XV
CHICAGO
III
LA CIUDAD Y LA EXPOSICIÓN
El hombre de bien que se meta por estos Estados Unidos tiene que precaverse contra los juicios anticipados. Si en Méjico ó San Francisco, verbigracia, le ha tocado soportar el chorro entusiasta de un inocente turista que se volvió «petaca» de un viaje anterior; y si luego agrega á ello la absorción de algunas guías y pinturas de Chicago, en ese estilo de dentista emérito, que aquí reina: es muy difícil que no se deje «sugestionar»—para emplear una palabra que felizmente empieza á pasar de moda. Señalo el peligro porque lo he corrido; non ignarus mali ... que dijo el otro. Lo que lógicamente infería yo de los elogios de Bertoldo y los reclamos de Barnum, era que iba á encontrarme en la World’s Fair City con un mamarracho monumental; tal es en mí la forma ordinaria de la sugestión.
Pero las cosas de este mundo no se gobiernan por la lógica pura. El simple snob no expresa únicamente su opinión personal. ¡¿Qué felicidad mayor, para un filósofo, que ver desplegarse una necedad de buena ley, maciza y esterlina, en su marco natural, es decir, en los labios de un necio? Ahora bien: estas satisfacciones son raras. Casi siempre el sufragante universal combina lo que realmente siente con lo que ha oído tocar por el organillo de la esquina. Aplaude en la ópera, y con las mismas manos, á Ruy Blas y Lohengrin; á raíz de deleitarse con Ohnet, concede que Maupassant «también tiene cosas bonitas»; decide por sí y ante sí que Lombroso es un gran pensador, sin negar á Darwin las consideraciones de su particular estima ... Y si lo primero es alegre, lo segundo es triste; pues debiera ser el destino infalible del hombre superior el ser llamado tonto por Bertoldo ...
No he encontrado, pues, la «ciudad ventosa» tan displicente como las descripciones de marras me lo hicieran temer. Tiene su belleza especial. Más aún: acompaño á los chicagoenses en su convicción de que Chicago es la ciudad más bella de los Estados Unidos;—sólo disentimos, según creo, en el punto de aplicación de nuestro común entusiasmo ... La misma vida material es muy soportable. Si eran sofocantes algunos días de verano, las noches solían ponerse deliciosas, con la brisa fresca del Michigán. Algunas veces el carbón ambiente contrariaba las mucosas y dañaba un tanto á la estética, pero un vago perfil de foguista no deshonra á nadie; y he oído decir—en Chicago—que una atmósfera compuesta por partes iguales de humo espeso y polvo sutil, es excelente para el pulmón: ¡no consumptive!—Tenía mi buen cuarto, con bay-window, naturalmente, sobre Michigan Avenue; y cuando me sentía el alma un poco «despeada», bastábame contemplar el desfile de los carruajes y biciclos para reirme solo. Me libraba del mal servicio de los hoteles, con no tener ninguno. Á la calle por cualquiera provisión ó utensilio: es decir, á la próxima botica, donde encontraréis, como en una pulpería de la pampa, cuanto podáis necesitar: ropa, bebidas, guantes, diarios, estampillas, cigarros, velas, etc. El mismo alquimista diplomado (cost $160) no tiene á menos serviros un ice-cream. Pululan las oficinas de mensajeros; pero el mandadero me quedaba casi siempre más lejos que el mandado. Además, hay mensajes delicados: si v. g. vuestro frac reclama un planchazo, lo más prudente es envolverlo en un diario y cargar con el bulto por esas veredas. Recomiendo la receta á mis amigos del Círculo de Armas: para el efecto, ningún Herald ni Tribune pueden medirse con nuestra «sábana gris»[28]. En cuanto á otras reparaciones de carácter más personal, sin incurrir en inmodestia creo que nunca tuve botones mejor cosidos; por ahí anda todavía mi dedal ...