XIV
CHICAGO
II
LA CIVILIZACIÓN DEL OESTE
La primera impresión que Chicago produce, es la de una armonía perfecta entre la ciudad y su exposición;—refiérome, por supuesto, á la faz americana, la única importante y significativa. La criatura ha sido hecha á imagen y semejanza del creador; y por eso, siguiendo la bíblica reminiscencia, el pueblo entero de los Estados Unidos «la ha encontrado buena».
Desde el período preliminar de conflictos gubernativos, sobre la designación del sitio mejor para la feria, Chicago parecía señalado «por decreto nominativo de la Providencia». El delegado Bryan batía en brecha, ante el comité del Senado, las pretensiones rivales de Nueva York, Washington ó Saint-Louis, con el desembarazo irónico del sujeto que asiste á una extracción de lotería, teniendo el número premiado en su bolsillo. El «Demóstenes del Illinois» (sic) prodigaba al Esquines yankee, el honorable Depew, las rechiflas y sarcasmos, las arrobas de salmuera ática, inmolándole finalmente en el packing-house del patriotismo. En su arenga ultrapintoresca, podía ahorrarse las buenas razones, porque tenía los votos, es decir, la suprema razón.—Chicago es actualmente la ciudad más «representativa» de los Estados Unidos. Nueva York, Filadelfia, Boston y otras grandes agrupaciones del este ó del sur, superiores por muchos sentidos, que llamaré «europeos», á la «Reina de las Praderas», pertenecen en cierto modo al pasado; por otra parte, San Francisco y quizá Omaha, la toldería india del Missouri que tiene ya 150.000 habitantes, no puede aspirar sino á la preponderancia del porvenir. Chicago es el presente, el «todopoderoso presente», como dice el Tasso de Goethe. Es el emporio del Oeste, de la región inmensa adonde convergen ahora los esfuerzos del coloso advenedizo y audaz. Dada tan rápida evolución, la relativa antigüedad de la Nueva Inglaterra constituye una especie de nobleza que, para los inmigrantes del Michigan, revela un síntoma de vejez.—Sin duda, el árbol apenas secular sigue creciendo de su base á su copa; pero en la parte inferior, la más compacta y sólida, el lento desarrollo es menos sensible: allá arriba, junto á las frondosas ramas recientes, cargadas de follajes y nidos, es donde estalla el asombroso tumulto de la vida juvenil,—y no parece que el tronco cercano al suelo tuviera más función que soportar la cima exuberante y transmitirle la savia destilada por la raíz. Tan evidente está ello, que un botánico de la flora social hallaría en lo excesivo y anormal del desarrollo el anuncio casi certero de la próxima caducidad; porque es el tiempo un factor de velocidad uniforme que con idéntico paso mide el comienzo, el medio y el término de la vida en un mismo organismo, y no hay infancia breve que corresponda á una larga madurez. Ese filósofo se sonreiría, sobre todo, ante los «cálculos alegres» de los estadísticos locales, poseídos del delirio de las gorduras, y que descuentan el porvenir aplicando candorosamente al desenvolvimiento indefinido de su pueblo, las leyes excepcionales que han favorecido su primera edad.
Pero el Oeste no se preocupa de botánica, ni de ciencia alguna que no encuentre su aplicación inmediata en el business. Vive, trabaja y crece al día: muy poco le interesan las consecuencias de plazo largo. Acomete cualquier empresa con la doble palanca de la ignorancia y de la fe; y como la palanca está manejada por un brazo formidable, el éxito es casi seguro, á despecho de todas las previsiones. Despilfarra sus fuerzas con la insolencia y la inconsciencia de la juventud. Se burla de las elegancias y pretensiones europeas de Nueva York y de la pedantería de Boston, con esas risas de clown que encubren mal la envidia secreta. Pretende seriamente arrebatar á Washington su puesto de capital, sin sospechar que puedan significar algo las tradiciones nacionales y los recuerdos históricos.
Las cualidades más salientes y los defectos más abruptos del pueblo americano se acentúan en el Oeste como al través de un lente convexo. Lo que es el Este respecto de Europa, Chicago lo es respecto de Nueva York. Por eso tenía que ser elegida para teatro de la colosal exhibición. Á pesar de todo, no vuelve de su sorpresa la advenediza metrópoli. La «Feria universal» queda el punto culminante de su breve historia. Á ningún reporter exaltado le ocurriría, antes y después de una fiesta análoga, designar á Londres, París, ni siquiera Amberes ó Filadelfia, con el invariable apellido de «Ciudad de la exposición»: ello se asemeja demasiado al método de los campesinos, que computan sus fastos con referencia á una comilona ó al estreno de su levita. Hace tres años que, para sus periodistas y oradores, Chicago no es sino la World’s Fair City; tengo sobre mi mesa dos gruesos volúmenes con este título. La etiqueta ha quedado adherida á sus ahumadas paredes. De ahí la doble importancia sociológica, así de la agrupación estable como de su apéndice accidental. La ciudad explica la Exposición y está completada por ésta, constituyendo el conjunto un retrato tan fiel y un resumen esquemático tan exacto de los Estados Unidos actuales, que de antemano ellos compendian, si no suplen, el examen directo del resto del país.
Las dos primeras veces que visité el Anthropological Building, quiso la casualidad que me acompañara, ya un americano del norte, ya otro del sur. Dicho se está que en ambos casos el chorro de alabanzas fué tan continuo cuanto universal; con todo, las manifestaciones del primero fueron bastante más moderadas y discretas que las del segundo: ante el lujo de enormidad que caracteriza esta Feria, el entusiasmo del South American no conocía límites. Pero el rasgo que más llamó mi atención fué que uno y otro, apenas entrados, atrancando por sobre las interesantes colecciones etnográficas del salón principal, me condujesen derechamente á la exhibición zoológica del piso alto, y allí, por entre todos los bichos y sabandijas de esa arca de Noé, me plantaran estupefacto delante del mamut restaurado y empellejado por un profesor de Harvard. Justificando y compartiendo el entusiasmo de mis ciceroni, un compacto círculo de curiosos depositaba sus homenajes á los cuatro pies del Elephas primigenius, voluminoso representante de una raza proscripta. Hay que decir, por otra parte, que el digno fósil llevaba con modestia su gloria póstuma.—¡Pobre compadre viejo! Parecía más envarado que nunca en su confección de lance, espolio probable de algún moderno paquidermo en disponibilidad. Todo en él revelaba un esbozo informe de la naturaleza en sus primitivos tanteos. Figuraos la exageración caricatural del elefante contemporáneo, que ya provoca la risa con ese no sé qué de grotescamente infantil, incorporado á su desmedida estatura. En el mamut, el vacilante bosquejo orgánico se presenta desproporcionado hasta la parodia. Su esqueleto remeda el andamio de la forma animal; un tupido vellón negro forma copete sobre su cuero espeso, y una larga melena suplementaria acolcha todavía su viga vertebral; los interminables colmillos se retuercen en volutas de cuatro metros, incómodos é inofensivos; los ojillos porcinos parecen estrechados aún por el peso de la trompa elástica, que se cree ver oscilar á manera de monstruosa sanguijuela; la torpeza desmañada y como tímida de la grupa en declive remata humildemente en un rabo vergonzante; y la masa entera, encogida y recortada en demasía, debía de hamacarse pesadamente sobre sus dos pares de pilares desiguales y macizos, que parecen llevar pantalones de picote, y traen el recuerdo de esos borricos de mojiganga hechos con dos hombres acoplados. Este formidable catafalco tenía cuatro muelas tamañas como un adoquín, que le servían para triturar hojas y yerbas. Más indefenso que un conejo, en razón misma de su enormidad, tenía que sucumbir, desecho gigantesco, en el combate vital de las especies. Murió de resfriado, como un simple uistití, no obstante su sobretodo de pieles, quedando atascado en los pantanos del período glacial.