Después de la bastardía étnica, debida á la antigua mezcla indígena y africana, el Perú está sufriendo ahora la del contacto asiático; y ello, en un grado de intensidad que no admite comparación con el de otras regiones invadidas. La colonia china de San Francisco, acaso más numerosa y rica que la de Lima, no es ni será nunca un elemento asimilado, ó sea un peligro nacional. La China town es el Ghetto de estos modernos judíos, que han sido tolerados como instrumentos de cierto tráfico ó del trabajo vil. Á mas de que su residencia en California se hace cada vez más precaria, no creo que haya ejemplo de una unión contraída ni de un real compañerismo entre «celestes» y terrestres. Permanecen allí como ilotas ó parias, aislados y rencorosos.—En el Perú, los he visto risueños, contentos, cariñosos como buenos perros domésticos. En las faenas del campo y de la ciudad, se mezclan y confunden casi con los «cholos» de cualquier matiz, hasta que logran desalojarles sin ruido de los oficios provechosos. Insensiblemente, van invadiendo como una lepra los departamentos del litoral y hasta del interior. No inspiran repugnancia á las criollas, ni ellos la tienen en absoluto por las costumbres indígenas. Después de algunos años se cortan la trenza,—la inmunda cola de lagarto que trae reminiscencias de soga y látigo,—se hacen kiu ó renegados, sin tornarse abominables para los recién llegados. Muchos son católicos, visten á la chola, se casan con mestizas y procrean abundantemente una nueva variedad de peruanos que me han parecido—¡cosa terrible!—más agraciados é inteligentes que los nativos de su condición. Son buenos padres, excelentes maridos, laboriosos, económicos—y sus mujeres viven felices. Ante esta adaptación perfecta, me siento inclinado á creer que han dado con hermanos de raza, y me aproximo á la teoría etnográfica que atribuye á una emigración asiática el poblamiento de esta vertiente del continente americano. Así se explicaría lo de ahora y lo de antes, y lo de más allá. En todo caso, esta fácil amalgamación es profunda y tristemente significativa. Para que pueda realizarse y ser fecunda esta nueva hibridación asiática, es necesario que las anteriores hayan rebajado la raza indígena casi á su nivel. Ahora bien, fuera de su destreza simiesca que sólo justificaría su colaboración provisional en los países nuevos, el elemento chino representa la parálisis evolutiva, la muerte de todo progreso, el opio difundido en el organismo nacional.—Y ante todo, es un tipo deforme y feo, no relativa sino absolutamente ¡la efigie divina se ha borrado de su máscara bestial!
He visitado dos veces el barrio chino de Lima; y acaso, después de conocer su colonia de San Francisco con sus teatros y bazares, vuelva sobre este tema curioso y pintoresco. Aquí sus tiendas especiales y puestos de comestibles ocupan un barrio entero, al rededor del mercado, de donde casi han desterrado á los indígenas. Se les ve agitarse y voltear sin ruido, en sus mesas de legumbres, carne, frutas,—ágiles é infatigables como mujeres que no supieran chillar y alborotar.
Sentados en sus tabernas, delante de sus tazones hondos, manejando con movimientos de ardilla sus palillos, como quien hace punto de media, engullen rápidamente, envueltas en azafrán, comidas conocidas—cordero, pollo, arroz—que me parecen nuevas, cosas limpias que me parecen inmundas. Con sus muecas involuntarias en la palidez de cera vieja de sus mascarones achatados y lisos, con sus divertidos ojillos porcinos de «hombre que ríe» y sus dedillos flacos y exangües de monos enfermos, parécenme caricaturales y grotescos, y hallo no sé qué de repugnante y obscenamente senil en su parodia eterna de nuestra humanidad. Por los callejones estrechos de sus refugios, en las guaridas obscuras donde se apiñan en anaqueles de tabla, un olor acre de opio y miasma os toma la garganta, y es necesario fumar todo el tiempo para precaverse de la náusea. Hay cuartos de juego donde mueven como prestidigitadores naipes grasientos y dóminos enormes, apuntando con puñados de judías; talleres liliputienses de remendones, sastres, costureros y planchadores de ropa,—rincones más inmundos aún. Las cocinas apestan; las tostaduras de maní levantan el estómago. Existe una gran piscina sombría para el baño común; y no sé por qué este último detalle es más nauseabundo que los demás: me figuro esos cuerpos obesos y pelados de batracios chapoteando en el agua turbia ... Y en los pasadizos resbalosos y húmedos, cuyo vapor semeja tufo visible, es un hormigueo de cosas y seres melosos, pegajosos, horriblemente olorosos, que me traen el recuerdo de esos montones de cucarachas tucumanas que hierven atascadas en un tarro de arrope ... Por fin, hay los dormitorios de opio—y esto es lúgubre. Sobre catres de tabla, la cabeza contra la pared descansando en una tijera de palo, bajo el papel rosado con sus tres signos negros que encierran una fórmula propiciatoria—de dos en dos, en una promiscuidad que hace más repelente sus formas hermafroditas: están fumando sus largas pipas de madera encima de la lamparita llena de aceite de maní, que clava una estrella rojiza en las tinieblas ambientes. Según el estadio de la embriaguez, varían las actitudes, más ó menos embrutecidas. El que comienza, sentado, aspira febrilmente el veneno por el tubo recto y activa la combustión de la resina negra; el humo acre se escapa en espiral blanquecina; otro, ya vencido á medias, despide bocanadas intermitentes, los ojos extraviados, una vaga sonrisa idiota en los labios blancos, la mano vacilante; por fin, hay los que han caído intoxicados, inertes, con la faz exangüe y cadavérica, los ojos vidriosos de la muerte, levantadas las costillas por un vago jadeo de éxtasis que parece una agonía. Un silencio de sepulcro:—y contemplo horrorizado ese columbario de bultos humanos, sintiendo mi alma agobiada bajo un terror desconocido—con el estremecimiento de la duda y del misterio. ¿Quién sabe si no hay cierta grandeza oculta en ese voluntario embrutecimiento, cierto melancólico desdén de la vida en esa obstinada prosecución del aniquilamiento? ¿Qué largo sufrimiento de la raza envejecida habrá transmitido á las generaciones la desesperación hereditaria é incurable, hasta el grado de sustituir al natural afán de la existencia el tétrico deseo del no ser?—Acaso, por sobre las repugnancias de la forma y las sordideces del medio material, no sea este desprecio de la realidad humana, esta sed inextinguible del ensueño, más que un inmundo remedo del gran desprendimiento terrenal en que se aletargó nuestra Edad Media: ¡Beati mortui quia quiescunt!...
Como carácter peculiar del grupo social peruano, he mencionado ese rasgo curioso y significativo de la superioridad innegable de la mujer. Este hecho se manifiesta, al contrario del anterior, en la capa aristocrática del pueblo limeño. Todos los viajeros han celebrado la belleza y la gracia de estas hijas del trópico; el brillo diamantino de sus ojos negros; la frescura claustral ó la mórbida palidez de estas flores delicadas, criadas en la sombra aunque nacidas al sol, y que prefieren al aire libre la media luz crepuscular de la iglesia y del salón. En su negro tocado tradicional, que tiene el atractivo supremo del adivinado misterio y del contorno entrevisto, pasan esbeltas y ligeras, batiendo el mármol de los atrios con su trotecito de pájaro, ó huyendo, al caer de la noche, por la acera callada, con un roce y vago aleteo de aparición.... No se ha celebrado bastante su fina elegancia intelectual, la maravillosa fluidez de su dicción cantante, su perpétua adivinación de lo que no pueden saber, la encantadora pedantería de su discreteo de «preciosas» nunca ridículas. Basta una sola de estas hechiceras para animar una tertulia de diez hombres, como basta un ruiseñor para un jardín. Hasta creo que ellas mismas lo prefieren así: devuelven el chiste, el epígrama, con una presteza y una soltura admirables. La palabra se escapa, como el volante de una raqueta, describe en el aire una curva graciosa y cae en el blanco sin vacilar. Se expresan con una corrección, una propiedad pasmosas; se deslizan por entre las asperezas de la «analogía», como la bolilla de marfil entre las púas de un billar inglés. Triunfan, decididamente, en la sintaxis; pero sin rigidez ni esfuerzo alguno. Son las hadas de la gramática. Algunas han leído librotes para extraer de esos mamotretos un átomo de miel que Vadius quisiera recoger en sus labios:
Ah! pour l’amour du grec souffrez qu’on vous embrasse!...
Positivamente, son instruídas, letradas—y me ha parecido ver, en la punta de algunos dedos de rosa, una manchita de tinta. Han nacido epistolarias; y en esas cartitas satinadas que van y vienen entre Lima, Santiago y Buenos Aires, no sospecharíais que se agita el equilibrio sudamericano, como paréntesis á una consulta sobre la supresión del flequillo ó la vuelta del traje imperio ... ¡Os digo que son únicas! Y, con todo eso, altivas, enérgicas, conscientes de lo que en los días luctuosos debía hacerse y no se hizo; soberbiamente vengativas por las heridas nunca cicatrizadas de su orgullo patrio y la ruina de su grandeza nacional. Todo esto lo saben los pobres vencidos de ayer: lo confiesan y reconocen con una ingenuidad que reemplaza todas las demostraciones ...
Y después de pasar quince días al lado de estos seres exquisitos y complicados, me embarcaré con el vago pesar de no haber encontrado el talismán que volviera á este país la prosperidad perdida, á sus hijos la energía reparadora y el esfuerzo viril—sin quitar á sus hijas la gracia soberana, en ellas inseparable de la suprema distinción.
Pero algo más buscaré y por muchos días aún, tendida la mirada hacia la costa peruana—algo que ya no encontraré sin duda en el largo viaje de destierro y soledad: la casa amiga, llena de gorjeos infantiles, cuya atmósfera tibia tuvo para mí la dulzura de un hogar; la cordialidad sincera de una mesa argentina, el contacto de cada día, de cada hora, con un espíritu de mi familia; la imanación refrescante del talento juvenil, la hospitalidad practicada como un parentesco—los brazos abiertos de García Mérou.