En resumen, de todo lo visto, oído y estudiado, resulta para mí la convicción de que la obra nunca fué conducida como debiera,—como la habría dirigido, sin duda alguna, en un espíritu de sano patriotismo y amor de la gloria verdadera, ese noble y honrado Michel Chevalier, cuya Memoria profética es, aún hoy, digna de ser leída y meditada. Todo el edificio del Panamá se ha construído en desplome, hilada por hilada. El público confiaba en Lesseps—una leyenda; Lesseps se entregaba á sus colaboradores ordinarios, politiqueros y arbitristas que concluían por creer á medias en los propios boniments que habían pagado; los profesionales estudiaban el asunto por encargo, y, bajo la hipótesis de un capital inagotable, concluían con un informe favorable; los sabios, del Instituto ó de la Sociedad de Geografía, resolvían la cuestión en abstracto, como un teorema, sobre la base de que los estudios de Wyse merecían confianza absoluta ...

Ahora bien, no la merecían en grado alguno, y el edificio, además del desplome, se asentaba en una base deleznable. Tan poco serias son las investigaciones históricas de Wyse, que ha ignorado—por confesión propia—el nombre y la obra de su predecesor más benemérito. Sus estudios de 1878, sobre el terreno, que han decidido la ejecución del canal á nivel, han durado tres semanas y pertenecen á Reclus. ¡Tres semanas para estudiar el trazado, las nivelaciones, los sondajes, el levantamiento de ochenta kilómetros, con obras de arte inauditas, insensatas!—¡como ese proyectado túnel de 43 metros de luz!—Entretanto el teniente Wyse negociaba en Bogotá la concesión, que era lo principal del asunto. Después de demostrar en un primer libro, perversamente escrito en todo sentido, que el canal á nivel era el único aceptable, afirma ahora, en otro libro, que fué aquello una exigencia colombiana,—cuando consta que la modificación que persiguió entonces é hizo anular ¡se refería á un canal de esclusas! Todo ha seguido ese giro científico. No ha existido jamás un trazado definitivo, completo, fundado en estudios geológicos y topográficos minuciosos: la Compañía del ferrocarril ha suministrado las distancias y niveles vagamente aproximativos, como que la línea dista mucho de costear el canal. El famoso congreso reunido por Lesseps no ha tenido más elementos de examen y discusión.

Entonces entró la aventura en su faz financiera y ejecutiva; y no tengo que volver á sacudir esos trapos cenagosos. Hoy mismo, y para un transeunte como yo, la sensación de desorden y despilfarro persiste y domina el cuadro. Fué el estreno de Wyse comprar el Panama Railroad á razón de 800.000 francos por milla: y todo rodó por esa pendiente «uniformemente acelerada», como se dice en mecánica. Après nous le déluge!—Para cebarse en paz, los gordos daban parte á los chicos. En París sólo han conocido el manipuleo francés: se ignora la tarifa local, la cuenta pasada por el patriotismo colombiano. Ingenuamente, Bonaparte Wyse insiste sobre la «estatua» que el congreso de Bogotá le ha votado, como á un padre de la patria; ello es apenas suficiente: para ese grupo dirigente y digiriente ha sido, no un padre, ¡sino una nodriza!

He visto las villas de los Lesseps en Colón; he ido á la de Dingler por la vía del Corozal, cortada á pico en la montaña, para evitar á la familia del director la humillación del camino común de la Boca, que pasa á cincuenta metros ... Lo fantástico de esas y otras obras de lujo, no es su ejecución sino su precio, apuntado en los libros de la Compañía. Todo ello ha sido dicho y repetido al tanteo por Drumont y otros—por los mismos informes oficiales con bastantes atenuaciones.

Pero algunos rasgos hay que no pueden ser tomados sino en el sitio, con el vivo color de la realidad. He aquí un rápido croquis de un contratista francés, socio de Lesseps junior, el cual, no teniendo nada que ver con el asunto financiero, disfruta tranquilamente en París sus millones pescados en los pantanos del istmo. Hace unos doce años, él caía en Lima, sin un cuarto, medio maquinista, medio vagabundo, y desertor por añadidura. Entró en un ingenio azucarero y, como tuviera la mano ligera,—ó pesada,—un buen día acogotó á un pobre culí chino. Su situación se tornó desagradable, no tanto por la justicia peruana, cuanto por los compañeros del muerto, quienes, dos ó tres veces, estuvieron á punto de suprimir al asesino. Al fin, tuvo que fugarse de noche para salvar su interesante pellejo. El patrón, apiadado por sus lágrimas de bonne crapule, como diría Zola, le hizo embarcar en el Callao: él mismo me refería el hecho, en el ingenio donde sucedió. Llegado á Panamá, el aventurero enérgico y audaz ascendió muy pronto; pasó del simple merodeo y la coima garitera á las proveedurías de río revuelto, descolgando á la postre pingües contratos, con participaciones anónimas. Volvió á París millonario. Al principio quisieron molestarle por su travesura militar; pero entonces ni los presidios ni las compañías argelinas de disciplina estaban hechos para los forbantes del Panamá ...

El inmenso y magnífico hospital de la Compañía ha sido otro negocio, pero algo largo de contar. Nada más pintoresco y lujoso que esos pabellones aislados, en la falda de la colina Ancón, en medio de parques y jardines llenos de esencias y flores espléndidas, entre grutas y juegos de agua. Aquello es realmente suntuoso, y por cierto que no exigían tanto los pobres calenturientos. Todos los pabellones están vacíos; sólo recorren los parques y jardines «principescos» algunas docenas de huérfanas guiadas por las Hermanas de caridad, y que viven con desahogo en la fastuosa villa Dingler, también abandonada. Y en la tarde apacible que pasé por allí, era un cuadro de infinita tristeza esa bandada de muchachitas pálidas y finas, de suerte más sombría que sus vestidos de luto, al cuidado de esas hermanas de cofia blanca que les hablaban francés con su voz dulce, vagando unas y otras sin destino por esos esplendores desiertos: aquellas maravillas del arte y de la naturaleza que son el resumen y residuo de tantas miserias sufridas, de tantos esfuerzos para siempre jamás inútiles ...

¡Ah! no escasea el material de construcción ni la maquinaria, á lo largo de la línea férrea que me llevaba esa mañana de Panamá á Colón—ni tampoco ¡las poblaciones enteras de villas, barracas, casillas y chalets vacíos! Debo decir que los talleres y campamentos de la Boca están bien cuidados y en orden perfecto—esperando á las visitas. Pero los otros—los que los viajeros entrevén rápidamente entre dos estaciones—tienen aspecto menos consolador. Las ruinosas fábricas, enmohecidas por el desuso y la intemperie, destrozadas por los huracanes, ostentan su esqueleto desvencijado, sus aparatos á medio desmontar, con el material sembrado á la rastra, ya roído por la herrumbre, ya invadido por hongos y musgos que remedan una lepra vegetal. Dragas, remolcadores, motores, mecanismos de todas clases y tamaños se hunden en el cieno, junto á las improvisadas poblaciones cuyo maderaje desarticulan y pudren las lluvias torrenciales del istmo. El krach de allá repercutió aquí como cataclismo. Ante el desastre y el ¡sálvese quien pueda! de la obra humana, la reconquista del desierto y la selva cobró no sé qué airada violencia de desagravio. La impetuosa avenida forestal terraplenó las zanjas, niveló á toda prisa los taludes, cual si la naturaleza se afanase por borrar sus estigmas y cicatrices, en tanto que los indios buscadores de caucho y los negros tagueros se albergaban en los chalets traídos para ingenieros y contratistas ... Nos pinta Virgilio el asombro de los labradores romanos al desenterrar con sus arados las armas y despojos de las edades heroicas ¡con qué extrañas reliquias tropezarán los campesinos colombianos del siglo veinte, si la humedad no ha conseguido destruir hasta entonces su último vestigio!

Salvo esa obsesión invencible que para mí empaña y entristece el paisaje, no puede imaginarse camino más pintoresco que el de Panamá á Colón. No he experimentado sino en el Brasil, y acaso menos intensa, esta sensación casi embriagadora del esplendor vegetal. Es como una erupción frenética de árboles y lianas, de flores y follajes, que estalla por doquier, en las faldas de los cerros, en las riberas del Chagres y sus arroyos tributarios, hasta en el balaste de la vía. Por momentos el tren se precipita por debajo de unos arcos triunfales de ramajes entrelazados, de bóvedas tupidas y sombreadas que despiden efluvios balsámicos, capitosos hasta dar vértigo. En el fondo de algunas quebradas estrechas, la marea vegetal revienta en oleadas y remolinos de verdura, evocando fantásticos aluviones de materia orgánica súbitamente germinada y frondescente, como en la obra de los seis días ¡tan imposible parece que esa flora exuberante haya brotado por entero del suelo tropical! Los cedros y caobas gigantescos, los preciosos palisandros y palos de rosa, los guayacanes de tronco en ánfora, los rectos membrillos de flores purpurinas, los sándalos amarillos, los gutíferos chorreando savia, los bongos enormes en que se ahuecan piraguas de treinta toneladas: todos los colosos forestales, cubiertos de enredadas lianas y deslumbrantes orquídeas como un guerrero bárbaro de arambeles y pedrerías, atropellándose por alcanzar el aire y la luz, estiran el tronco y las ramas casi verticales fuera del ambiente estancado y perennemente tibio del humus negro en que bañan sus raíces. Los euforbios lechosos y los desmayados plátanos alternan con las esbeltas palmeras que yerguen al sol sus rígidos abanicos; las hojas lustrosas del naranjo rozan el verde encaje de los helechos arborescentes;—y, por todas partes, aras multicolores, tórtolas azules, cardenales y colibríes, insectos de zafiro y esmeralda hienden el espacio, revolotean en los ramajes, chillan y zumban en la espesura, son la sonrisa y la gracia de esa magnificencia. Mariposas de cien matices se posan en los cálices abiertos, como flores inquietas sobre otras flores, y, por instantes, una ráfaga de brisa arrebata del mismo arbusto alas y pétalos, que vuelan confundidos por el aire ... ¡Es la selva virgen del trópico en el fecundo hervor de su verano eterno! Me siento perturbado, sofocado, aturdido por los perfumes y fermentos de esa inmensa orgía de savia derramada; y, vagamente, sueño con las épocas primitivas del mundo joven: cuando el loco ímpetu de la vida elemental se desbordaba en la corteza blanda y humeante del planeta, abortando organismos colosales apenas desbastados que se enredaban en las selvas espesas, pobladas de árboles gigantes que sobreviven en nuestros desmedrados arbustos de hoy; cuando reptiles monstruosos surcaban los mares ó abrían en la atmósfera densa horribles alas membranosas, esbozando torpemente el vuelo del ave futura ...

En la estación de Emperador, invade el único salón del tren una caravana de negras, vistosas y chillonas como una bandada de tucanes. Los hombres quedan en el balcón, haciendo muecas á través de los cristales.—El negro ríe siempre, con un encanto de bobería irresistible. Debajo de su tupida borra de betún, sus ojos de marfil viejo y su jeta simiesca se rien provisionalmente, antes de causar risa. Con su media lengua tartajosa, estorbada por el bezo, y su perpetuo zarandeo, participa del niño y del cachorro. Para cobrarle horror, es menester encontrarle en los Estados Unidos, pretencioso, insolente ¡ciudadano! complicando su husmo natural con repugnante perfumería. En cualquier otra parte nos divierte y le cobramos simpatía como á una criatura inferior, grotesca y jovial. No así el indio: éste es triste y taciturno, como que lleva el peso de su mortal decadencia, de su degeneración creciente é invencible. Éste representa la prueba malograda de un buen original; el negro es su caricatura. Por eso vive robusto, resistente, satisfecho de su condición, ahora lo mismo que antes.—Bajo el aparato melodramático del famoso y mediocre Uncle Tom’s Cabin hay mucha majadería. La pretendida sed de emancipación de los negros fué una merienda de blancos. La paradoja de que sean hoy menos útiles y felices que ayer es defendible. En cambio de las plantaciones del sud arruinadas, se tiene ahora á los libertos, sirvientes en Washington ó lustrando libremente, en todas las ciudades de la Unión, las botas democráticas de sus conciudadanos. Puro ó mestizo, el hombre de color untado de civilización adquiere un alma de mulato. C’est tout dire!

Criada con soltura y lejos de las ciudades, la negrita joven es graciosa. Delante de mí,—no demasiado cerca,—hay algunas monísimas, en su género. Una, sobre todo, compondría un bonito bronce policromo, enderezada y sosteniendo un candelabro al pie de la escalera. La pañoleta punzó, sobre el vestido blanco de mangas muy cortas, deja libre el ébano de los brazos y de la garganta; en la cabeza crespa lleva un madrás amarillo enroscado en turbante, con enormes zarcillos dorados en las orejas; y bajo este arreo estrepitoso revuelve sus ojos blancos, se ríe con toda su dentadura deslumbradora que remeda, en su hocico moreno, un tajo fresco en una nuez de coco. La «sapita», diría Voltaire, ha dado instintivamente con el perifollo y los colores adecuados para parecer bella á su crapaud. Hasta su collar de cuentas rojas es un hallazgo. Toda la gentil bestezuela está perfecta en su coquetería criolla y montaraz: evoca escenas de Pablo y Virginia ...