La primera escala es Alexandria, puerto comercial mucho más antiguo que Washington y que estuvo á punto de ser elegido para capital; en seguida, el fuerte Foote, construído en la costa de Maryland durante la guerra de Secesión y hoy desmantelado. El Fort Washington, que aparece luego, no es mucho más importante, á pesar de sus bastiones recién reparados; todo tiene aspecto añejo é inválido; los cañones de antiguo modelo acaban de oxidarse en sus troneras; algunos veteranos vagan por el glacis, y un soldado renco, de capote azul, probable escombro de las milicias federales, coge al vuelo la amarra del buque, sin largar su cachimba. Desde aquí se divisa Mount Vernon, y todo el mundo ha subido sobre cubierta: unos veinte y tantos pasajeros de ambos sexos y colores, provistos de folletos, noticias, fotografías, cintas nacionales que se venden á bordo, y desempeñan el oficio de los rosarios y medallas benditas en las tiendas de Lourdes. Mount Vernon es la Meca, ó si preferís la Medina americana (pues conserva la tumba del Profeta); y todo yankee patriota cumple una vez en su vida la piadosa peregrinación. Por lo demás, es fácil comprobar que la mayoría de los peregrinos ignoran la historia del héroe al igual que nuestras terceras franciscanas los hechos y milagros de su institutor seráfico.—Aquí es de tradición que empiece á doblar la campana del buque; y se dice que la bella costumbre fué iniciada en 1814 por el comodoro inglés Gordon, que pasaba por aquí al ir á incendiar la capital: lo cortés no quita lo valiente.

Mount Vernon no es propiedad de la nación, sino de una sociedad privada de señoras, the Mount Vernon Ladies’ Association; es un rasgo más del admirable espíritu de iniciativa que aquí reina. Cuando el último heredero pensó en deshacerse de la propiedad, ocurrióle á una dama virginiana, miss Ann Cunningham, la idea de conservar la sacred place; se dirigió al Congreso en 1855, sin éxito; fué más feliz con la sociedad Women of America, que encontró medio de adquirir la casa y sus doscientas acres de campo por 200.000 dollars. Las subscripciones afluían de todas partes; fuera de las vulgares y que parecen inferiores á su valor venal, como las de Jay Gould y otros, merece mencionarse aparte la del pastor y orador Everett[52] que envió 68.494 pesos producidos por sus lecturas sobre la «Vida y carácter de Washington». La asociación tiene asignado á cada Estado de la Unión un cuarto de la casa para su mueblaje y arreglo, suponiendo que no habrá de contener sino reliquias auténticas del gran patricio y su familia—incluyendo en ésta á La Fayette, cuyo room ha sido otorgado á New Jersey; y, piadosamente, todos los visitantes—y yo mismo entre ellos—se esfuerzan para no poner en duda la procedencia legítima de estos trastos venerables, ¡que se aumentan día á día y llegan de los confines del país!

La casa intacta, y sólo reparada en detalles accesorios, se levanta en una colina que domina el río; se divisa desde el desembarcadero, amplia y sencilla, de dos pisos (el segundo muy bajo, como entresuelo), con su larga galería de columnas, desde donde solía el dueño contemplar el horizonte de bosques y praderas. El techo de azotea tiene un pequeño mirador y, en el frente que mira al Potomac, una terraza sobre pilares cuya cubierta está á nivel del piso alto. La construcción es de madera pintada, imitando la piedra, y el aspecto general, el de una antigua casa-quinta de Buenos Aires. Al subir de la ribera, se encuentra primero el sepulcro de Washington; es un modesto monumento de ladrillo, conforme á la voluntad consignada en su testamento: aquí ha querido dormir el sueño eterno, al lado de su fiel compañera, lejos de las ciudades y sus fastuosos panteones. Los dos sarcófagos de mármol se alargan delante de la doble puerta de hierro; en la losa de la derecha, debajo de las armas nacionales, el nombre solo, breve—inmenso: Washington; en la de la izquierda: Martha, consort of Washington.

El interior de la casa no tiene sino un interés convencional; los cuartos, generalmente pequeños, están bien arreglados para interesar la curiosidad vulgar de los peregrinos: el Hall con su enorme «llave de la Bastilla», regalo de La Fayette; el cuarto de música, con la flauta del vencedor de Princeton y el arpa de Nelly Custis, su hija adoptiva; el cuarto de La Fayette, con el bureau que usó el elegante y valiente marqués, durante su última visita de 1784, etc., etc.. Y por momentos, á pesar del mueblaje de lance y del bric-à-brac apócrifo, la ilusión elabora su milagro, y una virtud secreta se desprende del ambiente, de las paredes y del pavimento, que siquiera forman los cuartos en que realmente ha vivido el grande hombre. ¡Cómo se comprende su deseo de vivir aquí sus últimos años, en la paz confortable de este home campestre: lejos del tumulto de los campamentos, lejos del poder supremo que es también la suprema amargura, y de la aclamación popular que no es sino la moneda falsa de la gloria! Después de las batallas que aseguraron la Independencia, creía sinceramente, á los cincuenta años, que había terminado su carrera pública; y se deleitaba entre los suyos, llevando la existencia activa y reposada del gentleman-farmer virginiano, cuidando sus prados y dehesas, viendo madurar sus mieses, cultivando este mismo jardín que se extiende detrás de la casa, recorriendo á pie y á caballo los sitios amenos y las riberas del Potomac. Durante las largas veladas de invierno, delante del hogar alegre en que ardía un tronco de encina, en esas noches de diciembre de 1784, que fueron las últimas que La Fayette pasó aquí ¡qué dulces y profundas confidencias debían de cambiar los dos amigos y compañeros de Yorktown! El mayor, el más grande, veía partir al otro para el viejo mundo, soñándole devuelto á los esplendores de Versalles y París, en tanto que éste creía dejar al Cincinato americano, retirado para siempre en su dominio patriarcal: ni uno ni otro sospechaban que sólo estaba en vísperas de comenzar el gran período de su vida histórica; que el primero sería dos veces presidente de su Nación, que el segundo vería derrumbarse el trono de sus reyes y saludaría las ruínas de la Bastilla á la cabeza del pueblo de París ... Y con todo, algo de misterioso y patético hubo de estremecer sus últimos momentos, antes de la separación, para que al día siguiente, cuando La Fayette se embarcaba en la fragata que le llevaba á su patria, recibiese del reservado é impasible Washington, estas bellas palabras de adiós en una carta, que acaso sea la única conmovida de toda su Correspondencia[53], la sola en que revele un temblor humano aquella voz siempre firme y serena, pero también austera y fría como el deber:

«... En el momento de nuestra separación, en el camino, durante mi viaje de vuelta, y desde entonces á cada hora, mi querido marqués, he sentido por vos todo el respeto, todo el cariño que me ha inspirado vuestro mérito personal en esos largos años de una relación íntima. Mientras nuestros carruajes se alejaban uno de otro, me preguntaba á menudo si os había visto por última vez; y, á pesar de mi deseo contrario, mis temores me respondían que sí. Recordaba en mi espíritu los días de mi juventud; hallaba que hacía mucho tiempo que habían huído para no volver más, y que descendía ahora la colina que he visto disminuir durante cincuenta y dos años delante de mí ... Sé que no se vive muy viejo en mi familia; y, aunque soy de constitución robusta, debo prepararme á descansar muy pronto en la fúnebre morada de mis padres. Estos pensamientos obscurecían para mí el horizonte, esparcían una nube sobre el porvenir: por consiguiente, sobre la esperanza de volver á veros. Pero no quiero quejarme: he tenido mi día ... No encuentro palabras que expresen todo el afecto que os profeso, y no intento hallarlas ...»

¡Palabras solemnes y conmovedoras en cualquiera boca, pero cuyo real alcance y pleno valor, en la de Washington, sólo pueden apreciar y medir quienes hayan estudiado su vida y carácter; leído, sobre todo, su correspondencia, que comienza en la juventud y termina la víspera de su muerte, sin que jamás, al dirigirse á su mujer, á su hermana, á su hija adoptiva, á sus amigos de cuarenta años, se vuelva á encontrar una confidencia efusiva, un arranque espontáneo y natural, parecido al que acabo de citar ...

En el parque que se extiende tras de la casa, por las calles geométricas del jardín, dibujado, tallado, rastrillado escrupulosamente, con sus arriates de boj trazados con regla y compás, según el viejo estilo francés que tan bien cuadraba al carácter del dueño; en todos los puntos y rincones del cortijo, de la cocina al palomar, las romerías diarias de cuarenta años han dejado huellas de sus pasos, trayendo y llevando reliquias pueriles, grabando fechas é iniciales, arrancando hojas y ramilletes, cargando con astillas y cascotes conmemorativos. Entre los peregrinos de hoy, está un farmer de Minnesota que repite periódicamente la romería, para comprobar el crecimiento de un fresno que él mismo trajo y plantó hace diez años: le encuentro de guardia al pie de su arbol de donde no se mueve en todo el día, recitando á los concurrentes sucesivos la historia de su ash-tree, con más convicción que el guardián de las reliquias de una catedral.—De tales minucias y preocupaciones pueriles se componen todos los cultos, y el fetichismo varía en la forma y el objeto sin cambiar en su esencia simbólica. La humanidad es un niño secular que crece siempre en estatura sin llegar nunca á la mayor edad ... Al retirarme, camino del embarcadero, vuelvo á pasar tras de la tumba, y leo en el arco de la bóveda esta inscripción evangélica, en ese viejo inglés casi tan venerable como el latín de la Vulgata, pues es el que ha vibrado en los labios de John Knox y William Penn, de todos los reformadores y mártires del protestantismo: «Yo soy la resurrección y la vida. El que creyere en mí, aunque hubiere muerto, vivirá»[54].

Puede Washington esperar en paz la resurrección de la carne, en que creyera su fe sencilla; su gloria, su alma, su espíritu, lo que vale del hombre, no ha muerto ni morirá. Las mismas supersticiones, de que es objeto su culto patriótico entre su pueblo, son la mejor prueba y salvaguardia de la inmortalidad. Mejor que la verja de hierro de su sepulcro, la leyenda piadosa preserva su memoria y embalsama su vida, defendiéndolas contra las tentativas de la realidad. No se ha escrito, ni probablemente se escribirá jamás, una historia exacta y filosófica de Washington: todas las que llevan este nombre, desde la de Marshall hasta la de Witt, pertenecen á la hagiografía. No se intentará revelar al hombre intermitente y falible, debajo del héroe sacramental. Nadie enseñará sus preocupaciones de raza y de fortuna, sus estrecheces de concepto, su limitado vuelo intelectual, la frialdad de sus afectos, la violencia orgullosa de su carácter, la rigidez de principios que llegó alguna vez hasta la inhumanidad, su desconocimiento «virginiano» de las tendencias democráticas que, con Jefferson y sus sucesores, iban á lanzar al país por la pendiente irresistible,—mucho menos se sacarán á luz sus injusticias y flaquezas humanas ... Con su estrategia de antiguo agrimensor, sus victorias de general de milicias sobre tres regimientos de enganchados hessenses y hannoverianos (Trenton y Princeton), quedará «el primero en la guerra y el primero en la paz», ¡en el siglo que comienza con Napoleón y termina con Moltke! Se celebrará siempre, como un sacrificio sublime, el abandono del poder en quien, calumniado, vilipendiado por la prensa encanallada que tan numerosa prole dejara allí, no aspiraba sino al reposo, y exclamaba violentamente en pleno consejo de ministros: «¡Antes en la tumba que en otra presidencia! Rather in my grave than in the presidency!»—Todo ello, porque simboliza á los Estados Unidos y es la estatua erguida en el ápice de esa pirámide formidable, cuya base ocupa y llena un continente.

Este nuevo mundo había menester de otros dioses, nuevos como él y capaces de sustituir á los antiguos que se van, disecados por la ciencia y corroídos por la crítica.—Hé aquí uno, tan legendario é intangible, á despecho de su modernidad, como las creaciones gigantescas de la mitología. Nada prevalecerá contra él, mientras arda en el corazón humano la llama inextinguible del sentimiento y de la fe, mientras el sér efímero y miserable necesite buscar fuera de sí el ideal de fuerza y grandeza que la realidad no le brinda. Es necesario y bueno que así sea. Cada nación quiere arrancar de un Fiat lux repentino y sublime, y coloca en el origen de su historia al héroe infalible y omnipotente de quien todo nace y procede.—En vano será que la ciencia demuestre que el río caudaloso se forma con el derrame de cien vertientes sucesivas, de mil raudales afluentes que contribuyen á engrosarlo sin tregua hasta el delta de su estuario: el hombre querrá siempre buscar, por entre las tinieblas y penurias, la roca misteriosa y lejana de cuyo seno mana el arroyo cristalino, que debe ser la fuente sagrada y única del Nilo Azul ...

Y yo mismo que estoy ahora discurriendo del simbolismo popular con el frío criterio de la ciencia, hé aquí que acabo de tropezar con un memento instructivo y filosófico; parece que he sido también alguna vez el peregrino ingenuo de aquella Meca americana: al transcribir estos apuntes, tomados el mismo día de mi segunda visita, hase escapado del cuaderno una hoja de álamo blanco recogida en Mount Vernon ...