRUZ

BELIZE.—PROGRESO.—MÉRIDA DE YUCATÁN

El vapor Engineer, de Liverpool, en que he tomado pasaje para Veracruz, es como dije un viejo cargo-boat de excelentes condiciones marineras, con un itinerario seductor: tocará en Guatemala, Honduras, Yucatán ... Lleva bastante carga y, accesoriamente, hasta ciento dos pasajeros de distinción: á saber, cien negros de buena tinta, el negrero (don Juan Baranda) y, por fin, este pobre blanco vergonzante que será el historiógrafo de la expedición. Por lo demás, nada falta á bordo. Tengo mi catre con dimensiones de ataud, sin sábanas ni fundas, en un camarote-estufa que se refresca de mañana al dulce gotear de la cubierta. No tratándose sino de quince días de travesía entre Colón y Veracruz, el hielo para la bebida ha parecido superfluo. En cambio: tocino, carne salada, judías secas y agua caliente á discreción. Asisto al embarco de mis compañeros de viaje: un hormiguero de jamaiqueños lustrosos que cruzan el pasadizo, haciendo muecas á la baqueta del «cómitre», y se apilan en el entrepuente. Nos ponemos en marcha á las ocho de la mañana, bajo un sol de plomo derretido. Tocan la campana para el almuerzo y me dirijo al comedor: un sudadero estrecho, con atmósfera y luz de sótano.

La mesa está obstruída por enormes fuentes llenas de cosas formidables; en una cabecera se sienta el capitán, en la otra, el primer oficial; con el dedo, el steward me enseña mi sitio, enfrente del negrero, entre el contador y el maquinista cuyas uñas ostentan la insignia profesional: gentes y guisos tienen caras de pocos amigos. El capitán inicia la fórmula horripilante: A slice of bacon, sir? ¡Tocino!... ¡yo que no sorportaba lo gordo de una chuleta! El primer oficial pertenece al género «chusco»: me dirige dos ó tres frases de tanteo, y, junto con mi primer resbalón en inglés, todos se sonrien, ¡hasta el negrero! Empiezo á sospechar que el judío Ehrmann, venteando mi antisemitismo, ha inventado este paquete para Veracruz....