Hay felizmente algunas excepciones, fuera de los dos monumentos que acabo de mencionar—y que tienen aquí una importancia incomparable y simbólica. Si bien carecen de originalidad, agradan por su correcta imitación ó sus imponentes proporciones, el ministerio de Hacienda (Treasury) con su enorme columnata jónica, el del Interior (Patent Office) de estilo dórico, el de la Agricultura (renacimiento), la Smithsonian Institution, de estilo enigmático, etc., etc.; sin contar el bello monumento de La Fayette, por Falguière y Mercié (cost, $50.000), el cual, naturalmente, no se confunde con los del general Jackson (de perfil tan extraordinario) ó del almirante Farragut ... Pero no ha de exigir el lector que yo entre en competencia desleal con las guías de forasteros; y, por otra parte, estos detalles no rompen la armonía estereotipada del conjunto. En esta ciudad de las estatuas, ha sido rasgo de ingratitud no erigir una á Urania, la musa de la Geometría ...

Con excepción de la modesta residencia del Presidente (White House), cuya construcción data de principios del siglo, casi todos los edificios federales son relativamente modernos; el mismo Capitolio, aunque su primera piedra fue colocada por Washington, no se terminó hasta 1865. Durante la primera mitad del siglo, la capital política no salió de su modesto papel constitucional: era el asiento de un gobierno que presidía principalmente á las relaciones exteriores de los Estados, muy celosos de su autonomía[35]. Durante las sesiones del Congreso, Washington albergaba una población trashumante que desaparecía con el mensaje de clausura, dejando la ciudad medio vacía entregada á sus «magníficas distancias». Pero el fin de la guerra de Secesión, al inaugurar una era nueva para el predominio nacional, tenía que repercutir en la población que lo representa y simboliza. Los años que siguieron fueron favorables para la lánguida capital; no sólo arrojaron allí á millares de negros libertos, veteranos retirados y buscadores de empleos, sino que señalaron, con las dos presidencias de Grant, un intenso movimiento centralista, que se manifestó por la multiplicación de los órganos administrativos y la ingerencia creciente del poder ejecutivo federal en los Estados. No es necesario recordar las horas críticas, en que el carro triunfal del vencedor de Lee pareció rozar la meta del cesarismo. La tercera candidatura de Grant tenía por «plataforma» el unitarismo más ó menos embozado, con la supresión del Senado y acaso algo peor ... ¡Vanidad de las teorías a posteriori, que adjudican á una raza privilegiada la capacidad exclusiva para el self-government, y toman por una aptitud innata y hereditaria lo que es mero producto de las circunstancias!—En Washington, como en el resto del mundo, estuvo á punto de cumplirse una vez más la gran sentencia que el patriotismo argentino atribuye á San Martín. Algunos años de compresión despótica y prestigio guerrero, de prosperidad material y nepotismo administrativo, bastaron á debilitar las tradiciones del gobierno libre en las muchedumbres americanas. La «presencia de un militar afortunado» había gravitado en las instituciones de los Estados Unidos, lo propio que en las de otras partes; y, á no haber reventado con tiempo el absceso latente de la corrupción política, ¡es probable que el centenario de la Independencia (1876) se hubiera celebrado con el entronizamiento de un emperador!

Fueron los años de relativo apogeo para Washington; la población estable se duplicó bruscamente en diez años, alcanzando en 1880 la cifra de 180.000 habitantes, sólo inferior en una cuarta parte á la que tiene hoy. En este crecimiento, no tenían influjo apreciable los factores naturales y sociológicos que, en otras comarcas de la Unión, hacían surgir instantáneamente las ciudades activas y populosas; por eso se ha detenido, sin paralizarse por completo, reduciéndose por ahora al aumento vegetativo de los organismos adultos. La capital política de los Estados Unidos no combina este carácter, como en las naciones centralizadas, con los de la metrópoli intelectual, manufacturera, comercial y mundana del país. Mero asiento oficial de un gobierno federativo que, por esencia y definición, no debería ejercer sino una acción representativa y externa sobre los Estados autónomos, Washington ha reflejado inversamente, puede decirse, las vicisitudes constitucionales del país; pues coinciden sus períodos de prosperidad é importancia creciente á las crisis agudas de la vida democrática, al propio modo que, en una prueba fotográfica negativa, corresponden las partes más brillantes de la imagen á las más obscuras de la realidad. En esos años «heroicos» del desarrollo institucional, que despertaron el entusiasmo sin límites de Tocqueville, era Washington una gran aldea de población reducida é intermitente; porque era también la época en que la democracia triunfante se derramaba libremente por Estados y municipios, casi sin intervención directa del poder central,—especie de soberanía eminente, representativa y en mucha parte nominal.

Pero era inevitable que, al andar del tiempo, el laxo vínculo federal se rompiera á despecho de su elasticidad, si no se fortalecía para resistir á la presión interna: sabido es que lo uno y lo otro ha sucedido, después de una lucha sangrienta. Y el hecho fatal, produciéndose en el medio más favorable á la subsistencia del federalismo, constituye el proceso histórico de un sistema provisional, que se reputara definitivo y perfecto. La federación es el estado larval de la nacionalidad.—Á pesar de las anexiones ó conquistas violentas, que han dado á los Estados Unidos la amplitud de un continente, la población ha crecido en proporción casi cuádruple del territorio[36]; y esta relativa condensación demográfica ha sido suficiente para requerir una concentración gubernativa correspondiente, y, en muchas ramas de la administración, substituir la autoridad nacional á los antiguos fueros locales. La real autonomía de los Estados ha perdido el terreno ganado por la soberanía de la Nación, y es permitido afirmar que, del secular concepto del self-government, no queda más elemento intacto que el municipio.

Referida á Washington, como á un símbolo visible, pudiera la conclusión tacharse de exagerada, alegándose que, á pesar de su incremento considerable, sigue la capital ocupando un rango modesto entre las metrópolis americanas. Pero la objeción es de simple apariencia. Debe tenerse en cuenta que casi ningún Estado ha elegido, como capital política, una ciudad importante de la región. La histórica Boston ha quedado lo que fuera, no ha sido elegida; y, tratándose de esta venerable reliquia del pasado y santuario de la tradición, bien puede decirse que tal excepción confirma la regla. En su mayoría las capitales de Estados son aldeas sin importancia, que los viajeros ignoran y los mismos habitantes de los vecinos emporios apenas mencionan; puede afirmarse que, entre los millares de concurrentes á la exposición de Chicago, no hay uno por diez mil que conozca á Springfield.—Dado, entonces, su carácter exclusivamente político, el desarrollo actual de Washington, que nada debe á la industria ni al comercio, es tan enorme cuanto significativo. Un análisis de sus condiciones demográficas mostraría que la población federal, con sus quince mil empleados y sus ochenta mil negros arrimados al gobierno tutelar, forma contraste con cualquier otra de la Unión, y corresponde realmente á un complicado mecanismo administrativo muy poco análogo al de una federación[37]. Fatalmente, pues, y obedeciendo á la gran ley natural que centraliza más y más el aparato director, al paso que va el organismo ascendiendo en la escala biológica, los Estados Unidos cumplen su evolución nacional, tanto más parecida á todas las anteriores de la historia, cuanto que sus factores sociológicos, antes excepcionales, ya se aproximan al carácter común. En la alternativa de concentrarse ó dislocarse, el instinto vital ha preferido el primer término, á despecho de las teorías y tradiciones constitucionales. Los ministerios, duplicados desde la guerra de Secesión, con sus numerosas reparticiones; las obras públicas; los correos, telégrafos, ferrocarriles y demás órganos circulatorios; los bancos reglamentados y la emisión sometida á la autorización del gobierno federal, así como los seguros y empréstitos locales; la superintendencia de la educación, y la extensión invasora de la jurisdicción nacional sobre materias antes reservadas á las legislaturas y tribunales de los Estados: los mil servicios ramificados de un vasto imperio convergen ahora á Washington, donde se elaboran las leyes incesantes que los centralizan, y de donde se expiden los decretos diarios que las hacen cumplir. De ahí, la estructura ya imponente de la capital política y la importancia creciente de este centro administrativo nacional. El contraste exterior de esta aglomeración, algo silenciosa y difusa, con la agitación material de Chicago ó Nueva York, no debe engañarnos respecto á la superioridad funcional de una y otra; ni conviene olvidar que una gran capital del viejo mundo, como Londres ó París, acumula en su enormidad, además de los órganos puramente administrativos de Washington, los comerciales é industriales de Nueva York y Chicago, junto á los intelectuales y sociales de Boston y Baltimore, fuera de otros elementos históricos aquí ausentes ó rudimentarios.

Por lo demás, dichos contrastes materiales y el carácter de tranquilidad callejera, que la desproporcionada extensión de la ciudad acentúa, distan mucho de impresionar ingratamente al viajero. Fuera de los recursos sociales que la política y la diplomacia suministran, la vida en Washington tiene un sello especial de bienestar apacible. La monotonía del reposo hace un buen paréntesis á la monotonía de la agitación. Me habían cansado un tanto las grandezas fenomenales del oeste; por eso saboreo mejor, en los primeros días, el encanto discreto de estas desiertas avenidas y la gran melancolía de los parques en este fin de otoño.—Visito sin entusiasmo ni apuro algunos establecimientos oficiales. Desde luego, los ministerios con su aspecto previsto de City Hall: amplias oficinas llenas de empleados de ambos sexos, escaleras, ascensores, muebles idénticos, salivaderas á profusión; todo ello sin carácter ni novedad. Un detalle encantador es encontrar en el escritorio de cada jefe de una repartición (hasta en el Congreso y el propio despacho del Presidente) un ramito de flores frescas en una copa de cristal.—El Departamento de Educación, vecino del Patent Office, tiene poco interés; el Superintendente, cortés, delgado, pálido, como desecado por la estadística y reducido á cifra, me da algunas obras oficiales y unas tarjetas de entrada para los colegios y escuelas de la capital.—En mis dos temporadas de residencia en Washington, he visitado algunos establecimientos de enseñanza común y superior; la primera vez los comparaba involuntariamente á los de Buenos Aires en lo material, y no quedaba deslumbrado; la segunda vez, llegaba de Boston, y el resultado de la comparación tenía que ser mucho más desastroso para las escuelas federales.—Entre otras impresiones pedagógicas, encuentro en mis apuntes la que me produjo la famosa High School, creada y sostenida para demostrar prácticamente la igualdad intelectual y cívica de los niños blancos y negros de ambos sexos, fraternalmente confundidos—algo así como una coeducation por partida doble. Fuí dos veces, por recomendación expresa del comisionado, y nunca pude asistir á un curso serio. Mientras que en Boston directores y maestros se disputaban mi presencia y disponían exámenes especiales en mi honor, aquí no logro asistir sino á marchas rítmicas, desfiles y cantos infantiles. El colored director es muy amable, pero parece empeñado en desalentarme, agobiándome con planes de estudios y programas que nunca logro ver ejecutar: ninguna de las clases superiores porque me intereso funciona «actualmente»; en cambio, lessons on objects y maniobras militares á discreción. Asisto desde una galería á una revista de negrillos, cuyas cabezas se proyectan sobre el blanco patio enlosado, produciendo el efecto de un juego de dominó movible, y el director no se cansa de hacerles repetir la canción popular: Try, try again ... no sé si para despertar mi entusiasmo ó armarme lo que llamamos en Francia una scie que me ponga en fuga. En todo caso consigue le segundo. Al retirarme recorro las numerosas clases llenas de aparatos, bancos, mapas, cuadros murales; hay grupos de varones y niñas en «estudio»; lo mismo sucede en la biblioteca, cuajada de ficciones; pero no noto que los alumnos blancos formen corrillo con los parientes del Uncle Tom ...

No se debe insistir en este examen, que mostraría á la capital bajo su faz menos interesante; en Washington, lo característico es la vida política, presente ó pasada; para formarse una idea de la educación americana, hay que estudiarla en el Massachusetts. Por eso no me extenderé en este capítulo poco favorable; ni tampoco celebraré las innumerables colecciones naturales é históricas de la Smithsonian Institution, que levanta al lado del National Museum, especie de sucursal de la primera, su compleja é incalificable arquitectura «generally known as the Norman style» (sic). La híbrida institución, creada por un legado del inglés Smithson, para el «desarrollo y difusión de la ciencia», participa á la vez del museo, del jardín de plantas y de la sociedad científica; sabido es que llena el mundo sabio con la triple serie de sus publicaciones anuales (de carácter bastante pedestre y local), y que mantiene el intercambio de productos impresos más activo que exista. Su biblioteca está incorporada á la famosa del Congreso que, á pesar de sus 600.000 volúmenes (americanos en su gran mayoría), no merece su reputación yankee y dista mucho de ser comparable á la de Boston, ni por su instalación, ni por su riqueza bibliográfica, ni mucho menos por su servicio interno.

Todo lo que con la ciencia y el arte tenga relación reviste necesariamente en Washington un carácter pegadizo é improvisado. Cuando no una ley del Congreso, es el legado de un millonario lo que ha creado de golpe el órgano y la función. Cierto banquero Corcoran ha donado un palacio lleno de cuadros, esculturas y bibelots para Museo de bellas artes;—y no hay que decir si al generoso y cándido filántropo le han deslizado obras antiguas «atribuídas», junto á otras modernas muy auténticas—como el Régiment qui passe, de Detaille, que produce desde la escalera de entrada su efecto irresistible de viva realidad y colorido ... ¡Melancólico recuerdo! Visité la galería Corcoran con ese pobre iluminado de José Martí, entonces lleno de bríos é ilusiones emancipadoras, y que había de caer estérilmente, un año después, bajo una de esas balas anónimas que tanto despreciaba. Y la triste memoria evoca á otra más triste aún, que para mí se adhiere indeleble á los alrededores tan pintorescos y apacibles del distrito federal.

En dos ó tres ocasiones visité con Rafael García Mansilla los parques exteriores de Washington, el Cementerio nacional de Arlington, Georgetown, el Jardín zoológico, la Universidad católica y la Casa de Inválidos (Soldiers’ Home) en su marco de árboles y flores. ¡Con qué contento y expansión juvenil me refería en francés—pues la lengua adoptiva le era más grata y familiar que la propia—sus lejanas excursiones infantiles por estos mismos parajes, haciendo detener el carruaje para mostrarme un estanque donde solía travesear! ¡Cuál corría entonces alegre y veloz nuestra victoria, por esa calzada de macadam contra la que, seis meses más tarde, su cabeza había de estrellarse, para que el marino robusto viniera á morir donde el niño jugara, y se anonadasen en un minuto tanta fuerza en reserva, tanta esperanza, tanta juventud! Sunt lacrymae rerum ...

Arlington House, en la orilla virginiana del Potomac, es una antigua propiedad de la familia Custis, donde residió Washington alguna vez[38], y cuyo último propietario fué el célebre general de los confederados, Robert Lee. La casa y el magnífico parque fueron confiscados por el gobierno nacional después de la derrota: odiosa represalia del vencedor, y tanto más vergonzosa, cuanto que, á pesar de las pasiones desencadenadas, la Corte suprema condenó el despojo y mandó devolver la propiedad á su legítimo dueño; éste aceptó entonces venderla al gobierno por 150.000 dollars, y quedó allí establecido el Military Cemetery.