También se ha exagerado mucho lo defectuoso del servicio culinario. Cierto es que, en el mejor restaurant, os quedáis unos cuarenta minutos delante del mantel limpio—he escrito allí casi todos mis apuntes;—pero todo se explica cuando el negro arremete con la bandeja de abundancia y os sirve todo de una vez. ¿De qué os quejáis? Lo tenéis todo por delante en fuentecitas japonesas, desde el caldo y la mazamorra de avena (oat-meal) hasta el asado y la fruta; podéis picar en contorno como en un ejercicio de «copófono»; se establece un equilibrio de temperatura entre los platos diversos, de suerte que, al postre, si el café está un poco frío, en cambio el helado resulta casi caliente. ¡Hay que ser justo!—La prueba, por otra parte, de que no atribuía yo mismo tanta importancia á estos detalles gastronómicos, es que, teniendo cerca el excelente restaurant Kinsley, muy superior á las caravaneras del Auditorium y Palmer House, solía almorzar en el Lexington de la esquina, cuando no en una barraca de «Midway Plaisance». Así asegurada la paz de «la bestia», provisto de buena salud y humor pasable, con algunas relaciones cordiales de chicagoenses que sólo me encontraban un poco «peculiar», he podido conocer bien el antro de Polifemo, y describirlo con equidad y simpatía puesto que no me he aburrido en él.
En su vasto conjunto material, Chicago puede ser considerado bajo dos faces distintas: la primera y la más evidente es la que perciben y admiran desde luego los snobs transeuntes; es también la que los naturales y los guías ensalzan con inexhaustible fervor. Esta faz vulgar carece en absoluto de carácter y originalidad, es el aspecto estereotípico de las ciudades americanas, cuyos edificios parecen fabricados por gruesas, á manera de juguetes de un Nuremberg ciclópeo. Nacida la última, desarrollada en veinte años con los derrames del Este y de Europa, sin tener á la vista otros modelos y ejemplos de gusto que sus hermanas mayores, es natural que la Chicago arquitectónica carezca por igual de elegancia y acentuación. Anchas calles paralelas y perpendiculares, bien edificadas y pavimentadas en los barrios centrales, plagadas de baches y cubiertas de casuchas en los excéntricos; acá y allá, elevadísimos buildings, sin la menor sospecha de la armonía necesaria entre su altura y su base,—cuya arquitectura participa de la garita y del palomar; interminables avenidas idénticamente bordadas de residencias, cuyo tipo fundamental se repite hasta el enervamiento: la villa ó el cottage de ladrillo y madera, de dos pisos y buhardilla, con techo de pizarra ó listón, la galería externa, la saliente ventana con vidriera, el parche de césped hasta la enlosada vereda, y sus filas de robles ó álamos delgados que se prolongan hasta el confín del horizonte, delante de otras mil residencias análogas ... Es lo pintoresco de pacotilla, la ornamentación convencional y de confección, el ideal ne varietur que algunos arquitectos de lance han aderezado á gusto y satisfacción de esos settlers y mercaderes, cuya dudosa burguesía data desde el gran incendio. Multiplicad por dos ó por veinte, según el caso, el número de blocks incompletamente edificados, y tendréis, como ya dije, el patrón sempiterno de la misma agrupación norteamericana, nacida de ayer ó anteayer, en California ó el Colorado, con el mismísimo sello de elegancia adocenada y de confortable al por mayor. Al principio, el contraste de esta «novedad» urbana con los villorrios coloniales del Perú y Méjico, causa una agradable sorpresa. Pero cansa muy pronto lo flamante y ficticio de estas estalagmitas de fabricación humana, sin sólido cimiento ni larga tradición, en que las paredes han crecido más de prisa que las arboledas. Se comprueba muy luego que la monotonía de las casillas pintadas es más abrumadora que la de los escombros; y, más allá de estos efímeros hogares que no alcanzan á abrigar una generación, la fantasía enternecida evoca aquellas nuestras pobres aldeas seculares, hechas lentamente á la medida del grupo y de la familia sedentaria, donde á la sombra del campanario amigo el hombre no ha vivido solamente de pan, y cuyas cabañas y calles retorcidas parecían adaptarse á la fisonomía del habitante, trasmitiéndose de padres á hijos, cada vez más resistentes, más venerables, más impregnadas de humanidad ...
Chicago disputa enérgicamente á Cincinatti y Pittsburg el calificativo de «ciudad ahumada» (Smoky City). Una capa de hollín cubre los edificios más recientes, y, reemplazando la noble pátina del tiempo, confunde bajo el mismo matiz sombrío todas las pinturas exteriores y los materiales de construcción. Su aspecto general es el de la vejez precoz, bien distinta de la pensativa antigüedad. En seis meses, la White City de la exposición había descendido del blanco deslumbrador al tono del granito obscuro, lo propio que el Correo y el Auditorium. Ello, por cierto, no contribuye á ennoblecer el carácter arquitectónico de la enorme ciudad, pero tampoco le quita mucho. Semejante á una mujer fea á quien sobrevienen viruelas, como llovido sobre mojado, Chicago tenía poco que perder.—Acaso el efecto más marcado de este color negruzco sea el achicamiento aparente de las construcciones más colosales. Sabido es que esa ilusión óptica se demuestra y explica científicamente. He asistido cien veces, en el tramway de Wabash Avenue, á la decepción de los forasteros delante del hotel mammoth: «¿Es eso el Auditorium?»—Esos cándidos visitantes lo habían admirado en las guías y en las fotografías.
Es bastante curioso comprobar la armonía preexistente entre esa arquitectura de poco más ó menos y su reproducción por la fotografía: la musa del cliché ha cobijado amorosamente ambos destinos; y todo lo que con ésta pierde la verdadera obra de arte, lo gana el mamarracho decorativo. Los yankees tienen que ser los primeros fotógrafos del mundo: desde luego han revelado en la Exposición bellezas monumentales que hacen ilusión, pues sólo existen en la placa sensible. El hecho tiene su explicación estética; pero resultaría un poco larga, para ser completa. Sabido es que un retrato fotográfico bien tomado tiende á deslucir la hermosura y á mejorar la fealdad. La fotografía es la democracia en el arte. Pero, en el efecto á que he aludido, obran otras razones complementarias que deduciré cuando tenga tiempo. Sea como fuere, el espíritu del Oeste, esencialmente desbastador, ha procedido por instinto cual pudiera hacerlo por cálculo. En esa clientela trashumante de la Exposición, los conocedores no eran la minoría, sino la excepción: no están los que son artistas y no son los que están. ¡Adelante, entonces, con las fotografías y las descripciones grotesco-líricas! El boasting y el humbug son las dos columnas de la novísima civilización, y por eso es que Barnum formaba parte del Congreso americano.
Dije ya que el tamaño, el número, la cantidad, constituyen el canon y la base del criterio de todas las civilizaciones primitivas: no se llega sino después de un largo refinamiento á la sobria elegancia, á la gracia discreta, á la calidad. Todo es aquí excesivo, recargado, desproporcionado: el mamut lo simboliza exactamente, así en el conjunto como en los detalles; desde la extensión del país, que corresponde á un continente, hasta sus ríos, sus rasgos geográficos, sus producciones y sus empresas. Este pueblo estaba destinado á encontraren su suelo árboles de 400 pies, comparados con los cuales nuestros robles y cedros parecen arbustos. Ha ajustado á la realidad ambiente su informe ideal, y los sequoias gigantescos de Yosemite Valley parecen el modelo del colosal telescopio de Lick—the largest in the world—que se yergue en el condado vecino. Estamos como Gulliver en el reino de Brobdingnag. Toda apreciación comparativa se ajusta al tamaño y al costo material; lo demás es accesorio. Las descripciones se reducen generalmente á dar las dimensiones de los edificios y la suma del dinero invertido.—Parece imposible que se cometa un error arquitectónico en el diseño de un obelisco: ahora bien, el vulgarísimo «Monumento de Washington», en la capital, está malogrado, y la pirámide terminal es demasiado aguda; pero con esta punta suplementaria se ha llegado á la altura de 555 pies y «cuatro pulgadas». Es el monumento más alto del mundo: era, mejor dicho; pero los yankees se consuelan, consignando que la absurda torre Eiffel no es sino de hierro (but is built of iron), y quedan siempre como dueños orgullosos de la más alta masa de albañilería levantada por el hombre (the loftiest structure of masonry ever reared by man). ¡Tal es la forma de su Excelsior!—Oyeron decir que todos los pueblos poseían parques nacionales, más ó menos extensos: entonces el Congreso decretó la formación del Yellowstone Park para «recreo del pueblo». El parque—que, por otra parte, tiene bellezas naturales incomparables—se halla á unas 2500 millas de la capital, en el rincón noroeste del Wyoming; tiene una extensión de 3575 millas cuadradas y se necesita una semana para recorrerlo rápidamente.—Y así con todo. No encontraréis en Chicago una plaza cuadrada con edificios alrededor; pero sí ochenta millas de bulevares que circundan la ciudad, con una anchura que, para el de Drexel, alcanza á 250 pies, y 2000 acres de parques cubiertos de céspedes, árboles, estanques y lagunas, flores é invernáculos. Lincoln Park es el «Bosque» de Chicago, y Lake Shore Drive su «Avenida de los Campos Eliseos». En este último bulevar, que orilla el Michigan, se suceden las mansiones lujosas, imitaciones de castillos feudales y villas italianas, descomunal batalla de órdenes y estilos cosmopolitas con más colgajos y adornos externos que una pagoda, y más dorados interiores que un ídolo oriental.—La residencia de la bella é inteligente Mrs. Potter Palmer es, por fuera y por dentro, una cuasi reproducción del castillo de Miramar; cuéntase que ha sido rehecho dos veces, casi al techarse, para seguir la voluble fantasía del propietario, que se daba cuenta del plano cuando la fábrica estaba ya en pie. Lincoln Park tiene 250 acres y está en una situación admirable; á falta de imponentes arboledas, posee magníficos céspedes y macizos de flores, lagunas, fuentes pintorescas, estatuas y monumentos. La colección zoológica—el Zoo, como aquí dicen—atrae á los muchachos, el desfile por el Lake Shore atrae á las mujeres, las carreras y regatas atraen á los hombres—y la vista del Michigan, azul é infinito como un mar, no atrae á nadie. Los monumentos de Grant y Lincoln son tenidos aquí por obras magistrales; los encuentro vulgares y «fotográficos», inferiores al «grupo indio» de bronce, y sobre todo al Schiller vecino. Pero el primero costó 100.000 dollars y el segundo 50.000: por consiguiente figuran entre «las más bellas esculturas del universo».
Los otros parques del oeste y del sud, algunos más extensos que el de Lincoln, como el de Washington y el Jackson Park de la feria, tienen el mismo carácter de dilatación en el vacío, acrecentado por el gusto mezquino y pueril de la ornamentación: no se ven más que confecciones rústicas, emblemas, iniciales, odiosos dibujos vegetales, «monos» informes y caricaturales que deberían atraer la lapidación, como se dice que ciertas profanaciones atraen el rayo. Esos adefesios son objeto de un culto admirativo; en sendos librotes publicados para eterna memoria del gran advenimiento, se reproducen todos esos flower beds y floral designs—éstos, sobre todo, con especial esmero: hay hombres que reman, segadores acostados, ginetes con sombrero cilíndrico y botas de pocero, todos ellos fabricados con terrones de césped y que recuerdan los vestigios del arte troglodita.
Ese carnaval arquitectónico despliega sus máscaras y disfraces por las calles y avenidas, por todos los intersticios de la madrépora colosal. Todos los estilos se chocan ó amalgaman sin plan aparente ó pretexto disculpable, sin discernimiento en el plagio ni conciencia en la parodia. Las columnas y capiteles de cualquier orden se superponen, lo propio en el macizo City Hall que en el hotel de Palmer House; los mismos arcos de granito y el mismo aspecto carcelario decoran el Art Institute y el almacén por mayor de Marshall Field (Known throughout the civilized world!). ¿Pensábais que esa masa de once pisos, recargada de molduras y salidizos, con base románica, cuerpo medieval y cumbre Renacimiento, fuese—además de un pesado despropósito—algún «hotel mammoth»? Pues bien: es un templo, el Temperance Temple; pero no lo confundáis con el Pullman building, que ostenta por ahí cerca idénticos encantos. La confusión, por otra parte, no sería muy grave: algunas iglesias neogriegas y pseudogóticas, desafectadas por razones diversas, se alquilan para depósitos, y no se sabe cuándo su estructura correspondió mejor á su destino. Hospitales ó colegios, estaciones ó residencias particulares, iglesias ú hoteles, bancos ó cárceles, constituyen indistintamente un conglomerado de ojivas, cariátides, balaustres y cornisas, en que el capitel corintio flanquea el rosetón gótico, los tréboles y encajes moriscos coronan el medio punto romano, y los macizos y cuadrados marcos asirios soportan una loggia italiana ó—como el Auditorium—esbeltas volutas jónicas, á manera de un elefante que carga un niño ... Es natural que todos esos plagios y rapsodias de fórmulas exóticas barajadas al tanteo, seduzcan el gusto bárbaramente infantil de estos primitivos, que han traslucido un reflejo de la civilización anterior: así los monjes del siglo quinto zurcían indiferentemente centones de Virgilio ó Claudiano para fabricar poemas á la Virgen.—Todo ello, artísticamente hablando, nace muerto; está vacío de substancia y vida orgánica: á semejanza de esos mosaicos de voces extraídas de veinte vocabularios, que los visionarios de la filología nos presentan como una futura lengua universal, fabricada con detritus de todas las otras. La lengua estética que hablan las calles de Chicago es el volapük de la arquitectura.
No sería extraño que el gusto cuaternario reinara aquí con autocrática potencia: lo que agrava el caso es lo de teorizar esa deformidad. El Oeste es bárbaro con plena convicción y por razón demostrativa. Cuando Matthew Arnold, el más latino de los críticos sajones, procuraba enseñarles por qué el materialismo advenedizo no es compatible con el concepto artístico de la vida, comenzaban por injuriarle y concluían oponiéndole esta triunfante réplica: «No hay razón para que nuestros monumentos y paseos no sean los mejores del mundo, puesto que no se ha ahorrado gasto en su construcción—for no expense was spared»!... ¿Qué podéis contestar á tales razones? ¿Cómo persuadir al cíclope de que su ojo único no realiza el ideal de la belleza, por más que tenga dimensiones de claraboya? Para cambiar instantáneamente las ideas que brotan en ese cráneo rudimentario, habría que romperlo y rehacer el molde cerebral.
La doble noción que, cual semilla dehiscente, engendra los mil árboles de esta selva moral, es, lo repito, que el tamaño y el costo venal de cualquiera producción humana dan la medida de su valor absoluto. Ahora bien: la prueba de ser este el criterio dominante la encontráis patente en cualquier orden de manifestación material ó moral, individual ó colectiva. Escuchad una estrofa del himno de Polifemo, que parece compuesto por el millonario Carnegie[29]:
«El Oeste americano es la primera región de los Estados Unidos—y, por consiguiente, del mundo,—puesto que no tiene rival en la rapidez de su desarrollo agrícola, comercial y fabril. Poco importa que su agricultura extensiva consista en desflorar y agotar en veinte años el suelo virgen, para producir por hectárea una mitad menos que en las buenas y viejas tierras europeas; que su industria y su comercio dependan de tarifas draconianas, y que un cambio de frente de Inglaterra pueda arruinar los Estados mineros ó derribar sus bancos como castillos de naipes. Chicago será mañana el centro del mundo (desatendamos la nota más aguda que ya lo proclama hoy), por todo lo que sabéis de sus Stock-yards, de sus elevadores, de sus ferrocarriles, de sus casas de quince pisos—en una palabra, de su prodigioso incremento de veinte años. Y si admitimos, como cosa evidente, que el signo primordial de la civilización sea el desenvolvimiento de la actividad alimenticia, siendo el vientre el órgano que nos distingue de las especies inferiores: claro está que quien puede lo más puede lo menos—¡y que le ha bastado á Chicago distraer una mínima parte de su savia orgánica, hacia las ramas accesorias de dicha civilización, para sobresalir en ellas como en todas las demás!—De su arquitectura no hablemos más, para no humillar al resto del mundo; de sus bellas artes, basta decir que el Art Institute, construído de granito y mármol (cost 800.000 pesos), tendrá 320 pies de largo por 170 de alto; de su enseñanza superior, basta este solo dato, más elocuente que todas las disertaciones: el edificio de la Universidad costará ocho millones, pagando un tercio del total el célebre John D. Rockefeller, el rey del aceite. ¿Cómo dudar, entonces, que será superior de primer golpe á la de Harvard, cuyo valor material no pasa de cinco? Et sic de cœteris.»