Sobre no ser raro,—pues las capas de sus huesos fósiles se explotan industrialmente por todo el Norte,—ese coloso bonachón no debiera inspirar gran interés: es un simple elefante negro. El secreto de su popularidad reside en sus proporciones descomunales. «Mammoth» es el símbolo yankee de la magnificencia, de la grandeza, de la belleza natural y artística. De ahí su éxito incomparable ante las caravanas de los mineros del Colorado, rancheros del Nebraska, manufactureros del Este, agricultores del Centro y del Sur, que vienen á palpar la realidad de lo que sólo conocían por figura retórica: es el propio sustantivo, en lugar del adjetivo vago que encuentran día á día en sus gacetas, plantado como un penacho luminoso, al fin de cualquiera descripción delirante de su incomparable país. Montaña ó concierto, caverna ó discurso, edificio ó manifestacion: con decir que es mammoth, está definida la especie y colmado el bushel de la admiración. Mammoth es el Niágara, lo mismo que el Capitolio de Washington; mammoth, el Auditorium y la pieza que en él se representa; mammoth, el matadero de Armour y el mismo Mr. Armour. Fuerza ó riqueza, éxito ó bancarrota, estadística de cerdos beneficiados ó de libros impresos, dimensiones de una obra de arte ó de un discurso: todo se mide con ese mismo tablón de roble; y Bartholdy, el escultor mammoth, es el único artista que los Estados Unidos nos envidien.—Ahora bien: Chicago es por excelencia y definición la verdadera y genuína ciudad mammoth.
No tomaréis, lo espero, esa comparación por una broma prolongada, un chiste de estilo cuaternario. Tan importante y seria me parece la noción, envuelta en la imagen por el mismo pueblo suministrada, que la juzgo suficiente para explicar el carácter genérico de esta civilización, no más excesiva y gigantesca que incompleta y provisional. Esta noción primordial, cimiento y substratum del edificio colectivo, así como de los particulares, de las obras materiales y de las instituciones, lo propio que de las costumbres y de los gustos dominantes, se reduce en el fondo á considerar esta civilización como primitiva.
La calificación tiene aspecto de monstruosa paradoja, tratándose de un país cuyas instituciones políticas y adelantos materiales le colocan, para la inmensa mayoría, á la «vanguardia del progreso»,—para emplear la fórmula sacramental. La evolución de los Estados Unidos se está cumpliendo en condiciones tan anómalas, tan diferentes de las que podemos estudiar por la historia; el monstruoso experimento que, con acopio de los materiales é instrumentos extraídos de su propio seno, ha realizado Europa en esta América, produce resultados tan repentinos y grandiosos, que la misma creadora retrocede estupefacta ante su criatura y no está muy distante de desconocerla, exclamando: ¡prolem sine matre creatam!
Sería excesivo pretender que todo ello sea mera apariencia. Hay algo más que una apariencia en la ley de acomodación al medio y á las condiciones de vida, según la cual se desarrollan ciertos órganos antes atrofiados, y se atrofian otros antes primordiales, para producir las variedades y acaso las especies zoológicas. Pero, en los límites actuales de la observación, no hay circunstancias ambientes ni selección natural ó artificial que haya cambiado un ave en un mamífero; ni se dice tampoco que cualquier acumulación de fuerzas é influencias propicias pueda suprimir las leyes de esa biología histórica, que llamamos ahora sociología: anteponiendo en un siglo—¡en un día!—una colonia á su metrópoli, haciendo dar brincos á la naturaleza uniforme y eterna (natura non facit saltum), y suceder, casi sin transición, la plena madurez de un organismo político á su reciente sección umbilical de la madre patria.
La ilusión de que hemos sido víctimas ha sido sustentada por dos grupos de impresiones distintas. Por una parte, el espectáculo grandioso de un crecimiento sin ejemplo nos hacía olvidar que era también sin precedente la acumulación de tantos elementos de actividad en campo ilimitado y propicio: de suerte que, casi indiferentes ante los factores, reservábamos para el producto inevitable nuestra exclusiva admiración. Por otra parte, el positivismo moderno que, á impulso de la marea democrática, preocúpase más y más del aspecto exterior y material de la civilización y de los terribles problemas sociales que la plétora de población hace surgir, tenía que sufrir la fascinación de este mundo joven, naturalmente más robusto y feliz que el antiguo. Esa ilusión ha dominado el cuadro, así de las observaciones más superficiales como de las investigaciones más concienzudas. Las primeras se detenían en las exterioridades; las segundas se absorbían en los accidentes fragmentarios: unas y otras confundían los órganos accesorios con la esencia, la médula espinal de la civilización. Por eso ha venido repitiéndose casi sin discordancia que los Estados Unidos tenían ya resueltos los problemas políticos y sociales de la humanidad, cuando en realidad están sólo en vísperas de verlos planteados.
Órganos accesorios y meros instrumentos, verdaderos valores fungibles de la civilización, son todas esas aplicaciones industriales que los pueblos modernos se prestan y devuelven en incesante intercambio, gracias á lo instantáneo de la propagación universal. Las naciones contemporáneas son vasos comunicantes: todo lo que es masa líquida y corriente, capaz de transmitirse sin evaporarse, ó desprovisto de forma rígida y sello original, se difunde íntegro por el vasto sistema donde se establece un nivel común; y la cuenca más dilatada acopia el caudal mayor. Pero el cristal sublime de la belleza queda adherido á su fondo; el espíritu divino del genio queda flotante sobre las aguas y no se deja canalizar. Los mismos ferrocarriles y telégrafos surcan la Europa, el Asia y la América, pero la creación artística permanece incrustada donde ha nacido, y en su propio manantial circunscrito es donde hay que beber la inspiración.
«Toda nuestra dignidad está en el pensamiento». La palabra de Pascal es una verdad eterna, después como antes de los inventos de Edison, que es americano, ó de Graham Bell, que era escocés. Y, seguramente, el discurridor sagaz de la carretilla y de la máquina de calcular[27] estaba en situación conveniente para hablar con cierto desdén de cuanto no fuera—en el orden intelectual—arte, ciencia pura ó filosofía.—Ello significa, en términos más breves y más latos, que la civilización es ante todo un estado mental y una superioridad moral. Puede el vulgo detenerse ante las manifestaciones materiales y secundarias; para un hombre que piensa, esta es la cuestión: ¿en qué reside irreductiblemente la diferencia existente entre un mandarín chino y un europeo cultivado? No es en la habilidad manual, ni en el acopio de nociones prácticas, ni en el aparato casi equivalente de la vida material, sino en lo que uno y otro piensan y sienten. La escala ascendente de la barbarie á la civilización está formada por estos pies derechos paralelos: la inteligencia colectiva,—ramificada en la ciencia progresiva, en el arte impulsivo y original, en la concepción cada día más vasta de las leyes del mundo; y la moralidad,—caracterizada por el predominio creciente del altruísmo sobre el egoísmo animal, que va dilatándose de la familia á la patria y á la humanidad, y se levanta desde el bajo nivel de la conveniencia propia, hasta la región del deber absoluto y la esfera, para el vulgo inaccesible, del heroísmo desinteresado y de la abnegación. Por el peldaño que ocupan los pueblos en esa escala de Jacob, y no por el peso y número de sus herramientas, es como deben clasificarse; del propio modo que, en la escala zoológica, la fuerza y la agilidad, la agudeza de los sentidos y la aptitud perfectible de una especie cazadora, pasan antes que la habilidad maquinal é invariable de un castor.
El rango que ocupan estas agrupaciones noveles en punto á moralidad; lo que han venido á ser entre sus manos advenedizas el matrimonio, la familia, la patria, la religión, el concepto del deber y de la solidaridad humana,—y en una esfera más humilde, la buena fe comercial, la confianza práctica, el respeto de la verdad más externa y, por decirlo así, tangible, tendré ocasión de manifestarlo en páginas subsiguientes. Me basta por ahora comprobar que en la marcha intelectual de la civilización, el contrapeso más y más acentuado del Oeste ha coincidido con un descenso proporcionado al incremento material. Hace cincuenta años—antes que Cincinnati ó Chicago existieran como rivales posibles de Boston ó Filadelfia—la tímida incorporación, la iniciación de los Estados Unidos en el movimiento intelectual europeo era una esperanza y una promesa. Tenían oradores que reflejaban el brillo incomparable de la tribuna inglesa; historiadores que trataban asuntos de interés universal, empleando los métodos y el estilo de Macaulay y Thierry; novelistas que alcanzaban la nota personal, siquiera fuese afectada y mórbida; un filósofo que perseguía la originalidad en la imitación y llegaba á ser la luna de Carlyle; poetas de la escuela lakista ó germánica, un tanto exangües y rezagados ... Pero, al cabo, Webster, Calhoun, Prescott, Poe, Emerson, Longfellow eran nombres de notoriedad europea. ¿Cuántos se registran hoy en el libro de oro del pensamiento?
En la ciencia pura acopian, glosan, observan hechos menudos, ó parafrasean las teorías de afuera; en la ciencia aplicada tienen cinco ó seis grandes invenciones utilitarias y un hallazgo genial—el fonógrafo. Admitamos que sobresalgan en los descubrimientos de inmediato resultado industrial, en los que obtienen la sanción del Patent Office. En las artes bellas, son imitadores dóciles, meritorios algunos, desgraciados los más, todos subalternos. La democracia igualadora en el orden intelectual produce la uniforme mediocridad. Sus diarios son innumerables, idénticos por la impresión, el estilo, el fondo, la información y la vulgaridad. En sus palacios educativos, tienen los mejores muebles é instrumentos, los programas más completos, los procedimientos más racionales; á ellos concurren las generaciones escolares sin distinción de origen, sexo ni color: todos ellos saben leer, escribir y contar—como en la China—sin las distinciones de casta de las petrificaciones asiáticas. El resultado es la imposibilidad de producir un hombre de genio durante su medio siglo de pleno desarrollo; de suerte que los inmensos Estados Unidos pesan mucho menos en la balanza del pensamiento puro y activo, generador de la civilización, que la diminuta Bélgica. Es que la civilización, lo repito, marcha á impulso de un grupo selecto que domina la muchedumbre, elaborándole de tiempo en tiempo nueva substancia pensante y emotiva: una aristocracia intelectual. Una democracia práctica y absoluta, como ésta, significa exactamente lo contrario; su nombre lo dice: es la tiranía de la muchedumbre, ó mejor dicho, es ahora el predominio creciente de este grosero Oeste que representa su «izquierda radical».
No olvido por un momento que estoy observando la porción más adventicia de un pueblo joven, recién entrado en el escenario histórico. Con todas mis reservas para el presente, no he modificado aún mi fe en su porvenir: creo que un principio fecundo está fermentando en sus entrañas y que del caos nacerá la organización. Pero la hora actual, decididamente, no le pertenece. Para los que saben juzgar después de ver, el gigantesco bazar de la Exposición ha demostrado que su momento no ha llegado aún. Volviendo, para corroborarla, á la fórmula empleada en páginas anteriores: de los dos aspectos del mundo—voluntad y representación—me parece que el pueblo yankee no refleja sino el primero con potencia y eficacia, como lo pensé y dije al salvar su frontera; y esto, por otra parte, es más que suficiente para interesar al observador. Ahora bien: pueblo joven, nuevo, robusto, ingenuo—es lo que quiero significar al llamarle «primitivo».