Todo aquí revela á la ciudad noble: fenómeno extraordinario y casi único en América. Mucho más aún que la rica y populosa Méjico, ha sido Lima la verdadera patricia criolla; y es bien evidente que de su emancipación arranca su decadencia. La era moderna, igualadora y constitucional, la ha deformado más que embellecido. Así en lo material como en lo político, se ha mostrado inhábil y torpe para ese «progreso» tangible que Montevideo y Valparaíso se asimilaban maravillosamente. Muy al contrario de Buenos Aires, que renacía en verdad con la Independencia y comenzaba á dilatarse en la tabla rasa de su Pampa, indefinida como su ambición y su destino, barriendo desdeñosamente todo vestigio colonial: Lima ha vivido y permanecido como el injerto más floreciente del tronco indígena. La unión fecunda de Pizarro con la hermana de Atahualpa tiene el significado y la belleza de un símbolo: como el conquistador, Lima toda empalmó su nobleza histórica en la legendaria de los Incas. Hasta después de romper la aurora nueva, continuó soñando con su primacía. En el congreso de Tucumán, todavía, como solución del solemne problema futuro, ella era en realidad quien, inconsciente y mal despierta, balbucía el nombre incásico de no sé qué Huaina más ó menos Capac ... Á semejanza de su gloriosa metrópoli, había de encontrar en su grandeza antigua el primer obstáculo á su transformación; y como ella también, eternamente fluctuante entre sus tradiciones seculares y las exigencias de los tiempos nuevos, había de caminar adelante con la mirada hacia atrás por la pendiente sembrada de precipicios.

Según lo que era de esperarse, estos caracteres profundos brotan exteriormente en la forma y disposición de los edificios privados y públicos; del propio modo que la naturaleza salina de un asiento terrestre asoma por defuera en visible eflorescencia. La estructura material de una ciudad es la cristalización de sus costumbres; y así la arquitectura viene á ser el comentario perpetuo de las evoluciones sociales que constituyen, con sus capas sucesivas, la masa histórica nacional. Que el Perú, mucho más que la Argentina y el mismo Chile, resistió cuanto pudo la intrusión del espíritu moderno, bastarían á demostrarlo—sin acudir á los datos confirmativos de cien documentos escritos—el desarrollo precario ó nulo de las instituciones exóticas que implantaron en Lima el esfuerzo administrativo ó el mero prurito de imitación. Y no me refiero, por cierto, á muchas ciudades importantes del interior, como Cajamarca ó el Cuzco, donde se vive en pleno «indigenado», sino únicamente á la capital que puede, además, considerarse como una gran población litoral.

Es inútil decir que, poseyendo en abundancia oro y plata, guano y nitrato, no podían faltarle los iniciadores del progreso moderno: los Meiggs y Dreyfus, los Grace y sus «compañías» tenían que acudir, numerosos y voraces como los lobos marinos en la bahía del Callao. De ahí, los ferrocarriles en despeñadero, los vapores subvencionados, los sindicatos mineros, fabriles, agrícolas; de ahí también, los empréstitos usurarios y, como consecuencia, los pocos pero muy costosos edificios de utilidad ú ornato que disuenan en la histórica ciudad. Estas muestras de flamante civilización han quedado sin digerirse, como cuerpos extraños en el organismo colonial. Las calles de asfalto y macadam vuelven á su estado primitivo por falta de compostura; la higiene urbana queda como antes confiada en gran parte á los gallinazos ó zopilotes; el peregrino va en tranvía vacío al palacio y magníficos jardines de la «Exposición», donde ha de encontrar á cuatro forasteros. La imponente Penitenciaría, construída por un paisano de Meiggs—naturalmente—sobre el modelo de la de Filadelfia, está administrada á usanza de los antiguos presidios. Hay un admirable monumento al «Dos de Mayo», cuyo grupo inferior—creo que de Carrier-Belleuse—es probablemente la obra escultórica más bella de la América española: lo han relegado á una plaza lejana donde nadie lo ve ...

Es porque todo ello, lo repito—y multiplicaríanse los ejemplos indefinidamente—representa un conjunto de elementos adventicios y pegadizos que el pueblo no pedía antes ni aprovecha después. Lejos de embellecer á Lima, estas nuevas importaciones le quitan algo de su armonía. Hasta la animada cuadra de Mercaderes, con su fila de tiendas pseudo parisienses, sería una disonancia chillona, si sus inevitables «Villes de Paris» no se hallaran incrustadas entre rejas y balcones del buen tiempo. La verdadera Lima, la auténtica y genuína que queremos mirar y admirar, es la de las cincuenta iglesias, conventos y beaterios; la de los viejos caserones esculpidos, con sus rejas voladas y sus labrados balcones de vidrieras y celosías; la de las recobas y portales con su vaivén de tapadas, y sus grupos de cesantes que evocan recuerdos de licenciados famélicos y covachuelistas del virreinato; la de la Plaza de Toros y la Alameda de Acho, donde, al caer de la tarde, los árboles sombríos parecen esperar aún á las parejas enamoradas; la del «Paseo de Aguas» y de la Perricholi, cuyos descendientes vagan alrededor de los escombros señoriales sin sospechar su gloria de opereta; la Lima, por fin, de la historia y la leyenda, de las «tradiciones» que no sean gacetillas, de la poesía que no haya sido diluída en verso asonantado ni en novela por entregas.

Todo la evoca ante la imaginación, todo la vuelve presente y resucita tangible por sugestión omnipotente. Los edificios en otra parte más prosáicos, los que pudiéramos llamar «vulgares por destino»—como se dice de ciertos inmuebles por ficción legal,—se ostentan aquí ennoblecidos de historia ó iluminados de tradición. El actual Palacio de gobierno era la casa de Pizarro: allí fué asesinado el rudo y atroz conquistador, procurando besar antes de morir la cruz pintada con su propia sangre en el pavimento;—y salieron los asesinos de esta casa que tenéis á la espalda, en el portal de Bodegones y Botoneros. La Cámara de diputados es el antiguo claustro universitario de San Marcos, de cuyas aulas pedantescas se volaban anualmente bandadas de bachilleres y licenciados, llevando en el pico, en vez de gajo verdeciente, una astilla de enjuta escolástica. El recinto del Senado, en la plaza de la Inquisición, es la propia sala de consultas del Santo Oficio, que funcionó en Lima mucho tiempo después de no ser en España sino un recuerdo aterrador: el magnífico artesonado de nogal, maravillosamente tallado, fué regalo del Consejo central á su sucursal indiana más meritoria. Otra página sombría—moderna, esta vez—en el mismo vestíbulo: el ex-presidente Pardo—el hombre superior de su generación—entonces presidente del Senado, pasaba delante del piquete que le presentaba las armas; de repente, el sargento le descargó su fusil en la espalda: cayó mortalmente herido, en una losa del patio que se señala siempre ... Muchas iglesias son de gran riqueza y estilo, como las de San Pedro, de San Francisco, de Santo Domingo con sus airosas torres y fachada romano-moriscas y su claustro más opulento aún. Y cada monumento, además de ser bello, enseña en la perspectiva del pasado su noble vetustez, como por entre una larga avenida de recuerdos. La catedral famosa, con sus tres naves inmensas y sus altas bóvedas ojivales, ostenta un tesoro material en su altar mayor, y un tesoro artístico, mucho más raro y valioso, en su vasto coro capitular de innumerables asientos tallados en cedro, con su figura de alto relieve esculpida en cada respaldo monumental.

Después de recorrer su riqueza ostensible y, si tenéis en ello interés, examinar sus relicarios, no abandonéis aún la ornamentada basílica: en una cripta de piedra, debajo del altar mayor, os mostrarán, en su féretro de cristal, el esqueleto momificado de Pizarro, con la puñalada aún visible que le rompió la clavícula derecha. Este espectáculo os deja pensativo: deseáis, queréis estar seguros de su autenticidad—á pesar de no haber sido demostrada oficialmente sino por arqueólogos de Ateneo—y, por un momento, la imaginación reviste de carne esa máscara agestada y chata para devolverle el duro perfil del conquistador. ¡Qué sueño espléndido, rutilante de oro y sangre, fué su destino! Pero ¿quién sabe si lo sintió y midió como nosotros, y si no es nuestra fantasía más bella que la realidad?—Lo que no era ilusión, en todo caso, era el temple de esas almas de acero en sus cuerpos de bronce. Pizarro, después de todo, ha sido aún más valiente que cruel, más ávido de batallas que de suplicios;—y el poeta historiador que él no ha tenido hasta ahora, vacilará tal vez en decidir si la púrpura que envuelve al imperial aventurero es la del verdugo ó la del triunfador ...

Aunque nuestra moderna «economía política» nos permitiera invertir sumas tan cuantiosas y existencias enteras de artistas en tales obras arquitectónicas ¿cómo podrían jamás rivalizar nuestras fábricas advenedizas y flamantes con esos testimonios solemnes de la historia secular? Es conveniente, es necesario desdeñar la nobleza y los pergaminos; y digo que es necesario, porque, á no ser así, habría fuera de Lima y en todo este mundo nuevo, demasiada gente mal entretenida en perseguir un intangible ideal ...

¡La devoción, la codicia, el amor! Ha subsistido durante dos siglos y más, á orillas del Rimac, á tres mil leguas de la madre patria, una pequeña España criolla, semejante á la originaria bajo las tres faces características de su idiosincrasia. Pero era esta una colonia tropical, es decir una reproducción allegadiza, un injerto exuberante que abría sus flores bajo un cielo sin lluvias ni escarchas, y extraía la savia vital, no del mismo suelo nutricio, sino del tronco indígena á que la conquista lo adhirió. Por eso degeneró la fibra primitiva; y faltó á la hija indiana de los reyes el rasgo profundo y persistente del patriotismo vivaz, que completa y explica á la España caballeresca. Más que una Toledo ó una Burgos semicastellana, fué Lima una Granada mitad incásica, como la otra quedara mitad morisca, á pesar de las conversiones y los destierros. Y en sus feudos, más ricos y sumisos que los de Castilla y la misma Andalucía, la trasplantada aristocracia levantó iglesias opulentas, palacios y casas solariegas, derramó pródigamente el oro y la plata de sus minas repletas, resucitó en la tierra de los virreyes la vida de lances y torneos, de procesiones y amores, de corridas de toros y autos de fe que caracterizan á la España de la dinastía austriaca. Fué aquello la fiesta secular del virreinato—con breves intermedios de sublevación indígena que completaban la ilusión de la reconquista morisca. Las generaciones de siervos quedaban tendidas en las selvas y las minas, á guisa de espesa capa del humano mantillo que era necesario para que la Lima aristocrática y voluptuosa pudiera deslumbrar y florecer. Al lado de la nobleza de la sangre, surgía otra nobleza del oro, más fastuosa que la otra: una veta nueva pagaba la flamante ejecutoria. Á pesar de las precauciones y distinciones recelosas, en el misterioso crisol de la raza se mezclaban y fundían elementos heterogéneos: al modo que la ambición de los primeros conquistadores había creado una nobleza mestiza, más tarde los amores de los virreyes y magnates dejaban una aristocracia criolla, y tal cual chola picaresca hacía cepa de marqueses ...

Todo ello á la distancia, iluminado por la leyenda y la fantasía, forma un conjunto deslumbrador: tan fascinante y seductivo que al artista enamorado de lo bello casi le falta valor para hundir su mirada en las miserias y ruinas futuras que se encubrían debajo de aquellos esplendores; tan colorido y real para la imaginación, que el cuadro primitivo persiste aún después de tamaños trastornos y descalabros. Al pasar delante de esas mansiones señoriales de patios inmensos, de balcones calados como encajes, de grandes escaleras esculpidas, se espera vagamente ver salir á la marquesa de Guadalcázar ó á la condesa de Chinchón—la de la cascarilla—en sus largos vestidos de terciopelo henchidos por el guardainfante bajo la basquiña recamada de seda y oro. Al penetrar en el maravilloso palacio de Torre-Tagle, cuya fachada primorosamente labrada con sus dobles balcones, cerrados y tallados como cofres orientales ó cristianos relicarios, sugiere la idea de un santuario que fuera también un harén,—se busca en el poyo de piedra del espacioso portal á los lacayos de librea que os anunciarán á Su Excelencia. Por la mañana, ó más bien al caer de la tarde, en los antiguos barrios silenciosos «de la gente», todo conspira á preservar vuestra ilusión. De las calafateadas ventanas bajas, con su reja volada que permite ver sin ser visto, se escapa un cuchicheo femenino; una forma esbelta, rebozada en la manta negra, sale de un zaguán vecino; no habéis entrevisto sino algunos rizos de azabache sobre una frente de nieve, y el rápido espejeo de una mirada juvenil: basta para que la aparición furtiva traiga reminiscencias de citas amorosas, en esa alameda sombría á orillas del Rimac, ó en el atrio profundo y más discreto aún de una iglesia ... Pero ¿qué mucho? si en cualquier esquina, la realidad palpitante y viva se alza para solidificar vuestra ilusión.—Pasaba cierta noche con un amigo limeño por el Estanque de Aguas que el virrey Amat hizo construir, para que su Perrichola tuviera ese juguete de Semíramis debajo de sus ventanas; mi compañero me enseñaba la casa misma de la favorita, el teatro de esa pasión senil que fué un verdadero hechizamiento. Yo evocaba en el silencio la extraña figura de esa comedianta criolla que la parodia no ha podido vulgarizar y que el agudo buril de Mérimée adivinara mucho mejor que el esfumino de los «tradicionalistas» de oficio. De la esquina misma una sombra se destacó, y mi cicerone, tocándome el codo murmuró: «Es Amat, el bisnieto de la Perrichola ...»

¡Sueño resplandeciente y embriagador! Así vivió, divertida y soñolienta la población coqueta, mientras sus millares de esclavos traían á sus piés las riquezas al parecer inagotables de sus montañas. Pasaban los años; se desmoronaban los vetustos edificios coloniales, y ella creía que bastaba cambiar el escudo de su palacio y reemplazar con un gorro frigio su corona ducal. En tanto que en torno suyo todo se transformaba y renacía; que los duros hijos del trabajo echaban ya, al pasar por su lado, una mirada insolente á la sultana mecida en su hamaca, ella se encogía de hombros y seguía durmiendo al rumor del festín. Con su indiferencia de patricia, había dejado que se mezclasen y cruzasen en sus haciendas y montañas todas las razas inferiores, produciendo variedades más inferiores aún; los negros africanos después de los indígenas, los chinos asiáticos por sobre los zambos, mulatos, mestizos prietos y claros, cuarterones y «sacalaguas» de todo matiz. Y, después de reir y cantar, de deslizar su vida entre fiestas y siestas,—en una hora fatal sintió llamar rudamente á la puerta de su palacio: era el chileno, sobrio y audaz, enérgico y aguerrido, escapado, como ella decía con desprecio, «de ese antiguo presidio del sur»—¡era el chileno que buscaba una presa! Y Lima entonces no encontró para oponerle sino la multitud bastardeada de su imbele servidumbre; y como en los días antiguos de Cajamarca y Túmbez, las tropas peruanas se rindieron al conquistador.