En tanto que el tórrido tribuno—sin duda, sincero—asesta en el vacío su «ecuatorial», miro la susodicha estatua por la ventana abierta; y aquella figura convencionalmente meditativa del caudillo guayaquileño, evoca por asociación las de sus predecesores y sucesores, cuya historia recorría á bordo, y no por cierto en autor adverso al tan hueco y estéril cuanto celebrado liberalismo[5].

¡Lúgubre y carnavalesco desfile de revoluciones sangrientas, de pactos y traiciones vergonzosos, de manotones «sorpresivos» y dentelladas famélicas, con el acompañamiento repugnante de esa fraseología jacobina, medio siglo después que en Europa ha sido arrojada á la espuerta de la basura! Figuraos una opereta en cien actos cuyas escenas trágicamente cómicas fueran reales, con asesinatos, envenenamientos, saqueos y orgías de verdad: las peripecias del Príncipe de Maquiavelo puestas en acción, no por Malatestas y Castruccios, elegantes en su misma corrupción y ferocidad, sino por mestizos lúbricos y ébrios, y al compás de la bámbula ... Más sencillamente: imaginad nuestra anarquía sanguinolenta de una década, prolongada por más de medio siglo—todavía dura—y, en lugar de nuestra franca barbarie provincial de vincha roja y chiripá, una parodia nauseabunda de constituciones deformes y proclamas idiotas, que parecen eructos á la libertad[6]!—Cada capítulo de esa historia repite el anterior con insoportable monotonía, tan sólo amenizada por lo grotesco del estilo.—Los anales del Ecuador ostentan la uniformidad abrumadora de su clima sin estaciones. Siempre la violencia impulsiva en el pueblo, como el estío implacable en la tierra; el atentado brutal ó la usurpación insidiosa para asaltar el efímero poder, que de antemano justifican y atraen las anárquicas represalias. Una sola década hace excepción en más de sesenta años: la de García Moreno, cuya mano de hierro se enguantaba de terciopelo clerical, y que fué bárbaramente sacrificado, no por su despotismo y más ó menos justificadas crueldades, sino por su energía autoritaria que creyó posible fundar el orden en el catolicismo intransigente. En suma, aquella dictadura, con sus errores y violencias connaturales, representa el único esfuerzo intentado para domesticar el anarquismo ecuatoriano. Con ella la nave nacional, bien ó mal orientada, seguía un rumbo fijo, en lugar de ser juguete de las olas embravecidas, como antes y después de la famosa Constitución de 1869 ...

Un tanto hipnotizado por el runrún oratorio, he seguido mi pensamiento, dejando vagar la mirada en torno de la estatua de Rocafuerte, ahora más que nunca meditativo, pues por efecto del vibrante miraje, paréceme que cabecea de pie. En un resuello de mi «amigo», murmuro distraídamente, designando al presidente de bronce:

—García Moreno ¿era de Guayaquil?

El periodista liberal me mira estupefacto: leo la indignación y el escándalo en su boca abierta, y aprovecho la coyuntura para esquivarme, después de las «cortesías de estilo», como dicen los repórters criollos: «¡Cuente V. con un amigo!».

Si escribiera para lectores europeos, no me sería perdonado el dejar á Guayaquil sin hacer mención de los cocodrilos del Guayas. Podrían servirme de disculpa mis sendas alusiones á los yacarés políticos ... En puridad, nada tengo que reprocharme. Caudillejos aparte, y á pesar del sol rajante (2° de latitud), habíamos fletado—seis ingleses y yo—un vaporcito armado en guerra para remontar el Guayas hasta la región de los saurios. Todo estaba pronto: provisiones, armas,—una colección de spencers, winchesters, etc., con que despoblar el reino de los caimanes,—hasta un aparato fotográfico, ad perpetuam rei memoriam ... El tiempo de entrar en mi camarote para cerrar mi baúl, y ya los amables ingleses se habían marchado, capturando el bote como un simple pedazo de Venezuela.—Por lo demás, este rasgo de forbantes no les ha sido de provecho. Tres ó cuatro horas después volvían al Imperial, trayendo á uno de los cazadores con una insolación. La aventura, felizmente, no ha tenido mayores consecuencias, merced á la intervención enérgica de la ciencia. El médico de á bordo, un mestizo rechoncho con cabeza de batracio, acude al pronto, arremangándose con convicción, seguido por el comandante cargado de frascos. Sinapismos, compresas heladas, friegas á brazo partido ... ¡nada! El enfermo, tendido en un banco sobre cubierta, no se movía: ya en camino, al parecer. Por fin, el doctor destapa un frasco azul, murmurando: agua sedativa, y echa una dosis en las manos del capitán puestas en escudilla sobre el pecho desnudo del paciente ... ¡Doble rugido del capitán que larga todo y del enfermo que recibe el chorro en el estómago! Era ácido fénico. El efecto ha sido maravilloso, y quedará, sin duda, como la curación más notable que haya perpetrado este descendiente de los brujos incásicos. Con semejante médico á bordo se puede viajar tranquilo: si se atreviere á nosotros el vómito negro ¡dará con la horma de su ojota!

Panamá.

La entrada de Panamá por el Pacífico es un encanto: parece una reducción de la de Río de Janeiro; sólo que aquí conviene llegar al alba, en tanto que la portentosa bahía brasileña necesita del sol declinante para resplandecer en toda su gloria magnífica y teatral. Desde la aurora estamos en pie—y no es mucho esfuerzo dejar cuanto antes el sudadero del camarote.—Con lentitud y precaución, por entre el dédalo invisible de los bancos de coral, el «steamer» da sus últimas vueltas de hélice para fondear á pocos cables de la isla Tobago.

Á nuestra izquierda, los conos arbolados de Naos y Flamenco surgen con deliciosa audacia del círculo espumante de los escollos. El viejo Panamá,—sombrío y erizado de rocas abruptas, que fueron bastiones y parapetos en tiempos de Morgan y Pointis,—y la ciudad nueva, un poco al oeste, pintoresca y alegre cual estampa iluminada, se yerguen contiguos bajo las puntas agudas del cerro de Cabras. Un oficial me enseña las torres cuadradas de la catedral, de ese recargado estilo hispano-colonial que no parece vulgar en este paisaje; la ensenada del canal interoceánico en la Boca; al pie de la colina de Ancón, el hospital de la Compañía, innumerable serie de pabellones elegantes, lujosos, escalonados en la falda, como chalets de recreo á la sombra de cedros y naranjos. El sol naciente y tibio apenas alza su disco sobre las islas verdes, arrojando en el paisaje el oro y la púrpura de la mañana; por doquiera, una vasta erupción de follajes y flores que alegran la vista y hasta rejuvenecen los arruinados terraplenes que la menguante deja en seco; la brisa fresca nos trae rumores de campanas entre ráfagas de fragancias forestales y perfumes de magnolias ... Y bajamos á tierra con esta impresión de alegría y bienestar, después de una pesada travesía. Todo parece arreglado para seducirnos, hasta este privilegio de puerto franco, que nos ahorra el enervamiento del equipaje trastornado por la inquisición aduanera. Estoy á punto de encontrar que Panamá, ciudad y clima, es adorable: un verdadero «paraíso terrenal», como lo llamaban los Wyse, Turr, Lesseps, Zavala: todos los del reclamo gigantesco que cruzaron el istmo á vuelo de buitre ...