Pero ningún monumento de Chicago alcanza la importancia material y simbólica del Auditorium. Es el Panteón, el Coliseo, la Santa Sofía, el palacio de San Marcos—la maravilla de las maravillas americanas. Sería necesario pedir á un literato local su pincel-escoba para celebrarlo dignamente, con ese estilo peculiar en que alterna el lirismo descabellado con el cálculo positivo de las dimensiones, el volumen cúbico y el peso de los materiales, rematando la descripción ¡con el costo total que pasa de cuatro millones de dollars! Un libro que tengo á la vista condensa la admiración de los pan-americanos, que lo visitaron en 1889, en un grito de entusiasmo del señor Zelaya, de Honduras: «¡Conozco el universo entero: no existe nada igual!». Su dedicación, en diciembre del mismo año, fué una solemnidad nacional: el presidente Harrison vino desde Washington para inaugurar el hotel-teatro ...
Es una ciclópea y negruzca contrucción de piedra que para cárcel parecería muy lúgubre. El exterior es el de una maciza fortaleza cuadrada, en que las estrechas ventanas parecen troneras ó nichos sepulcrales; no hay una loggia, un balcón, un relieve que alegre la vista del prisionero ó del espectador. El hall es obscuro; los cuartos requieren luz á medio día; y los arcos rebajados, la selva de pilares de mármol y granito, el pavimento de mosaico, la monacal desnudez de las paredes ó, por partes, sus recargados ornamentos, completan el aspecto abrumador de un hipogeo egipcio. El conjunto no es bello ni feo, ni acepta epíteto alguno que pueda convenir á cualquiera producción arquitectónica: es monstruoso, elefantino, cuaternario.
El Auditorium propiamente dicho, vale decir la sala de espectáculo, contiene 7000 asientos, y es del mismo estilo que el resto del edificio. Una inmensa bóveda circular, sin más relieve que sus arcos paralelos, remata en el escenario que remeda una chimenea colosal. La cruda luz eléctrica reverbera en las superficies desnudas: allá en las paredes del paraíso, perdidos en la obscuridad, se adivinan dos frescos borrosos, que probablemente ganan con no ser vistos. Además de los asientos—todos ocupados, en la noche única que estuve allí,—la muchedumbre cuajaba las galerías, los pasadizos, las escaleras. Representaban algo así como un Excelsior yankee: America, en cuyas escenas Colón y Washington alternaban con los saltos de los minstrels y las cabriolas de los acróbatas. Durante cuatro ó cinco meses, fué necesario asegurar la entrada con una semana de anticipación; había dos funciones diarias, y los inevitables Abbey y Grau han levantado una fortuna ... Era el tiempo en que los conciertos sinfónicos de la Exposición fueron brutalmente suprimidos «porque no pagaban».—Y en ese coliseo enorme, con sus «vomitorios» y su anfiteatro repleto de espectadores, me volvían recuerdos de los circos romanos, de los hipódromos del Bajo Imperio, y comparaba en mi imaginación esta barbarie con esa decadencia ... Estaban al lado mío algunos amigos de Chicago; una señora, literata, música, que había educado á su hija en Roma: había visto durante cinco años, San Pedro, el Vaticano, las ruinas imponentes y los museos maravillosos ... Y ella fué la que me preguntó si no encontraba el Auditorium más bello que la Ópera de París ... ¡Contesté que sí! con un entusiasmo que el mismo señor Zelaya—de Honduras—me hubiera envidiado ...
Los hallo «impermeables» á todo lo que sea gusto y verdadera civilización. Sus diarios, sus piezas de teatro, sus conversaciones, sus adornos, sus joyas, sus procesiones, sus comidas: todo es mammoth. Su ingenuidad es tan enorme, que llega á ser grandiosa. Y si se logra echar en olvido, por algunos días, todas las nociones de la belleza, heredadas ó adquiridas con el estudio y la contemplación de las obras maestras artísticas; si se contempla esa acumulación material, cual se hiciera con las manifestaciones proporcionales de otro planeta mayor que el nuestro,—poco á poco se experimenta una sensación de asombro é inquietud que casi viene á ser estética.—Á eso aludía, al decir que Chicago tenía su belleza propia, en cierto modo superior, por su ruda y descomunal primitividad, á las imitaciones europeas de las metrópolis del Este. El espectáculo prolongado de la fuerza inconsciente y brutal alcanza á cierta hermosura «calibanesca».—La inmensidad de los corrales, el vaivén de los trenes, del elevated y de los carros de tramway que pasan eternamente rellenos de pueblo; las atrevidas construcciones que rebosan afanada muchedumbre, los inmensos buildings comerciales; las sesenta líneas férreas que irradian de las estaciones centrales, con sus millares de vagones estacionados y que parecen destinados á no moverse jamás; los túneles debajo del río, los puentes movedizos que se abren por segundos ante los buques cargados; y ese mismo río negruzco y plebeyo, cuajado de mástiles, con sus riberas obstruídas de elevadores y depósitos; el potente rumor de las maquinarias en actividad; los silbidos que desgarran el oído, y, en cualquiera parte, hasta el fondo de los teatros y el silencio de los congresos, cortan bruscamente la palabra de los oradores ó cubren la música, con no sé qué desdén salvaje de esas puerilidades de otra civilización, aquí fuera de su lugar:—todo ello á la larga produce una sensación indecible. Se viene recordando que esa mole prodigiosa ha brotado casi toda en veinte años; y se experimenta, ante esa manifestación de la fuerza irresistible, la impresión de respeto y asombro que inspiraría el levantamiento de una montaña. El monumento no es airoso, ni esbelto, ni definitivamente organizado; toda su estructura revela el apuro, la factura provisional y al por mayor: pero es formidable, incomparablemente colosal, y al lado suyo, por un momento, cualquiera otro parecería desmedrado y mezquino.
Con esas ideas embrionarias y tendencias primitivas, apoyadas en una fuerza de empuje irresistible, es como han emprendido y realizado su feria universal. Creo que en las páginas anteriores se encuentra implícitamente descrita. Además, no puede ser materia de actualidad documentaria lo que ya no existe. Quizá en otra forma razonada y metódica aparezca su estudio positivo; ó acaso bosqueje algún día, en una fábula novelesca, su compleja y contrastada psicología: pues, al cabo, ese organismo monstruoso y efímero, ha vivido, ha tenido su alma exótica y fugaz ...
¡Pobre White City! La volví á mirar por vez postrera durante una tarde agria y descolorida de este invierno precoz, en el siniestro désarroi de las mudanzas y demoliciones. Retumbaban los vastos edificios solitarios bajo los martillazos de los embaladores; los rieles de las vías volantes se alargaban por las calles desiertas; los céspedes helados ostentaban el pisoteo de un campo de batalla; y una gran melancolía se desprendía de esas ruinas nuevas, de ese sueño disparatado y colosal, pero sueño brillante al fin, ¡entregado como un cadáver gigantesco á la labor de destrucción! Yo mismo, que he vivido allí algunos meses, surcado veinte veces las lagunas y los canales que bañaban las graderías de los palacios de yeso y su endeble armazón, completando con algunas góndolas importadas esa parodia de Venecia americana; yo mismo recuerdo de algunas tardes de verano cuyos tintes apagados armonizaban los chillones edificios griegos é italianos, los grupos escultóricos, las cúpulas flamantes, prestando á esas frágiles confecciones un reflejo de belleza y una apariencia de verdad. No todo fué allí vulgaridad y desencanto.—Y aunque sólo fuera por esa noche deliciosa en que, idealmente iluminados los follajes por la luna y los invisibles focos de la luz eléctrica, se representó, en un parque real de álamos y encinas, la vaga y encantadora comedia de As you like it, perdonaría á Midway-Plaisance su brutal exotismo. Experimenté allí una sensación exquisita y única de olvido y rejuvenecimiento; la olvidada poesía llegaba hacia mí, envuelta en la brisa del próximo lago, refrescando con su caricia mi frente entristecida. Me sentía á mil leguas de las manufacturas y las máquinas, volvía á vivir en la región azul de los ensueños juveniles; y en esta selva de los Ardennes poblada de apariciones vaporosas, de Rosalindas que se desvanecían en las misteriosas espesuras, cantaban tan melodiosos los versos del divino Shakespeare, que el aleteo de algunos pájaros ocultos, turbados por la música, remedaba un ensayado arrullo que diera la réplica al ruiseñor inmortal ... Por esta sola hora de olvido y éxtasis, no he de hablar sin emoción de la Feria difunta. Con todas sus vulgaridades y atentados contra el gusto artístico, quedará absuelta en mi memoria; tornándose más bella cuanto más lejana, se esfumará lentamente en el pasado irrevocable, y, soñador incorregible, seguiré siempre con la mirada enternecida la dorada copa del rey de Thule, que cayó vacía en las ondas obscuras del lago Michigan ...
XVI
WASHINGTON