Poco á poco, alrededor de este núcleo material, vienen á envolverse mil datos y nociones fragmentarias, desprendidas de la sociología de ambos países: jirones de historia, geografía, estadística, política, que se enlazan en torno de la percepción presente como las lianas en un tronco secular. Al pronto, parece que la evolución general de los dos pueblos rivales pudiera simbolizarse con la carrera de los ríos divergentes que, naciendo en el mismo macizo y descendiendo casi por el mismo paralelo, desempeñan, en su curso tan breve, misión tan diferente y alcanzan tan diverso destino.—Frente á la evolución histórica del pueblo chileno, tan precisa y práctica en su marcha ascendente, se recuerda cuán dolorosa y contradictoria fuera la revolución argentina, siempre fluctuando entre los conflictos renacientes de la barbarie primitiva y la importada civilización, y remedando, con sus rápidos adelantos y sus bruscos retrocesos, los cataclismos elementales de un mundo en formación. Se admira involuntariamente el trazado tan neto y lógico de la primera, que forma cabal contraste con el tanteo penoso de la segunda; y, desde luego, se entra á desconfiar de que la exageración territorial, las realizaciones democráticas y liberales, el mismo incremento material sólo debido á la avenida europea, sean factores absolutos de grandeza nacional.

Pero, la duda no se prolonga. Con sumar mentalmente á Santiago con Valparaíso y compararlas á la sola Buenos Aires, renace la convicción de que ésta representa un esfuerzo civilizador que supera al de las otras agrupaciones urbanas de la América latina. Todos los extravíos pasados y presentes, lejos de aminorar este resultado, acentúan su importancia: si á esto se ha llegado luchando contra la corriente ¿qué no hubiera sido ayudándose con ella? Un lapso de medio siglo no es más que un día en la vida de los pueblos; y también es probable que se cumpla en sociología la ley biológica que proporciona el tiempo y los trabajos de la gestación á la longevidad é importancia del organismo engendrado. Volviendo entonces al punto departida, se descubre que el inmenso desierto argentino es la condición necesaria de esos colosos fluviales del Paraná y del Uruguay, depósitos de las grandes vertientes continentales, en cuyo seno se absorberían los Aconcaguas y Biobios sin alterar su nivel[1]. Por fin, sin dejar de aplaudir el espíritu de orden y economía que tan admirable partido ha sacado de un arroyo mediocre, se piensa que la misma corriente mendocina que vimos perderse en una travesía, embebe el subsuelo pampeano y contribuye á formar ese mar dulce que surgirá más tarde bajo la sonda del agricultor, continuando en otra forma y á la distancia su obra interrumpida de fertilización ...

Además de este concepto fortuíto, el viajero penetra en Chile con un conjunto de nociones más ó menos exactas, desprendidas de sus lecturas é informaciones anteriores. Al pronto, todo ello se aglomera para constituir un juicio a priori, provisional y fluctuante en los detalles. Esta hipótesis debe quedar flexible y rectificable; sin adelantar conclusión definitiva, sirve sobre todo para concretar las primeras impresiones confusas en torno de su núcleo consistente, del propio modo que un tronco de árbol en un delta favorece y activa el sedimento aluvial.

Puede escribirse de un país extranjero después de residir en él varios años, viviendo mezclado é interesado el escritor en la evolución colectiva, estudiando sus accidentes externos é internos, respirando largamente la atmósfera nacional hasta conocer al pueblo y su territorio en su historia, en sus órganos vitales y sus manifestaciones significativas. Parece que este método fuera el único practicable y legítimo; lo es, en todo caso, para escribir un libro de conjunto y dejar un documento duradero, si no definitivo. El método del viajero es casi fatalmente incompleto y superficial. Puede, sin embargo, no carecer de utilidad, y hasta suele contener un elemento precioso, casi siempre debilitado por la estancia prolongada: el choque vivo y directo del contraste. Esta impresión instantánea y sincera, en que se procede por comparación explícita ó sobrentendida, logra adquirir un valor inapreciable, si es analizada inmediata y escrupulosamente por un espíritu reflexivo. La sensación diferencial es la más espontánea y segura de todas; todas las otras sensaciones pueden ser ilusorias, pero la que comprueba una diferencia contiene siempre un fondo de verdad. No son, pues, necesariamente frívolas y despreciables las observaciones del transeunte, siempre que se formulen con buena fe, apoyadas en algún conocimiento anterior del país recorrido y referidas á un término de comparación que no sea ni muy análogo ni harto distante.—No necesito decir que, en este rápido bosquejo de Chile, la base de referencia no ha de ser mi país natal, sino la República Argentina: tengo para ello todas las razones de utilidad práctica y de conveniencia especulativa. Sobre un breve resumen de datos y rasgos significativos, procuraré asentar un juicio hipotético, una conclusión provisional, que someteré luego á la contraprueba de mis observaciones personales. Aunque fugaces y fragmentarias, éstas serán relativamente probantes si concuerdan con la teoría. No creo que exista otro método para que la impresión casi repentina del viajero que no es un simple descriptor alcance alguna eficacia documentaria. ¡Ojalá el que aquí habla no carezca en absoluto de perspicacia, como no le faltan la conciencia y la sinceridad, para que la observación directa y material sea una buena piedra de toque de las inducciones sacadas de la geografía y la historia!

Entre los factores sociológicos, son primordiales los permanentes ó lentamente modificables: así el suelo y la raza. Son componentes del primero, además de la extensión y naturaleza del territorio, su configuración general y situación geográfica, que rigen su clima y producciones. Ahora bien, entre todos estos elementos, sólo uno es común á ambos países limítrofes; pero es tal su importancia, que basta por sí solo para señalar una línea indeleble de separación entre éstos y los restantes del continente austral. En el grupo de las repúblicas latino-americanas, Chile y la Argentina son las únicas comarcas de vasta extensión cuyo clima y latitud correspondan á los de la región central europea.

Esta zona favorecida es la que parece, en la actualidad, plenamente adecuada á la civilización que llamaré «secundaria». México y el Perú, por ejemplo, han debido ser, por sus condiciones naturales, los asientos de la civilización primaria en América, lo propio que el Egipto y la India en el viejo mundo.—No es imposible, por otra parte, que en un porvenir lejano se establezca sobre las ruinas de la actual otra civilización «terciaria», más independiente del calor solar y del medio ambiente, y cuyos límites se extiendan hacia las regiones glaciales del norte y del sud. Pero, en el período presente y el futuro divisable, es evidente que los órganos complejos de nuestra civilización, fundada en la división del trabajo y las concurrencias nacionales, no se desarrollan y funcionan plenamente sino allí donde el clima intermedio y tonificante torna productiva la labor material y estimula el ejercicio del pensamiento. Con la identidad originaria de la raza europea,—muy modificada ya,—la analogía geográfica es, pues, el primer elemento común á la Argentina y Chile. Casi todos los otros son diversos, si no antagónicos; y ello ha bastado para crear, en tres ó cuatro generaciones, dos variedades sociológicas americanas profundamente distintas. Empero, y desde luego, no parece dudoso que en el continente sudamericano la hegemonía deba pertenecer á los dos pueblos favorecidos.

Para una población sensiblemente igual, que hoy mismo no alcanza á tres millones de nativos, la superficie de Chile (deduciendo las recientes anexiones) es la sexta parte de la República Argentina. Ahora bien, en el sentido americano, lo que significa la expresión organizarse nacionalmente, es, ocupar realmente el suelo bajo el triple aspecto demográfico, político y económico: abreviando las distancias despobladas y reduciendo los desiertos baldíos, multiplicando, por fin, las agrupaciones urbanas, ganglios sociológicos depositarios de la riqueza y transmisores de la civilización. La empresa acometida por uno y otro pueblo, durante el medio siglo de su evolución decisiva (1825-1875), ha sido, pues, tan desigual como la de dos propietarios que, con recursos presentes casi iguales, resolviesen amueblar y sostener sus casas respectivas, teniendo la una seis veces más capacidad y departamentos que la otra.

Así, desde el principio de la Independencia, el formidable problema de la organización nacional se ha planteado de una manera incomparablemente más accesible y resoluble para Chile que para la Argentina. En tanto que su medianía territorial (sin vedarle, como al Uruguay, las grandes ambiciones patrióticas) facilitaba una relativa condensación demográfica en los valles productores, su enorme alejamiento de Europa disminuía singularmente sus aptitudes como país de colonización. Á trueque de esta causa de lentitud en el desenvolvimiento económico podía alcanzar un grado mayor de homogeneidad y cohesión en su estructura social. El principio y el fin de cualquier estudio comparativo entre ambos países está resumido en esa última frase; todo lo que precede y seguirá no es sino su comentario.

Al hablar de la raza chilena, no debe confundirse la clase dirigente con la masa popular: si aquella capa superior es análoga por su origen á la correspondiente en las otras repúblicas hispano-americanas, no así la muchedumbre suburbana y rural. Al paso que la infiltración europea—fuera de la española primitiva—era muy escasa en el grupo superior chileno, es bien evidente que en la masa popular su mezcla infinitesimal no merece tenerse en cuenta. El dato demográfico que debe dominar constantemente todo paralelo entre estos pueblos limítrofes, es el siguiente: según el último censo de 1885, Chile contaba entonces, en todo su territorio, 26.241 europeos; ahora bien, ¡en el solo quindenio de 1871-1886 se han establecido en la República Argentina 650.000 extranjeros! Epilogad y reducid cuanto queráis: el rasgo diferencial queda indeleble, y es tan significativo que, lo repito, debe anteponerse á cualquiera otra consideración sociológica. Durante el solo año de 1884, por ejemplo, la Argentina se anexaba por la pacífica inmigración un número de agricultores europeos mayor que el de los peruanos y bolivianos amarrados á Chile por los resultados de la guerra. Admitiendo que ambos grupos anexos se hayan reproducido en proporción igual: ved ahí, por una parte, un contingente de chileno-peruanos, y por otra, un grupo igual de argentino-europeos, agregados al núcleo nacional respectivo: la consecuencia no ha de ser idéntica.

Es así como las leyes naturales de territorio y situación han creado las variedades sociológicas que con el tiempo, factor omnipotente, tendrán que acentuarse más y más. Mientras que la Argentina podía esperar los resultados de su evolución social por la mezcla é infiltración europeas, en Chile la necesidad desarrollaba en el propio seno, y casi con los solos elementos nativos, las aptitudes industriales, las virtualidades materiales é intelectuales, que forman la compleja estructura indispensable para la vida de un moderno organismo político. Siendo Chile una faja «de gran longura» y mediocre extensión entre la cordillera y el mar, tuvo su pueblo que procurar laboriosamente su desarrollo, ocupando la costa, surcando el océano civilizador, atacando la montaña receladora de tesoros ocultos, apropiando, por último, la zona intermedia y los valles centrales á la alimentación del grupo entero. Todo fachada sobre el Pacífico, ha sido marino, dedicado al tráfico internacional, y, á las veces, preparado para las conquistas litorales; al hacerle minero, la cordillera, que protegía su espalda é invadía su territorio escaso, le impuso también la obligación, como le enseñó los medios, de cultivar intensamente el suelo ingrato, abriendo sendas y canales, cortando, cavando, nivelando, luchando victoriosamente con la estéril arena y la roca enemiga. El aislamiento y la pobreza, por fin, acostumbrándole de antiguo á bastarse á sí mismo, fomentaron su tendencia fabril; y este propietario de las islas de Juan Fernández parecía en verdad predestinado á realizar en América el tipo nacional de Robinson. Agricultor, marino, industrial: sin influencias externas ni mezclas exóticas, ascendió rápidamente á una situación sociológica superior á la de otros pueblo más ricos, casi exclusivamente pastores ó expendedores de productos preciosos.