¡Oh! ¡se entiende que no lo asimilo al Pelasgo ni al Aymará! Ninguna formación sociológica moderna puede aislarse de la influencia general; está bien evidente que el transplante de una rama europea en un continente nuevo, pero abierto á la comunicación, no puede producir más que una variedad del tipo originario. La «primitividad» de los Estados Unidos es singularmente compleja. Tenemos, desde luego, al elemento central de la colonia inglesa, cuya contextura sólida soportó sin disgregarse la incorporación de las capas cosmopolitas, hasta muy entrado el presente siglo. Éstas mismas, aún antes de la segunda generación, sufrían al incorporarse una modificación profunda, la cual, bajo la acción persistente del medio y de los hábitos comunes, tendía á uniformarlas. Ahora bien, la uniformación de componentes tan diversos por la raza, la lengua y la clase social significaba una transformación, más ó menos completa según fuera su procedencia ... Se está viendo nacer la variedad social, casi étnica. Puede decirse, no obstante, que, hasta mediados del siglo presente, la preponderancia del tipo colonial se había mantenido. La civilización del Este quedaba dominante, y lograba asimilarse sin mucho esfuerzo la masa inmigratoria. Políticamente emancipada, la antigua colonia aceptaba todavía la situación de tributaria de la Europa industrial y sobre todo intelectual. Todo ha cambiado en los últimos treinta años. El núcleo colonial ha sido atacado por los elementos adventicios: ya no está envuelto, sino disuelto en la masa común.
No ha llegado aún á mi noticia que los historiadores nacionales ó los observadores europeos hayan caracterizado debidamente la evolución democrática que arranca de la guerra de Secesión; la eliminación de la esclavitud y del espíritu separatista no son más que accidentes accesorios de este hecho primordial: el advenimiento del Oeste, caracterizado por su «americanismo» más y más excluyente, su tendencia más que nunca igualitaria y material, el creciente antagonismo de sus ideas con la influencia europea, antes preponderante en la Nueva Inglaterra. Considero que dicha revolución es tan importante como la de 1776; pero, por haberle faltado el aparato teatral de la declaración de Independencia, ha pasado casi desapercibida. En realidad, con la toma de Richmond concluye el ciclo que se inició con la rendición de Yorktown, y del año de 1865 data una hégira nueva. Han bastado treinta años para desplazar veinte grados al oeste el eje longitudinal de la Unión. Según la agrupación oficial del último censo, pertenecen á la división central, no sólo el Illinois, sino el Kansas y el Nebraska—el antiguo Far West; y la región occidental se extiende desde los montes Rocallosos hasta el Pacífico.
El desplazamiento geográfico es el síntoma de otra modificación más profunda. La explotación de los inmensos territorios casi vírgenes, por las minas, la agricultura, la ganadería y las industrias conexas; la creación de grandes ciudades en el desierto y su poblamiento por emigrantes del Este y de Europa, que necesitaban volver á las condiciones de la vida casi primitiva, á la existencia de aventura y campamento; la necesidad y la posibilidad de encontrarlo todo en este suelo privilegiado, y, con la conciencia de poseer todos los elementos de la civilización genuínamente americana, la creencia, hecha de vanidad é ignorancia, de que ellos bastaban para consumar la absoluta emancipación: todos esos factores materiales y morales se han congregado para cumplir la transformación social de que la reciente exposición en Chicago—el triunfo del Oeste sobre el Este—ha sido la manifestación más aguda. Que haya su buena parte de ilusión en este movimiento, es cosa demasiado evidente para que necesite demostrarse. Ni la emancipación comercial é intelectual de la Europa es tan completa como se dice en el Oeste, ni han perdido aún Nueva York, Boston y Filadelfia su antigua y especial hegemonía. Pero éstas se la verán disputada día á día con mayor encarnizamiento, y no podrán, como ya no han podido, conservarla en adelante, sino cediendo al rudo espíritu nivelador que ya impera en todo el país: vulgarizándose, es como se domina al vulgo.
Aún más que la creación de nuevos factores concurrentes, es prueba de ser necesaria una evolución social el hecho de transformar á los existentes, acomodándolos al propio fin. Así han cooperado al imperio del mismo espíritu materialista y radical, fuerzas disidentes y al parecer antagónicas. El aplastamiento del Sur aristocrático, y la accesión del rebaño negro á la ciudadanía; las enormes y rápidas fortunas levantadas con los ferrocarriles, las minas, las industrias varias, todas las formas de la especulación agrícola y fabril, en contraposición con la riqueza territorial de las familias coloniales; la conmoción prolongada de la guerra civil que, al desarraigar temporalmente á millones de trabajadores, les infundió el gusto de la aventura y los preparó para la ruda existencia de empresa y campamento que el Oeste les brindaba; el desarrollo creciente de la producción material y la adaptación combinada y cada vez más íntima de los gustos nacionales á la fabricación doméstica:—todos estos hechos, sin duda, son contingentes directos del americanismo. Parecía, sin embargo, que el engrosamiento anual de la avenida inmigratoria pudiera hacer equilibrio á dicho americanismo, manteniendo íntegra la influencia europea. Sucedió lo contrario. Las muchedumbres arrojadas del viejo continente por las guerras, las anexiones y el pauperismo, emprendían el éxodo del destierro sin ánimo de volver más; daban para siempre la espalda á la tierra madrastra. Proscriptos de la miseria, encontraban una patria en el Canaán del bienestar inmediato y de la fortuna posible; sus brazos enérgicos y sus oficios manuales eran armas que ponían al servicio del exclusivismo americano; y la pronta naturalización aceleraba los efectos del medio transformador. Entre las grandes ciudades americanas, la menos europea por el espíritu, los gustos y la índole, es precisamente Chicago, donde la población europea representa una enorme mayoría. Por fin, el mismo proteccionismo manufacturero del Este se combinaba con el materialismo del Oeste para contrarrestar la preponderancia secular. En tanto que aumentaban la población y la producción local, la importación europea disminuía. Ahora bien: el espíritu civilizador no se transporta en estado puro; necesita el vehículo y la amalgama del producto tangible; y la merma de la mercancía material anuncia la de la influencia moral.
Todos esos elementos heterogéneos, desde el más noble hasta el más vil, desde el residuo del espíritu puritano y colonial hasta el socialismo cosmopolita, se han derretido y combinado en el inmenso crisol efervescente de los Estados Unidos actuales. Sin duda que el resultado de la amalgama dista mucho de ser perfecto; pero es suficientemente homogéneo en su parte central para que se pueda predecir su naturaleza futura. Esta parte central es Chicago.
Entre todas las inducciones é hipótesis asentadas por Herbert Spencer, creo que sea la más sólida su identificación del progreso en cualquier organismo colectivo, con la diferenciación creciente de sus partes constituyentes. Ahora bien: parece muy evidente que, en lo fundamental—las ideas, los gustos, las aptitudes y las funciones sociales—la novísima evolución de los Estados Unidos se caracteriza por una marcha continua hacia la homogeneidad. Su progreso material, entonces, equivaldría á un regreso moral; y ello sería la confirmación de que la absoluta democracia nos lleva fatalmente á la universal mediocridad. Deseo que mis estudios ulteriores me conduzcan á una conclusión menos desesperante. Nos hallamos, quizá, en la primera etapa del éxodo futuro. Sólo alcanzamos un momento del ciclo humano, y nos toca ser prudentes en la apreciación del porvenir. Acaso, volviendo á la imagen anterior, la mezcla y fundición de los elementos heterogéneos no sea, como en el tratamiento metalúrgico, más que una aleación pasajera y un encaminamiento necesario á la separación futura ...
En todo caso, cumple estudiar el momento presente; y no es posible desconocer la evidencia. En la fusión de los ingredientes, de valor y calidad tan diversos, el resultado de la combinación tiene que ser un promedio: la masa resultante es inferior al componente más noble, y superior al más vil. La muchedumbre democrática de los Estados Unidos ocupa, sin duda, un nivel más elevado que el del paisano ó proletario europeo; pero, siendo así que este mismo pueblo corresponde socialmente, con pocas excepciones, á nuestra clase media dirigente, no es discutible su inferioridad respecto á aquélla, y queda evidenciada la conclusión. La felicidad material del mayor número se ha comprado con el descenso de la minoría, del grupo que lleva la enseña de la civilización; se han arrasado las cumbres para terraplenar los valles y obtener esta vasta llanura ilimitada.
¿Qué es lo que vale más, en definitiva? Lo ignoro aún, y estoy aquí para estudiarlo. Entre tanto, lo que se trata de dejar fuera de cuestión, para despejar la vía, es el carácter incompleto y provisional, primitivo, en medio de su enormidad grandiosa, de la civilizacion actual, que ha querido ella misma exhibirse y compendiarse en una exposición levantada á orillas de su ciudad más representativa. El hecho en sí mismo es tan interesante, que resume, si no reemplaza, años enteros de estudios y observaciones. Se ostentan al descubierto, lo repito, en este emporio comercial del Oeste, los caracteres inequívocos de todas las civilizaciones primitivas:—el amor á la enormidad, á la masa, al número; la confusión ingenua de la cantidad con la calidad y de la grandeza con la belleza; un sentimiento de la propia importancia, candorosamente combinado con la docilidad más sumisa y torpe en la imitación—y, por en medio de todo ello, una sorda sensación de fuerza elemental y de savia juvenil que revienta provisionalmente en ciclópea fantasía—pero que, á pesar de todo, infunde no sé qué extraña simpatía mezclada de admiración y terror ...
Probemos, pues, á desenredar la impresión resultante de mil impresiones sucesivas y fragmentarias, que la vista y el contacto de Chicago y de su exposición—de la madre y de la hija—dejan en la memoria, en el espíritu, en el corazón ...