I
EL DISTRITO FEDERAL
«Washington es una necrópolis». Tal es la fórmula corriente ... ¿La repetiremos porque anda estereotipada y nos hallamos en país de sufragio universal? ¿La desecharemos con desdén por el solo hecho de ser trivial y socorrida? Ni lo uno ni lo otro. Entre las variedades del snobismo viajero, sólo una actitud es más odiosa que la del admirador por encargo y sugestión de la Guía Baedeker: la del humorista á todo trance, que llega á negar la evidencia por el prurito de singularizarse, y persigue una fácil originalidad á expensas de la exactitud. Aunque enemigo de las frases hechas, no retrocedo ante el cliché si él traduce la verdad, siquiera sea exagerada ó aproximativa. Todos los forasteros han comprobada esta primera sensación de vaciedad que Washington produce. Ahora bien: á pesar de ser vulgar esta opinión y combatida por el gran geógrafo Reclus,—quien, por otra parte, describiera el Distrito federal desde su retiro de Clarens, refrescando sus efímeros recuerdos con gran acopio de planos y datos estadísticos,—no vacilo en reproducirla con ciertas reservas, porque la encuentro estampada repetida é ingenuamente en mis apuntes de cartera, que nada deben á la influencia extraña ni á la preocupación.
Ora se llegue del oeste por Chicago y Cincinnati, ora del litoral atlántico por Nueva York y Baltimore (tengo hecho el experimento por uno y otro itinerario), el efecto es idéntico; hay más: se reproduce cada vez la sensación primitiva. Se cree penetrar en una inmensa aldea, más silenciosa y reposada que Santiago de Chile, y cuyas amplias alamedas amojonadas de estatuas, casi sin tráfico fuera de la arteria central (Pensylvania Avenue), diseñan un marco suntuoso á las dispersas residencias de dos pisos y á los vastos edificios oficiales. Este fin de otoño septentrional (noviembre) acrecienta sin duda el aspecto de mustio abandono y desalojamiento, sobre todo para quien acaba de pasar el verano en el tumultuoso exotismo de la Exposición. Dentro de algunas semanas hará su entrada el invierno; caerán las primeras nieves del año, más silenciosas que las últimas hojas secas de los plátanos, y, en un callado y gris amanecer de diciembre, sonarán alegremente las campanillas de los trineos que se resbalan sobre el acolchado asfalto ... Entonces se abrirá la season política.
La sesión legislativa en el Capitolio; algunas fiestas oficiales, cuya fácil descripción se encuentra en todas partes; uno que otro recibo diplomático, con el mismo elenco más ó menos pintoresco; dos ó tres grandes conciertos, en que lo detestable fraternizará con lo exquisito, sin que lo último conmueva ni lo primero escandalice al público; el paseo meteórico de Adelina Patti, Coquelin, Henry Irving por los teatros vacíos, que sólo se llenarán con la grosera farsa provincial In Mizzoura y el actor Goodwin—á quien los sucesores de Webster y Calhoun ofrecerán un banquete en el propio Senate Reception Room, bajo la pintura mural de Washington presidiendo su consejo de ministros; una estrepitosa exhibición de crisántemos mammoth, tan enormes y fenomenales, que llegan á ser feos y no parecen de verdad; por fin, tal ó cual procesión de «caballeros» de cualquier orden: tal es el celebrado programa de invierno que romperá la quieta monotonía de la capital, sin quitarle su carácter indeleble de extenso villorrio deshabitado, cuyas «magníficas distancias»[30] se acentúan con sus innumerables plazoletas circulares y squares vacíos, desde el Capitolio hasta los parques y cementerios nacionales de los alrededores ...
Los viajeros europeos suelen comparar á Washington con Versailles y Weimar, lo que vale tanto como asimilar una flamante casa de huéspedes á un secular palacio que sólo vive de estética nobleza y gloriosa tradición. Un tanto diferente es el símil que me ocurre el primer día: me acuerdo de La Plata, la reciente y nunca terminada capital de la provincia de Buenos Aires; pero se trata, naturalmente, de una Plata magnificada, que guardara proporción con las comarcas y el destino respectivos. Es el mismo carácter grandiosamente artificial, como que se ha obedecido en ambos casos á un concepto abstracto y teórico, haciendo caso omiso de las leyes profundas que rigen el desarrollo de todo organismo. El arquitecto francés L’Enfant, que fué encargado de trazar el plano de Washington[31], adoptó un criterio escolar y realmente infantil, á saber: que una ciudad se proyecta y distribuye a priori, como un edificio particular.
Son muy conocidas las largas y enojosas discusiones á que dió lugar la designación de la capital federal: reflejaban fielmente las incertidumbres de la situación, durante los años que siguieron el fin de la guerra de la Independencia. Adoptada en 1787 la constitución federal por los delegados de los trece Estados originarios, reunióse dos años después en Nueva York el primer Congreso, y, desde luego, se planteó el problema de la capital, á que aludía la Constitución (I, 8), y cuyo estudio se había aplazado prudentemente. Al punto estalló el conflicto entre los Estados rivales, revelando lo frágil del reciente vínculo de «unión perpetua»: Nueva York, Filadelfia, Baltimore y diez poblaciones menores, se disputaron la elección, y el Congreso tuvo que disolverse antes de arribar á un acuerdo. Entonces, como después, el sitio material no era sino el símbolo tangible de la Unión misma; y ello explica la gravedad de una cuestión al parecer accesoria; del propio modo que, setenta años después, este mismo carácter representativo justifica el encarnizamiento con que los ejércitos federal y confederado se disputaron la posesión de este punto sin importancia estratégica. Al comenzar la segunda sesión (1790), fué introducido un nuevo bill tendente á suplantar todas las pretensiones localistas, designando un sitio desierto sobre el Potomac, un poco al norte de Alexandría y quince millas arriba de Mount Vernon, residencia del presidente Washington. Era notorio, y muy natural, el apoyo que éste prestara al proyecto; fué bastante eficaz para hacerlo adoptar, á despecho de vivísimas resistencias;—y acaso, ante el historiador filósofo, esta actitud sencillamente humana no contribuya poco á reducir las proporciones legendarias de aquella figura un tanto convencional.
El sitio en que se delineó la capital futura—que tomó el nombre de Washington en 1791, en el acto de colocarse su piedra fundamental—no parecía destinado por la naturaleza á tan ilustre destino. Entorno de la colina donde se alzara el Capitolio, el terreno se extendía estéril y pantanoso hasta el río; el movimiento comercial, á tan corta distancia de la metrópoli del Maryland y poco favorecido por el Potomac escasamente navegable, había de permanecer casi nulo; el clima era insalubre; por fin, después de ser durante muchos años un punto céntrico de la Unión primitiva, si bien de acceso bastante difícil, más tarde el prodigioso avance de la conquista yankee hacia el Pacífico volvería á poner en cuestión, á pesar de los ferrocarriles y telégrafos, la conveniencia de conservar tan al este la capital federal de una región inmensa, que tiene en Chicago ó Saint Louis su centro de gravedad[32]. Á estas condiciones naturales, bastante desfavorables, se unieron otras de carácter circunstancial.
Determinada el área del distrito federal[33], confióse al «admirable ingeniero» y arquitecto francés L’Enfant el plano y traza de la ciudad. Hemos dicho que el nuevo Anfión transportó lisa y llanamente sobre el terreno el dibujo hecho en el papel: alrededor del Capitolio central irradió una serie de avenidas divergentes á todo rumbo, que cortaban, no sólo las calles en ángulo recto de los futuros blocks, sino también otras avenidas extensas y paralelas á las centrales, multiplicando las encrucijadas ó circles uniformes de la moderna Tebas. Así logró L’Enfant dotar á su patria adoptiva de la ciudad «mejor diseñada del mundo» (the best-planned city in the world!); y fué tal la satisfacción del creador, que su arrogancia creció á proporción de su criatura y hubo de despedírsele antes de comenzar la construcción. Las consecuencias de tan bellos dibujos no se hicieron esperar. Habíase delineado una ciudad de un millón de habitantes, que debía eclipsar á Nueva York y Filadelfia; la superficie entera del distrito fué seccionada para solares urbanos, y, especialmente en torno del Capitolio, ya proyectado con su fachada principal hacia el este, los propietarios fijaron precios tan fantásticos á sus terrenos, que la población se corrió más lejos y al lado opuesto del monte Capitolino, dejando desierta la región teóricamente favorecida. Por eso se encuentra el Capitolio en situación parecida á la de nuestra Fortaleza colonial, que tenía sobre el río su fachada más imponente. Á pesar de los enérgicos esfuerzos del presidente popular, el impulso estaba dado y, como siempre, la civilización se dirigió y ha seguido caminando hacia el oeste.
El aspecto actual de Washington no desdice de sus orígenes tan artificiales; la uniformidad y la simetría—cánones rigurosos y primitivos de la estética que reina despóticamente en estos Estados Unidos[34]—no sólo se han aplicado en la arquitectura oficial y particular, en la repetición de los pórticos y frontis griegos, en las torres y arcos góticos de los templos, en el único molde y patrón de las residencias, tan previsto como el de las aceras urbanas; sino que se han impuesto á las manifestaciones edilicias que, al parecer, podían sustraerse mejor á la reglamentación. Después de recorrer las avenidas idénticas y las calles iguales, denominadas por números ó letras del alfabeto, se cae infaliblemente en una plazoleta ó circle, que irradia la misma rosa de veredas á todas direcciones y ostenta en su centro un monumento de bronce sobre pedestal de granito; y la más de las veces, aunque la estatua ecuestre deba representar á generales tan distintos como Scott, Mac Pherson, Thomas, Greene, etc., etc.,—pues los tales circles han dado para todo el Estado mayor de Grant,—resulta vaciado el mismo general, sobre el mismo caballo, y con el mismo «chambergo» á guisa de quitasol—todo ello igualmente elegante y decorativo. Y este culto simétrico completa el carácter de laberinto que la capital brinda al forastero, quien, durante la primera quincena, vaga perdido por estas soledades, sin otro polo visible que el omnipresente Capitolio ó el obelisco de Washington, que se levanta hasta las nubes «como el faro de aquel mar».