Entonces (14 de mayo de 1787) se reunió la convención de Filadelfia, y la historia no olvidará después de cuántos conflictos secretos é inminentes desgarramientos surgió á luz la Constitución nacional, destinada á alcanzar un éxito sin ejemplo, y á ejercer en el mundo una acción política cuyas consecuencias últimas son todavía incalculables.

El efecto de la Constitución es innegable; para proclamarlo no es necesario aceptar la teoría esencialmente americana que le atribuye la prosperidad nacional: basta que casi continuamente la haya favorecido y, salvo en un caso solemne, no la haya nunca estorbado abiertamente. Una república federativa que, con el máximum de libertad y el mínimum de gobierno central, ha recorrido tan extraordinaria carrera, sin más tropiezo histórico que una guerra civil, merecería tenerse por un país dotado de constituciones políticas ideales—si éstas tuvieran la sanción de los siglos. El tiempo es el crisol de toda grandeza, y, como dice Shakespeare, lo que le falta al hombre para ser un dios es la eternidad[48]. Con todo, el éxito es indiscutible, deslumbrador. Ahora bien ¿por qué ha sido único? Hé ahí para nosotros la cuestión importante.

Desde luego, no es necesario repetir que el instrumento constitucional no encierra en sí mismo una virtud; sin mencionar los países que prosperan sin deber nada á este régimen[49], basta recordar que en la América española su adopción ha conducido al naufragio ó al falseamiento de las instituciones, siendo así que es más completo el fracaso allí (Méjico) donde aparece más literal la imitación.—Se invocan razones de raza, de medio, de tradiciones; y ello, sobre ser un poco vago, no es del todo aplicable al país (tan europeizado como los mismos Estados Unidos) cuya suerte más nos interesa, entre todos los que practican concienzudamente el régimen republicano, federal—revolucionario. Acaso se aclararían las ideas si pudiésemos aislar el espíritu que realmente presidió al laborioso alumbramiento de la Constitución,—y que, por cierto, no trasciende en su más clásico comentario, pues éste niega redondamente lo que voy á establecer[50].

Ese espíritu es el de una transacción: ello resulta á las claras, no sólo de las causas antecedentes que impusieron la reforma del pacto federativo, sino también de la discusión, agitada y por momentos desesperante, y, por fin, de este hecho significativo, que no fué aceptado ninguno de los tres proyectos presentados por Randolph, Patterson y Hamilton (el espíritu más alto y el alma más noble del Congreso).—Pero hay que acentuar más aún el sentido de aquella expresión y darle mayor fuerza, pues entraña, bajo su apariencia trivial, la explicación más profunda del éxito político de unos y del desastre de otros.

He apuntado el carácter de egoísmo é intolerancia que antes dominara, así en la colonias como en los Estados de la confederación: el inmenso progreso realizado, durante las discusiones del Congreso de Filadelfia,—á favor sin duda de los dos grandes caracteres allí presentes: Washington y Hamilton; del corto número de los delegados (55) y del secreto de las sesiones—pero merced también á la dolorosa experiencia sufrida, consistió en hacer penetrar en las mentes y las almas de los patriotas americanos una noción soberana: á saber, que el gobierno libre se funda en el espíritu de tolerancia, no aceptado en teoría, sino practicado en toda su amplitud y aplicado á todas las creencias, ambiciones, intereses y energías de la comunidad. Ello, en el caso ocurrente, importaba desde luego un cambio de concesiones y el sacrificio mutuo de las convicciones extremas: y esto se consiguió. Había, entre los delegados, representantes de todas las opiniones, de todas las utopías, de todas las preocupaciones locales, de todos los egoísmos colectivos,—desde el mercantilismo de Nueva York hasta la esclavatura de la Carolina;—ningún elemento fué aceptado ni proscripto en absoluto; se resistió á los mejores, se contemporizó con los peores; y, para que el pacto resultante, con todas sus incoherencias y deficiencias, fuese salvador y fecundo, bastó que crease un gobierno central, viable y eficiente, superior á los antagonismos separatistas, y que la Carta fundamental, sin hacer tabla rasa de nada existente, tuviera asegurados su prepotencia y su mejoramiento paulatino dentro de su perennidad exterior.

Muy lejos, pues, de ser la Constitución americana un decálogo imperativo, como algunos aseguran, ó un perfecto modelo teórico, como lo quieren otros, era un modus vivendi transitorio, un compromiso provisional entre el norte y el sud, entre los Estados grandes y pequeños, cuyos intereses eran antagónicos; pero significaba el triunfo de la tolerancia y del oportunismo, único dogma aceptable y exigible en materia política[51]. En tanto que los imitadores sudamericanos creían alcanzar al ideal teórico en la imitación servil, los redactores del original se habían declarado satisfechos por haber incluido en él la mayor suma posible de aspiraciones encontradas. La perfección de este memorable documento consiste, pues, en ser voluntaria y deliberadamente imperfecto.

Reflexionemos un instante en este grave problema histórico: todas las razones invocadas, como explicación de nuestras quiebras institucionales en la República Argentina, ó son inexactas, ó son refundibles en aquella noción. La anarquía es el producto genuino de la ignorancia y del egoísmo; es decir, de la obcecación intelectual que nos mueve á creer en la verdad única, absoluta y cercana, y del instinto antisocial que nos incita á imponer por la fuerza nuestro gusto y voluntad sobre las voluntades y gustos ajenos. Ahora bien: todo eso está contenido en la maldecida palabra; y toda la historia argentina no es sino un desfile de despotismos y revoluciones, porque la intolerancia, madre de la anarquía, nos ha hecho condenar, perseguir, destruir á nuestros adversarios, en nombre de un principio abstracto ó de un apetito egoísta, cuando era necesario ceder, amalgamar, reconocer la parte de verdad y de error, de justicia y de iniquidad, que todo lo humano encierra. Y ¿qué mucho que nuestras constituciones hispano-americanas resultasen artificiales é impotentes, si, además de significar la tabla rasa de lo anterior y no tener en cuenta las fuerzas elementales é invencibles del complejo organismo, han sido siempre elaboradas por un partido dominante que, en el mejor de los casos, obedecía á un concepto estrecho de preponderancia y exclusivismo? El primer fruto de la ciencia y de la moralidad es la convicción de que, siendo todas las nociones sociológicas relativas y precarias, nadie debe proscribir a priori las opiniones adversas, so pretexto de que atacan las nuestras. La conciencia social descansa en un convenio, y por tanto no reconoce imperativo categórico. Por haberlo sentido y proclamado los hombres de Filadelfia, por haberlo ignorado ó negado los hombres de Buenos Aires y del Paraná, es que la Constitución norteamericana ha presidido, elástica y eficaz, al prodigioso desarrollo de los Estados Unidos; mientras que la argentina, análoga en su letra, pero muy diversa en su espíritu, sólo ha presenciado luchas estériles, ataques al gobierno en nombre de la libertad, opresiones del pueblo en nombre de la autoridad—el imperio fatal de la intolerancia y de la anarquía.

Mount Vernon.

He ido dos veces á Mount Vernon; la primera, acompañado, para conocer; la segunda, solo, para recordar; las notas siguientes se refieren á mi segunda excursión.

Sabido es que la morada de Washington, convertida en reliquia nacional y sitio de peregrinación, se levanta en la ribera derecha ó virginiana del Potomac, diez y seis millas más abajo de la capital. Un vapor de ruedas, el Macalaster, hace el breve trayecto; nos embarcamos á las diez de la mañana y almorzamos á bordo, ni mejor ni peor que en cualquier hotel. El ancho río amarillento se desenvuelve casi sin arrugas entre sus márgenes bajas, coronadas en segundo término por colinas ondulantes. La hierba quemada por la escarcha forma una alfombra rojiza en los bosques raleados, cuyos robles y arces perfilan sus brazos desnudos sobre el cielo pálido. Á derecha é izquierda se suceden las residencias campestres, las alquerías fluviales como á lo largo del Paraná.