Por su aspecto exterior, la ciudad no difiere mucho de las antiguas poblaciones peruanas; pero, sobre el antiguo fondo colonial, se encuentra á cada paso el contacto de las dos influencias rivales, yankee y francesa, que se han combatido ó yuxtapuesto. Muchos avisos y muestras comerciales están en las tres lenguas. El tramway eléctrico, el pavimento y las aceras de las calles centrales, la bonita plaza de la Catedral—donde hacen buena vecindad el Grand Hôtel, la Agencia del canal, el Banco del judío Ehrmann y el obispado; el alumbrado público y hasta los uniformes modernos de la policía: todos los adelantos materiales de la ciudad nueva son regalos más ó menos directos de la opulenta Compañía. La era de las obras del canal ha sido la edad de oro de esta provincia de Colombia, y, por rechazo, de todas las otras.—El cochero negro que me hace dar mi primer vuelta de Panamá me toma por un ingeniero, y me pregunta con vivo interés si los trabajos no volverán á seguir. Le afirmo que sí ¡palabra de ingeniero!

Por lo demás, este paseo es encantador. Vamos rodando desde las callejuelas de la ciudad vieja, con sus volados balcones de bastidores, hasta las espesuras umbrías de la colina que desciende á la Boca. El ambiente está delicioso: acá y allá, algunas gotas de lluvia, anuncio de la primera tormenta que caerá mañana, como estreno de la estación húmeda. Á derecha é izquierda del camino arenoso, en que las ruedas abren susurrante estela como en el agua, los ranchos de cañas dejan ver hamacas colgadas, catres de palo en los cobertizos; y en sus contornos, mangos, cocoteros, plátanos, sandiares: la vida abundante y fácil para la indiada ociosa y feliz. De éstos, muy pocos han quedado en los cortes y terraplenes del canal,—¡fuera de los jamaiqueños conchavados por centenares! Pero, como estos anónimos se enterraban en zanjones que se rellenaban después, á estilo de la langosta saltona, sería injusto achacarles mayor recargo en las estadísticas.

Todos los enterrados no han guardado el incógnito;—desde luego, los «celestes». Acaso este cementerio chino, tan característico, desprenda con su ínfima y muda protesta de los ignorados efímeros contra el olvido, una melancolía más intensa que los otros. Hasta en la tumba persiste la tendencia encogida y achaparrada de la chuchería chinesca: los túmulos uniformes y microscópicos se componen de piedrecitas verticales que rematan en una bola, en el lugar de nuestra cruz, enseñando cada cual su extraño jeroglífico negro que parece un coleóptero aplastado.

Visito después el cementerio francés, en muy buen estado, lleno de árboles y flores que las Hermanas del hospital cuidan esmeradamente, como un pedazo de patria. ¡Y cuántas hay de esas calles fúnebres, de esas hileras de cruces, de esas piedras grises y tablas negras, en que dos ó tres nombres van acolados al mismo apellido, como que encubren una sola familia! Diríase el campo mortuorio de una poblacion entera. Y de todos estos epitafios ingenuos y desconsolados, que ningún deudo lejano leerá jamás, de todos estos nombres humildes de seres jóvenes, heridos casi en la misma fecha, se alza un inmenso lamento sólo para mi alma perceptible,—sunt lacrymae rerum,—acusando el rigor del destino y el crimen de los hombres.—Bien sé que no eran ciudadanos ejemplares, muchos de los terrajeros caídos en este suelo envenenado. Pero con todo, encuentro harto dura la oración fúnebre colectiva que les dedicaban algunos financistas repletos de París, al atribuir los estragos que ya no podían ocultar, únicamente á la incuria, al libertinaje, á los excesos de los trabajadores. Me ocurre—y tengo datos para ello—que todas las víctimas no fueron la espuma y escoria de nuestra población, y que más de un jornalero llegó con mujer é hijos, impelido por la honrada pobreza y el deseo de mejorar la suerte de los suyos. No son únicamente vagabundos y mujeres perdidas los que duermen aquí, lejos de la aldea nativa, bajo una humilde piedra de limosna, al lado del viejo de barba gris que primero sucumbió. ¡Y entre tanto!—¡oh miseria é insensatez!—al rededor del vasto osario, junto al gran campamento de la Boca, al pie de la costosa Folie Dingler y á cien metros del río Grande donde podían derramarse,—los inmundos pantanos exhalando el miasma, apestando á fiebre y muerte, se extienden todavía allí, intactos, sin haber recibido jamás una sangría de drenaje, un ensayo de terraplén que, en cambio de algunas coimas cercenadas, habrían salvado la vida á centenares de hombres!... «Y ¡en estas condiciones de eterna primavera es como se concibe el paraíso terrenal!» ¿Quién habla así? ¡Un Bonaparte[7], pues! Es el estilo pastoso y enfático de esa familia de aventureros más ó menos coronados, que nunca logró hablar de corrida la lengua de Voltaire.

¡Pobres aldeanos franceses!

He permanecido cinco días en Panamá y sobre el istmo, recorriendo á caballo ó en bote las obras de la bahía de Limón, el río Grande arriba de la Boca, y el resto del canal al rededor de la bonita isla del Manglar hasta la Puerta Ebbé,—fuera de la parte análoga en la vertiente del Atlántico. La excursión por agua, sobre todo, me ha impresionado, en el silencio y la paz melancólica de esa gran esperanza perdida. El ancho canal cortado en talud se alargaba á nuestra vista, recto y profundo. Quería figurarme que se prolongaba así hasta muy lejos, sin interrupcion, después de vencidos los obstáculos, tajado el cerro de Culebra, embozado el Chagres brutal. Forjábame por instantes la ilusión de la empresa concluída, después de tanto dinero derrochado, llevada á feliz término por la ciencia aunada al patriotismo, é inaugurándose al fin en una universal y gloriosa aclamación ...

Dejemos los ensueños y volvamos á la realidad. En cuatro ó cinco horas, he recorrido la parte del canal definitivamente cavada; agregad un trecho doble ó triple por la vertiente atlántica, y tendréis concluída una tercera parte del trayecto en longitud, entrando en la cuenta las bocas naturales utilizadas; pero en absoluto y como proporción de la obra por realizar, apenas una fracción centesimal. Todo lo difícil y problemático queda en pie, sin haberse decentado más que de trecho en trecho y por vía de ensayo. El ingeniero en jefe que me acompaña no cree, naturalmente, que la partida esté perdida. Está en su papel profesional. Ha obtenido nuevos plazos en Bogotá, creo que con una enésima comisión de dos millones. La compañía futura tiene dos años para constituirse y volver á proseguir los trabajos. Se preconiza hoy el canal de esclusas que se atacaba diez años ha. El inevitable Wyse demuestra ahora que es salvable y hasta utilizable la dificultad del río Chagres. El bief superior se alimentaría con las aguas de dicho río, almacenado en el valle central. No se trataría ya más que de unos 500 millones de francos. Etc., etc.

No tengo opinión formada en la cuestión técnica. Me limito á desconfiar de las demostraciones «matemáticas» que ocurren tarde, y son diametralmente contrarias á las que se presentaban antes, como el fruto de veinte años de estudios no menos matemáticos. Por otra parte, si se encontrase el capital, es muy dudoso que el gobierno francés autorizara la formación de una nueva compañía, que no podría subsistir sino haciendo tabla rasa de la anterior. El proyecto se estrella contra un doble non possumus financiero y legal. Luego vendría la cuestión internacional. Por un concurso de circunstancias que ya no existen,—sin olvidar á Lesseps cuyo coeficiente personal tenía importancia incalculable, hasta en Washington y Nueva York,—los Estados Unidos soportaron hace veinte años lo que hoy combatirían enérgicamente. El reciente pegamiento—ó pagamiento—de Bogotá ha suscitado fuertes resistencias del lado yankee. Se ha logrado merced al convencimiento general de que carece de alcance práctico, y con ciertas reticencias que á todos aprovechaban: para el representante de la compañía, era un éxito personal; para los agentes colombianos, dos millones de francos al contado no son fruslería; por fin los Estados Unidos ganaban una situación privilegiada ante la sucesión abierta.

Las obras por el lago de Nicaragua han quedado interrumpidas, debido en parte á la presión de las grandes compañías ferrocarrileras. Con todo y contra todo, se hará el canal interoceánico, acaso en Nicaragua, más probablemente en Panamá. La influencia de la enorme república es invencible en esta parte del continente. Sin esfuerzo ni violencia, por la simple ley de la gravitación, se anexará á buen tiempo las regiones útiles del Centro y «protegerá» las del Sud. Cogerá á Guatemala, Costa-Rica, Cuba y el resto como peras maduras. El mutilado México se siente ya en la esfera de fascinación del pueblo constrictor: la era de anarquía, que infaliblemente sucederá á la dictadura actual, le hará rodar por la pendiente yankee. En este mismo Panamá, los americanos nos han reemplazado con admirable presteza, y lucran donde nos arruinábamos. Detentan el ferrocarril, el telégrafo, la prensa, el comercio de tránsito, que se reparten con los judíos sin detrimento para unos ni otros. Se han instalado en el famoso Hôtel Central, cuyo hall vió á Lesseps presidir banquetes tropicales en mangas de camisa; del bar al oficio, todo es yankee. Nadie sabe palabra de francés ... ¡ni de español! Los libros comerciales, los anuncios, las listas, las cuentas: todo está redactado en inglés ... Á propósito de judíos, recojo de paso esta bonita prueba del latitudinarismo colombiano. Se alza en la plaza el vasto palacio episcopal; como el obispo no ocupa sino el piso alto, alquila el bajo á un sanhedrín israelita (¡muy caro, para hacer obra pía!): de suerte que en medio de las cruces y emblemas católicos de la fachada florece, ad majorem Dei gloriam, esta muestra bancaria impregnada de modernismo: Isaac and Co—¡en grandes mayúsculas de oro!

¡Oh! sí, decididamente, ¡la creo sepultada para siempre la empresa francesa del Panamá! Es la impresión que del conjunto y de los detalles recibía, cuando iba recorriendo el canal por última vez, al descender el mudo crepúsculo. El material abandonado en la ribera, las lanchas inmóviles, las gigantescas dragas anquilosadas en sus posturas oblicuas: todo parecía aumentar el universal silencio, la sensación melancólica de soledad y abandono irrevocable. Los animales desalojados por los obrajes han reaparecido, y viven allí con toda confianza. Garzas blancas y flamencos rosados exploran el cieno, bajo los cangilones de hierro; y un caimán que sorprendemos al paso saca del agua su hocico disforme, y, en vez de bucear, se arrastra sin apuro hasta el vecino paletuvio, sobre sus patas en cartabón.