II
EL CAPITOLIO—MOUNT VERNON
Desde cualquier punto de la ciudad y sus alrededores, se divisan la cúpula dominante del Capitolio, con su gigante Libertad de bronce en el vértice, y la aguda pirámide de Washington, cuya altura excede 550 pies[40]: es con justicia que uno y otro monumento atraen invenciblemente la mirada del transeunte y obseden la imaginación del habitante, pues la capital entera de los Estados Unidos se simboliza fielmente en la figura de su fundador y en la historia de su Congreso.
He frecuentado bastante el Capitolio, pues he necesitado concurrir á la biblioteca del Congreso para estudiar en sus fuentes originales la historia práctica de la Constitución. Respecto del aspecto exterior, no creo que urja agregar otra descripción á las ciento y una que corren impresas y diseñadas. De esta imitación mammoth de San Pedro de Roma, háse dicho por americanos y europeos todo lo bueno y todo lo malo que cabe decir.—Antes de ver el Capitolio, puede anunciarse à priori que no ha de tener gran valor estético este remedo moderno de una basílica del Renacimiento que dista mucho de ser perfecta, ideado por una serie de arquitectos de ocasión y realizado en un país nuevo que aún hoy no sospecha el gusto ni la belleza. La fachada principal, que mira hacia el desierto, con sus escaleras, sus dos alas de mármol y sus peristilos, produce sin duda el efecto imponente de todas las fábricas colosales; pero la cúpula de hierro aplasta el pórtico mezquino, y el cuerpo central de pintada piedra contrasta pobremente con las alas de mármol, prolongadas en demasía: hay falta absoluta de armonía, así entre las partes del edificio como en sus materiales, y ¿qué otra cosa es la belleza artística, que la armonía en la originalidad? Por lo demás la construcción es enorme y,—con su rotonda pintada, sus frescos y estatuas, mediocres ó ridículos; sus puertas de bronce, sus halls para el Senado, la Cámara y la Corte Suprema, sus salas y antesalas, su laberinto de escaleras y pasillos, sus dorados y mármoles—ha costado trece millones de dollars. ¿Qué más necesita el patriotismo yankee para proclamar su Capitolio superior á any public building in the world?[41].
Durante mis estaciones en la Biblioteca del Congreso, que ocupa el subsuelo oeste del Capitolio, solía ofrecerme un entreacto de sesión parlamentaria; y, después de leer abajo las memorables discusiones de Webster y Calhoun, no dejaba de ser picante el cotejo de lo pasado con lo presente, ó si se quiere de la ilusión con la realidad. Algo imbuido aún, á pesar de mi prudente escepticismo, en el respeto religioso que el parlamentarismo yankee inspira á los «constitucionalistas» sudamericanos, confieso que, la primera vez, no penetré sin emoción en el santuario del Self-Government. Era mi guía é introductor un estimable lobbyist ú «hombre de pasillos» quien, naturalmente, nourri dans le sérail, conoce sus vueltas mejor que los ujieres. Felizmente para mis frágiles ilusiones, dimos principio por el ala norte (Senado) del Capitolio. Mi cicerone no me hizo gracia de un detalle del edificio; pero yo, más generoso que él, remitiré al lector á las prolijas guías locales, para la descripción, dimensiones y costo del «Salón de mármol», y los otros vecinos para el Presidente de los Estados Unidos y del Senado; del gran salón de recepción con sus frescos italianos, del lujoso y vulgar ladies’ parlor con sus retratos de Clay, Webster y Calhoun; y, por fin, después de muchos pasillos y escaleras de mármol, del célebre «Hall de las estatuas» (antigua Cámara de diputados), así llamado por contenerlas en abundancia de mármol y bronce, á razón de dos por Estado, fuera de algunas suplementarias. Una placa de bronce, en un ángulo del piso, señala el sitio donde John Quincy Adams cayó fulminado por un ataque de apoplejía.
En el lobby que corre trás de la sala de sesiones, mi guía me «introduce» al senador M., de Alabama: aspecto de farmer politiquero, en que la socarronería yankee se oculta bajo modales campechanos; está mascando tabaco ó chewing-gum y, con su rudo bigote gris muy raso, parece que tuviera adherido al labio su cepillo de dientes; trae levita negra cortada con podadera, y el inevitable sombrero de fieltro en la oreja[42]. Me sacude la mano, me golpea el hombro, se rie, enseñando toda su dentadura, y el fondo de su conversación es el de siempre: «¿Qué le parece la country, eh? Well, somos yankees, ¡nosotros! Pase V. adelante ... all right!...»—Pasé adelante.
La sala del Senado es rectangular; forman el techo artesonado, bastante bajo, tableros de pintado cristal que se iluminan por transparencia durante las sesiones nocturnas; los asientos giratorios, cada cual con su pupitre de caoba, describen un hemiciclo y convergen al sillón ó cátedra presidencial. Entre el piso y el techo, una sola galería rodea la sala, dividida en tribunas: la de la prensa encima del presidente, la del cuerpo diplomático, al frente; por fin, á uno y otro costado, las de las señoras y de los gentlemen sin importancia. Adornan las paredes los bustos de Washington, Jefferson y otros «burgraves», y desaparecen las pilastras y tableros bajo la profusión de medallones, águilas, banderas, gorros frigios y otros pintados atributos. Muy poca animación; las tribunas están vacías; algunos «pajes» de diez ó doce años brincan como cabritos por entre los asientos, llamados por los papirotes de los senadores; traen ó llevan cartas, vasos de agua, telegramas; otros disponibles juegan á las bolillas en los pasillos ó se agazapan en las gradas de la President’s chair. En el despoblado recinto, una veintena de cabezas grises conversan, leen diarios, escriben su correspondencia, reciben visitas en los asientos de última fila. Muchos fuman ó mascan; el presidente Stevenson acaricia, entre dos bostezos no disimulados, su martillo de rematador. Nadie escucha al orador, que habla de pie desde su asiento; se trata de un personal bill, pidiendo una pensión para una enfermera olvidada en la lista de las Army nurses; y el viejo S., de Nevada, brega por su criatura, saca diarios que se pone á dictar á los taquígrafos impasibles, y comenta su lectura, blandiendo la diestra, golpeándose el muslo, arrojando un chorro á la salivadera, después de una chuscada humorística que levanta risa general ...
La Cámara de representantes, of course, gasta más refocilamiento que el Senado, debido á la asistencia más joven y numerosa, y también, si cabe, á la soltura mayor. Sabido es que ocupa el ala sud del Capitolio; por lo demás, la distribución y el aspecto son los mismos que en el Senado. El sillón del Speaker, delante de una ancha mesa de mármol; á su derecha, en un pedestal, la maza simbólica de plata y ébano, semejante á los fasces romanos; en las paredes, algunas pinturas en que un intenso spreadeaglism suple á su modo la belleza ausente: el Washington de Vanderlyn, el La Fayette de Ary Scheffer; otros frescos del fecundo Brumidi, la Ocupación de California, el Descubrimiento del Hudson, y, nuevamente, el ubicuo Washington, presentado esta vez en la Toma de Yorktown, en una actitud teatral que contrasta con la serenidad de su noble cabeza aborregada ... Aquí, como dije, el vaivén es incesante y el rumor continuo; el orador suele adelantarse hacia el Speaker, sin que los colegas dejen de cruzarse por el intervalo[43], y, como un examinando ante la mesa, procura hacerse oir, siquiera de los taquígrafos. Algunos diputados parecen artesanos endomingados; otros gastan una llaneza de traje y modales que llega al débraillé; uno hay, sin duda de Mizzoura, que ha venido á la capital con sus dos muchachos, y los trae á la cámara para no dejarlos solos en el hotel. Un negro de levita, diputado de South Carolina, parece mal acostumbrado aún á no circular entre los grupos con cepillo ó bandeja ...