Reconocemos al pasar la histórica ruina de Túmbez, en su arenal, que amojona la frontera peruana por el norte, y ya estamos en la bahía de Guayaquil, remontando el amplio estuario. En esta hora matutina, la costa baja parece encantadora, con su isla y aldea de Puná, abigarrada de blanco y rojo, que se destaca netamente del verde intenso.—La primavera, la aurora, la infancia: todo ello se muestra hechicero bajo los trópicos: más tarde, muy pronto, la gracia se evapora con el fresco cendal de la mañana, los rasgos se espesan ó se entumecen bajo el clima disolvente y el sol abrasador.

Las riberas del caudaloso Guayas se aproximan lentamente; piraguas afiladas, canoas y jangadas cubiertas huyen delante de nosotros, traqueadas por el violento oleaje de nuestra singladura. Hacia el nordeste, adonde vamos, lindas colinas arboladas se desprenden del claro cielo, desenrollando hasta la ría sus tupidos vellones de follaje. En torno de las cabañas brotadas entre los acuáticos paletuvios, algunas vacas rojizas, potros airosos, dispáranse por la fresca pradera, húmeda todavía del rocío nocturno que el sol naciente absorbe en una hora. Garzas y cigüeñas blancas hunden en el légamo sus zancos rígidos; loros y cotorras salpican su color vivo en el paisaje; azuladas tórtolas revolotean en las esbeltas palmeras, se posan en las gruesas raíces adventicias de los mangles, que, bañándose en el agua inmóvil, remedan una imagen reflejada de su ramaje. Oigo cantar los gallos en los vecinos cortijos; y esta alegre diana que hace un año no escuchaba, transporta mi pensamiento muy lejos, á otras llegadas matinales entre la algazara y la risa de los niños bajados del tren medio dormidos: las temporadas de la estancia, los galopes á caballo por aquellos bosques balsámicos y amigos, cuyas sanas emanaciones, en vez de esta pérfida sombra tropical y su envenenada espesura, traían efluvios tonificantes, devolvíanme con la reposada existencia independiente la fuerza y la salud ...

La alta barrera de los Andes ha prolongado la breve aurora ecuatorial; pero, al punto de emerger el disco del sol sobre la cordillera, derrámase el incendio sobre el paisaje bruscamente iluminado; parece que el lejano Chimborazo estuviese en erupción de llamas y rayos ofuscadores; á poco se agita y hierve el río Guayas, haciendo espejear su epidermis resplandeciente, chapeada de escamas metálicas. En breve espacio, casi sin transición, hemos saltado del alba al mediodía, del clima templado al tórrido, del dulce floreal al ardiente termidor. Á medida que penetramos en el puerto fluvial, Guayaquil desarrolla su hilera pintoresca en la margen derecha. Por entre la caldeada atmósfera, cuyo espejismo hace vibrar las barcas en el río y las casillas de madera en sus orillas, cual si estuvieran en vías de derretirse, las manchas verdes de las palmas y los inmensos penachos de los plátanos distantes envían la ilusión de la frescura y de la sombra. Las casas sobre pilotes, con sus altos en desplome, se alinean interminablemente, confundiéndose con las balsas cubiertas que obstruyen el puerto, y remedan una pequeña Venecia tropical—sin historia ni monumentos.

Bajamos á tierra al medio día,—«en esta tierra, diría Tennyson, en que es siempre medio día»[4];—recorro el malecón y la calle del Comercio, en busca de la Casa de Correos. Encuentro una tienda obscura y estrecha, amueblada con un mostrador; un mocito con cara de terciana me vende una estampilla, y se retira tras de una mampara donde adivino un catre tentador. Al notar que la estampilla no está engomada, esbozo al paño un reclamo tímido. Sale una voz de la trastienda: «¡Ahí tiene el tarro de goma!». Efectivamente, está un enorme tarro de cola sobre el mostrador con un pincel descomunal. ¿En qué estaba pensando? Procuro realizar la operación,—sin éxito, probablemente, pues del centenar de cartas que durante esta media vuelta al mundo he de escribir, la de Guayaquil, con tarro y todo, será la única que no llegue á su destino. ¿Será cierto que el servicio de correos es correlativo del estado de civilización?

Echo á vagar por la ciudad. Casi todas las construcciones son de madera, desde las iglesias recargadas de florones y pinturas hasta las aceras de tablones escuadrados. Á la sombra de los portales en arcada, adorno y refugio del malecón y calles adyacentes, el hormigueo de los negros y mestizos, los puestos chinos con sus empalagosas emanaciones, las carnicerías criollas, las pirámides de piñas y bananas, las cocinas al aire libre, las tiendas con sus muestras vistosas tendidas en los largueros: todo eso y lo demás, ya muy visto y conocido, rehace para mí el cuadro sabido de memoria de todos los puertos tropicales. Ningún movimiento, ninguna vida aparente en las habitaciones de los pisos altos; ventanas y balcones tienen bajadas las celosías, como párpados cerrados.

Fuera de estas calles próximas al puerto, donde se mueven las exportaciones de caucho y cacao que convergen á Guayaquil, un vasto y pesado silencio amortaja el emporio ecuatoriano: el reino de la siesta. Entro en el principal bazar de la calle del Comercio: está vacío. Me enseñan «curiosidades»: esculturas á cuchillo postizamente bárbaras, adornos y chucherías de marfil vegetal, mamarrachos al óleo que remedan el arte quiteño—indios mascando el chonta-ruru, etc.,—y que, desde los quince pasos, huelen á baja factura italiana; y luego: pieles de fieras, cocodrilos embalsamados, sombreros de jipijapa,—todo el desembalaje cursi para turistas en demanda de color local ...

Me meto en un tramway vacío, tirado por dos mulas éticas que andan paso ante paso, respetando el descanso de su cochero y mayoral. Las afueras de la ciudad se muestran ya invadidas por la vegetación tupida, espléndida, inquietante, que exubera y chorrea savia nutricia. En la bóveda rebajada del cielo gris, la espesa colgadura de nubes se desprende á trechos, como cortina mal fijada, mostrando parches de lapislázuli. Se respira un tufo de sudadero romano, un denso vapor caliente, saturado de miasmas y fragancias vegetales que se arrastran por el suelo, entre los charcos de la lluvia de ayer y la atmósfera cargada y ya húmeda de un chaparrón cercano. Ya se desploma, circunscrito y local, en tanto que, acá y allá en torno nuestro, sigue el sol derramando sus cascadas de fuego. Sin un rumor, sin un hálito de brisa, las gruesas gotas tibias se aplastan en el camino, quedan en glóbulos de cristal sobre las anchas plumas verdes de los bananos. Junto á sus ranchos ó bohíos de bambú techados de palma, algunas mujeres y muchachos, sin inquietarse por el aguacero que gotea en su hamaca suspensa de una enramada, dejan correr la lluvia en su cutis de bronce. «Si va á pasar ... ¡Quién se toma el trabajo!...» ¡Sabia economía criolla del esfuerzo, religiosamente observada en Sud-América!

Volvemos á los barrios centrales; me bajo del tranvía para andar más á prisa. Visito la catedral de «estilo» jesuítico-español, cuyo frente cuajado de molduras y rosetones encubre un interior suntuosamente lúgubre; el colegio monumental y despoblado; el palacio episcopal, advenedizo y cualquiera. En la plaza de San Francisco, una estatua del presidente Rocafuerte—¿por Aimé Millet?—parece montar la guardia delante del convento. Esta capilla es parecida á sus congéneres de Santiago ó Lima, sencilla é interesante en proporción de su relativa desnudez. En la penumbra de la nave rectangular, tres ó cuatro mestizas arrodilladas forman un grupo confuso tras de una joven que reza, con la cabeza envuelta en su mantilla. La veo salir, bajo la plena luz del atrio, y quedo estupefacto ante su esplendor, que contrasta maravillosamente con todas las caras pálidas y marchitas que hasta ahora he visto en esta tierra envenenada. Rubia, fresca, de esbelta robustez, esta legítima flor ecuatoriana tiene el pelo de oro y los ojos azules de una wili, con la carnación divinamente transparente de la Santa Catalina del Correggio. ¡Extraño misterio, que en todos los pasajeros del Imperial producirá el mismo asombro! pues será nuestra compañera de viaje hasta Panamá, con su marido, rico comerciante francés que vuelve á la patria ¡extenuado por este clima fatal! Ella evoca el recuerdo de esas espléndidas orquídeas de las selvas natales, cuya mágica florescencia extrae frescura y brillo de una atmósfera de fuego. Con su pobre marido carenado por una estación en Vichy, la volveré á ver en París, indiferente y pasiva en los Campos Elíseos lo mismo que en el atrio de San Francisco, irradiando su belleza inalterable y fría como una gema,—á manera de esos témpanos cristalizados que su Cotopaxi arroja á la distancia, y son trozos de hielo salidos del cráter en ignición.

Al cruzar la plaza, leo en una pared blanca, con letras enormes como de muestra comercial, el nombre de un diario guayaquileño, y recuerdo que traigo una carta de Lima para su director. Falta una hora para levar anclas: aprovechémosla, puesto que viajo para instruirme.

En un cuarto bajo y blanqueado con cal, delante de la clásica mesa de redacción, más revuelta que un cuévano de trapero, me recibe un joven esbelto y pálido, de modales corteses y aspecto simpático; parece convaleciente, como casi todos los indígenas. Al ver mi carta, que viene de un antiguo dictador—ó poco menos,—el periodista me considera afiliado á su liberalotismo de oposición y me encuentro lanzado en plena corriente de política ecuatoriana, en las polémicas de campanario y las batallas liliputienses del papel—misterios todos que conozco al igual que los combates de los trogloditas. Felizmente, mi amigo flamante—«¡Cuente usted con un amigo!»—es otro pequeño Cotopaxi oratorio: escucho el desfile previsto de la vida y milagros del déspota del día—idénticos á los del déspota de ayer, y aun de antes de ayer. El gobierno actual es, por supuesto, una tiranía apenas disfrazada, y el clericalismo más subido impera en la capital. Guayaquil es la única ventana abierta sobre el mundo civilizado: aquí la mayoría es independiente, liberal, radical. Está en elaboración la próxima revolución, inevitable, triunfante, destinada á realizar todos los ideales, todos los progresos,—probablemente en nombre de Alfaro ó de Veintemilla, de quien creo que es pariente mi emancipador.—Poniéndonos en lo peor, la ventana sirve también para decampar ... Por lo demás—seamos justos—el tiranuelo actual, hombre de letras, no gasta medios violentos; deja á los periodistas libres, en Guayaquil; ni siquiera suprime los periódicos: se contenta con cortarles los pies, como hacían los déspotas orientales con sus cautivos, permitiéndoles arrastrarse por el suelo, en torno de su mesa. De acuerdo con el obispado—¡foco del obscurantismo!—el gobierno se limita á confiscar sin ruido todos los ejemplares de los diarios opositores que se envían por correo. Como el «avaro Aqueronte», el buzón no devuelve su presa. (¿Allí quedaría mi carta de marras?)—Pero todo está á punto de concluir, de reformarse: la próxima constitución—anexa á todo vuelco gubernativo—será perfecta y definitiva. Etc., etc ...