II

En los vaivenes de la fortuna que constituyen su historia, casi todas las naciones han conocido las humillaciones de la derrota y los destrozos de la invasión. Casi todas también han reaccionado y, después de un desfallecimiento pasajero, han podido recobrar la fuerza y la salud. La pérdida de una provincia es una amputación; pero las naciones se asemejan á esos organismos de vida descentralizada y difusa que reconstruyen á la larga su miembro perdido. Cuando un pueblo languidece para siempre después de tal mutilación, es porque se hallaba de antemano herido en las mismas fuentes de la vida. Creo haber mostrado anteriormente las causas generales de la decadencia peruana. La catástrofe de la guerra chilena ha descubierto el mal latente y precipitado su crisis—pero no lo ha creado. Así como la posesión de Tarapacá no ha producido la prosperidad de Chile, su sola pérdida no podía acarrear la ruina irrevocable del Perú. Desearía muy de veras que esta revelación implacable del mal contribuyese á despertar de su letargo á un pueblo que no se puede conocer sin cobrarle simpatía; y por eso me atrevo á mostrarle á las claras el desarrollo creciente de su decadencia.

Esa decadencia es por todas partes y bajo cualquier aspecto, perceptible, patente,—temo que irremediable. No arranca la gravedad del mal de los territorios perdidos, de Chorrillos y Miraflores arruinados, de la marina y el ejército poco menos que aniquilados—ni siquiera del erario indigente, de las industrias paralizadas y de las fortunas particulares desvanecidas ó apocadas. La causa primera es más profunda. Los accidentes terciarios y ya constitucionales de la infección nacen en lo más hondo del organismo. El tejido celular de una nación, es el mismo pueblo; pues bien, este tejido esencial es el que está envejecido y enfermo en el Perú. ¿Dónde encontrar, entonces, el punto de apoyo para una reacción salvadora y radical, capaz de devolver al organismo postrado la elasticidad y el vigor de la juventud?

Los síntomas superficiales son meras indicaciones concurrentes para guiar al observador; todos ellos conducen y convergen á esta pregunta capital: ¿por qué? Después de doce años, la respuesta unánime de los peruanos es siempre la misma: la guerra chilena. ¡Oh! sin duda, la invasión ha revestido un carácter despiadado y feroz, tanto que en algunos casos rayó en ridícula, con ser tan rencorosa y mezquina. Lo he dicho ya y lo repetiré á su tiempo: el término de la campaña no ha honrado al vencedor. Pero con todo, después del saqueo y de la mutilación, el Perú disminuído ha quedado más rico, acaso más poblado que Chile después de sus provechosas anexiones. Examinad de paso ese marasmo persistente de una nación entera, en sus manifestaciones más palpables y elocuentes, y decid, con la imparcialidad del testigo antes simpático que adverso, si la respuesta del pueblo peruano es atendible y si puede señalarse la invasión chilena como la causa de la ruina general.

El aspecto todo de la vida limeña revela la pobreza ó la estrechez. El único medio circulante es esa gruesa moneda de plata, cuyo martilleo retumba en el mostrador de cada tienda ó almacén, como hace veinte años en Tucumán ó Salta. Las principales casas importadoras se sostienen escasamente; en cambio prosperan los «empeños», y es el primero de todos una «joyería» dirigida por un judío alemán, gran comprador de muebles y alhajas, vestigios de la pasada prosperidad. Las liquidaciones caseras, día á día, son incesantes: por todas partes os ofrecen cofres labrados, huacos, cuadros, aderezos, vestidos. Para una capital de 130.000 habitantes, hay dos ó tres fondas de tercer orden, amuebladas y servidas á la criolla. El único tranvía urbano lucha por la vida. En una estadística reciente, veo que el número anual de telegramas transmitidos por todas las oficinas de Lima—incluyendo la de Palacio—es de 8163, que ha producido poco más de 5000 soles. No hay teatros. He ido á la Plaza de Toros—inmensa, pintoresca, con sus capeadores criollos á caballo:—habría mil personas en los «tendidos» más baratos, entrando en cuenta un batallón de línea con bayoneta calada. Los portales y recobas de la Plaza Mayor hormiguean de día con un ejército de «cesantes», vulgo ociosos, como en la Puerta del Sol—pero sudando la pobreza, con levitas negras que espejean como charol, sombreros atornasolados y fisonomías de escribanos y alguaciles. De noche suelen tocar en dicha plaza dos ó tres bandas de música, juntas ó alternando: la «sociedad» no concurre, y el bajo pueblo, humilde y dócil, se sienta en la inmensa gradería de la catedral, que llena la mitad de la cuadra. (¿Cómo no recordar los bancos de mármol que allí faltan y adornan innoblemente la plaza de Santiago?) La Exposición, con sus jardines y sus salas de artes y antigüedades, es un paseo espléndido pero desierto. Allí he admirado huacos de trabajo finísimo, jarrones y ánforas dignos de la civilización asiria ó etrusca; las telas de Merino y de Montero sorprenden al que conoce las producciones pictóricas de Chile y la Argentina. (El cuadro famoso de los Funerales de Atahualpa carece de vida en su conjunto: la actitud teatral y congelada de los personajes recuerda una caída de telón de ópera, un final de tercer acto después del tutti infalible; los detalles son excelentes como carácter y dibujo; Pizarro algo convencional, pero el Inca es admirable de verdad; algunos monjes asumen una realidad sorprendente, y el colorido es rico y armónico.) Los parques y macizos de flores, llenos de plantas tropicales, están abandonados. He ido dos veces; no había diez personas, incluyendo á nuestra comitiva de cinco ó seis. La magnífica catedral está cerrada: el techo se viene abajo y faltan los fondos necesarios á su reparación. La vida social es casi nula; las famílias no salen sino á misa; los hombres hacen visitas los domingos, después de almorzar, como mujeres. Salvo excepciones, una visita nocturna, de improviso, sería casi una impertinencia: las señoras elegantes tendrían que arreglarse á escape, encender las lámparas: un zafarrancho general. Algunos amueblados son lujosos, todavía; pero las casas más ricas permanecen cerradas; las gentes de fortuna están viajando por Europa ó los Estados Unidos: en el grupo patricio hay un furor enfermizo de expatriación.

¿De qué proviene esta decadencia general? De la guerra, se os contesta. Pero la guerra no ha quitado definitivamente al Perú sino las salitreras de Tarapacá, que no representaban, lo mismo que ahora, sino la plétora perniciosa y malsana para el fisco nacional: es decir, los medios de fomentar la corrupción política en sus peores formas. Con ó sin estancos salitreros, hubiérase producido el empobrecimiento de las minas mal explotadas, el envilecimiento de los productos agrícolas confiados á la elaboración indígena ó china, á la dirección mercenaria. ¿Cómo admitir que el país entero se confundiese con la administración, no siendo rico sino por la riqueza fiscal y quedando pobre con la pobreza de aquélla?

La importación total durante el año de 1891 ha sido de 15 millones de soles, y la exportación de 12 millones: la diferencia se salda con liquidaciones, ventas, hipotecas usurarias. El presupuesto de la administración alcanza á 7 millones de soles, merced á un sistema de impuestos agobiador para las escasas fuerzas del país: supera la mitad de la exportación nacional. Hace poco menos de veinte años que, por vía de empréstitos, acciones y empeños, los gobiernos sucesivos han enajenado las fuentes de recursos más valiosas del Perú. Los mismos pastores han abierto la puerta del redil á los lobos de afuera. Algunos gobernantes han recogido, en esas pobres cajas semi vacías, fortunas escandalosas. En la actualidad, la suerte del Perú está fluctuando entre el ex-dictador Piérola, que entregó á Lima y enriqueció á Dreyfus, y el general Cáceres que perdió la última batalla y cedió á Grace los ferrocarriles y las minas del Cerro de Pasco. Este candidato es impopular en Lima y tiene en contra suya al Congreso; pero será elegido porque no existen en el Perú ni partidos organizados, ni elecciones, ni convenciones, ni cosa alguna que se parezca á vida política: nada que no sea la vegetabilidad inconsciente é inerte de las grandes postraciones.

Si después de daros cuenta de lo que es la actividad externa y social, queréis penetrar en la intelectual os encontráis con la estagnación ó el retroceso. La prensa está desarmada, más que por la mordaza administrativa, por su propia insignificancia ó pusilanimidad. Hay hasta dos diarios que no carecen de cultura y buena intención: lo que se busca vanamente en sus columnas castizas, es el acento convencido, la protesta dolorosa é indignada del patriotismo. Por lo demás, pocos los leen y nadie los escucha. Actualmente tiene descolgada la popularidad uno de esos pasquines virulentos y groseros que, para nosotros, parecerían contemporáneos del padre Castañeda. Ha hecho brotar una familia de «satíricos», cuya necedad sólo está superada por su pedantería. La cuarteta es la forma habitual de la discusión, siendo su fondo el retruécano sobre el apellido, la alusiones indecentes á los actos privados, á la mujer, á la familia del que se ataca hoy—y es el mismo á quien se abrazaba ayer y se adulará mañana. En todas partes los versos pululan, de toda laya y complexión. Hombres más que maduros, que han aspirado á estadistas, consumen los seis días de la semana en este oficio de remendón. Habiendo envejecido sin sospechar nada de la evolución moderna se sorprenden cuando, improvisados diplomáticos de sonsonete, pasan por nuestras traviesas ciudades del Plata, dejando un reguero de ridículo.

El pensamiento anémico de un pueblo entero acaba de extenuarse bajo ese régimen de verdadero parasitismo pedicular. Ahora bien, como remedio á los males presentes y á las catástrofes futuras; como Sursum corda generoso y varonil, enfrente de este descenso gradual de los espíritus y las conciencias, los «pensadores» no preconizan el trabajo material, la iniciación civilizadora, el deletreo paciente de la ciencia y la filosofía modernas; sino la redondilla y la décima, en español castizo.—Cuéntase que los bizantinos seguían discutiendo una regla gramatical, en tanto que los turcos batían sus murallas; pero no dice la historia que continuarán su tarea de eunucos después del saqueo y la rendición ... En Lima se siente ahora como una recrudescencia de la palabrería pedantesca y vacía. Funciona solemnemente una «Academia de la lengua», sucursal de la que elabora en Madrid tan exquisito diccionario. Para procrear una obra inspirada, para dar al fin con la originalidad y la vida, estos «excelentísimos» se cuelgan del pescuezo un abalorio y, puestos en cuclillas, formando rueda, teniendo cada cual en la mano su diploma de la academia matriz ¡se calientan al reflejo de una luna menguante! El achaque es epidémico y crónico. El mismo gobierno—el ministro del ramo es académico—que no pudo mandar á Chicago una sola muestra de las riquezas históricas y naturales del Perú, ha costeado en Madrid, durante el concilio de la «Lengua», á su correspondiente y distinguido defensor. Los resultados no pueden ser más tangibles; el representante los comunica alborozado: «Después de una descomunal batalla acerca del adjetivo de inca, quedaron fuera de combate, incásico, incano é inqueño, declarándose por quienes lo saben bien, que incáico es el derivado legítimo de los soberanos del Cuzco y el único que, como tal, debe ceñir la Mascaipacha y empuñar el Tupaccurí gramatical. ¡Victoria completa!»—Pobres victorias peruanas! Entretanto, la enseñanza primaria y profesional, las escuelas y colegios retroceden á un estado rudimentario y verdaderamente incáico ...

Todos esos rasgos son exteriores y parciales: podría en cierto modo dudarse de que sean plenamente significativos y sintomáticos de un estado general. Pero hay aquí, en mi sentir, dos estigmas profundos que anuncian ó caracterizan la degeneración orgánica. Es el primero el acceso libre y próspero de una raza inferior que, gradualmente, se infiltra en el elemento nacional, aunque sea el más bajo y débil, para debilitarlo más y rebajarlo aún. El segundo es la marcada superioridad de la mujer sobre su compañero social: manifestación que parece también un signo de atavismo regresivo propio de las razas envejecidas. No necesito decir que si, como materia de observación, ambos rasgos son interesantes y dignos de estudio, distan mucho de ser igualmente atrayentes.