V
DE LIMA Á COLÓN
GUAYAQUIL.—PANAMÁ
Después de una quincena de gratísima estancia,—velada acaso por la impresión de conjunto que me ha sido penoso formular,—tengo que arrancarme de Lima, la muy noble y hechicera, que desprende el encanto melancólico de la grandeza venida á menos. Presiento que tan sólo ahora comienza para mí el verdadero y rudo viajar, es decir, el extrañamiento, la soledad moral sin el paréntesis de las arribadas á casas amigas: lo que en estrategia se llama «la pérdida del contacto». ¡Oh! ¡qué dura ha de ser esa larga abstinencia de charla familiar, el eterno soliloquio del espíritu replegado sobre sí mismo! Nunca más cierto que en la peregrinación el Væ soli! de la Biblia: ¡Ay del solo! que cuando cayere, no tendrá quien le levante ...
Hasta Lima había llegado, adelgazándose más y más al estirarse, el hilo invisible que me ata á Buenos Aires: no sólo encontraba donde quiera, en Chile y el Perú, una propagación de afectos ó relaciones fáciles, sino que comprobaba personalmente la irradiación directa de la tierra adoptiva. El hilo está roto. ¿Qué individualidad puedo yo esperar, allí donde la Argentina parece mucho más desconocida y distante que en París ó Londres? Tengo de ello una percepción inmediata, desde que piso la cubierta del vapor Imperial, que me lleva á Panamá. Once more upon the waters! Pero esta vez, Childe Harold encanecido y sin lirismo, me siento desorientado, aislado de veras, separado de mis cien compañeros de cautiverio, menos aún por la falta de trato anterior que por la ausencia de posible afinidad futura.
Desde que dejo de agitar el pañuelo hacia el grupo cariñoso que se queda en el Callao, la brusca invasión del aislamiento cae en mi alma como un gran silencio repentino; y en un ensayo de reacción infantil, me pongo á leer dos ó tres pobres cartitas de «recomendación» para Guayaquil y demás tierras calientes. Luego, semejante al medroso que canta en las tinieblas, me doy á pensar que, en adelante, mi mejor y fiel amigo hasta Méjico y California, mi interlocutor más sufrido en esa vasta terra incognita, donde me tornaré al pronto tartamudo y sordo á medias, será este cuaderno de papel blanco que he comenzado á ennegrecer.
¡Triste paliativo para quien el escribir es tan tedioso! ¿Será posible que exista un sér inteligente y delicado que, con toda buena fe y espontaneidad, se entregue á este fastidioso enhebrar de frases impotentes, desdeñando el noble deleite de imaginar á solas, sin lanzar á la plaza pública sus confidencias? Ello parece tan inverosímil como atribuir gustos de artista al ente subalterno que persigue mariposas en la pradera, con el único afán de fijarlas, muertas y descoloridas, en una caja de cartón ... Otra ha de ser la razón de los «apuntes de viaje». Creo hallarla en el fondo de perversidad humana que descubre especial fruición en el anhelo de lo vedado, ó, más generalmente, en la inobservancia del deber ...
Ejemplo al caso; este deplorable oficio de «corresponsal» y futuro autor de «impresiones», que tan de ligero me he impuesto, no tiene sino una faz agradable: el no cumplirlo. Entonces se vuelve encantador. El más insípido vagar cobra sabor de fruta prohibida. Decid al soldado en campaña que su fatigosa requisición de víveres es libre merodeo, ¡y le veréis volar á la corvée! ¿Quién osaría comparar las delicias de una «rabona» á la tibia satisfacción de un asueto legítimo? He descubierto, pues, este remedio—que me permito recomendaros—contra el pesado aburrimiento de las horas de viaje: el tener siempre por delante un programa de trabajo que no se ejecutará jamás. Así, al perder en cualquier chata partida, ó en la sola ociosidad, el tiempo que se debiera «consagrar» á la escritura, se experimenta una sensación de triunfo: «¡Otra que te raspé!» Este condimento del pecado es lo que llaman los moralistas el «remordimiento». Reflexionad: en la vida no hay más cosas buenas que las prohibidas,—las contrarias á la convención social, á las reglas de la prudencia, á la salud. La obligación—la misma palabra lo dice—es todo lo que liga al hombre, coartando su independencia y soberbia altivez. La santa Bohemia, ignorada de los burgueses y filisteos, sería en verdad la tierra de promisión, si éstos no fueran los más fuertes y no nos impusieran su ley.
Confieso, por otra parte, que esta filosofía de turista no sería inatacable, considerada «bajo el prisma» de la pedagogía ortodoxa. Pero ¡en viaje! Como el Maître Jacques de Molière, que cada uno de nosotros lleva consigo, trocaré mañana la sonrisa del escéptico por el gesto convencido del educador, de «uno de nuestros más autorizados educacionistas»! Aunque, en el fondo, no sabemos mucho más respecto de la virtud de nuestra pedagogía, que los médicos acerca de su terapéutica. Andamos á tientas: obscuré cernimus. Apenas si comenzamos á sospechar que los preceptos del catecismo y los sermones carecen de eficacia; y que la real educación del sér joven no modifica perceptiblemente el elemento innato de la raza y el atavismo, sino por la acción prolongada del medio, el choque diario de la experiencia, la presión brutal de la necesidad que elabora las ideas útiles y crea los poderosos hábitos ... Pero, queden para mañana los negocios serios!...
Guayaquil.