CHILE
LA ESTRUCTURA NACIONAL
Del cerro andino cuya meseta terminal separa las vertientes argentina y chilena, manan los dos arroyos que, al engrosar en breve su caudal propio con diez corrientes adventicias, dilatarán en la hoya respectiva su faja sinuosa hasta venir á ser los ríos de Mendoza y Aconcagua.
¡Aquí el rendez-vous de las prosopopeyas y frases hechas! Retórica obliga. Se llega cansado, hambriento, aterido y abrumado por la trasnochada á mula; harto de valles y quebradas uniformemente pintorescos, con la misma a «sierpe de plata» que se retuerce entre peñascos, reverberando al sol sus móviles escamas. Horas hace que no se alzan los ojos hacia las areniscas y conglomerados de la serranía; nos han fatigado hasta las visiones fantásticas que el crepúsculo y la distancia evocan: ruinas de castillos y catedrales disformes cuyos sillares colosales fueran los estratos ondulantes, remedando las estrías verticales de la roca ya góticas columnatas sin bóveda visible, ya juegos monstruosos de órganos para el Juicio final—con las nevadas cúpulas del Tupungato y Aconcagua sobre el poniente lívido ... No importa: es asunto entendido que, al pisar la cumbre, Perrichón ha estallado en gritos sublimes: «¡Dios! ¡Providencia! ¡Inmensidad! ¡Eternidad! ¡¡Oh!!..» Todo lo cual será redactado, tres días después, en un confortable hotel de Valparaíso, ¡y bien empenachado de signos admirativos!
La cordillera es imponente y bella; pero la cumbre no es más que su peldaño final, el menos interesante de todos; se la salva sin verla, embotados los sentidos por lo prolongado de la misma sensación. Por lo demás, así en lo físico como en lo moral, el último paso no conmueve ni sorprende: ha sido previsto, anunciado, descontado. Cuando la fortuna, el amor, la gloria cumplen al fin su gran promesa, llegan demasiado tarde; nos hemos saciado con la ilusión, la realidad nos deja tristes. Las emociones preliminares han agotado de antemano la del triunfo; la fruta madura tiene resabio de ceniza, y el destino nos brinda la copa llena cuando ya no tenemos sed.—En sí mismo, el paisaje carece de variedad y hasta de majestad. El paso de la Iglesia y la cumbre del Bermejo, á pesar de su altitud absoluta, son dos boquetes ó portillos, dos depresiones entre alturas mayores: es mediocre el horizonte contemplado. El cerro próximo, descarnado y sombrío, corta duramente el azul metálico del cielo; en los repliegues de la roca, algunas chapas de nieve hacen centellear sus agujas finísimas, cual hojuelas de mica; asoma la arcilla húmeda y negruzca debajo de la capa fundente: ello es la «corona inmaculada» de la poesía de bufete. Interminablemente, á lo largo de la senda estrecha, desgarrando la delgada epidermis caliza, las vértebras de la cordillera se suceden en rosario de peñones; y se roza con el estribo la cornisa sublime que, desde el valle, admirábamos ayer.—Ni un asomo de vegetación, ni un grito de ave, ni una fuga de insecto entre las grietas. Allá abajo, en el fondo del abismo, como un lustroso rastro de babosa en una piedra obscura, el torrente coagulado en su quebrada se alarga indefinidamente, terso é inmóvil por la distancia, sin una arruga, sin un rumor; en el aire rarefacto, un principio de fatiga y ansiedad penosa acrecienta la impresión de abandono, de soledad, de inhospitalidad. El hombre no se siente aquí pequeño, como suele decirse: tiene la vaga conciencia de ser un punto extraño, un detalle chocante en un medio hostil. Es este un paisaje lunar, reino inviolado del silencio y de la muerte, en cuya atmósfera esterilizada y glacial nuestra vida terrestre procura en vano el más efímero asiento. Concibe la imaginación la grandeza salvaje, el horror sublime de una noche de invierno en estas soledades, cuando la tempestad de nieve desata los ventisqueros y arroja al precipicio los aludes erráticos: pero tales cataclismos no se perpetran para ojos humanos, así como las erupciones volcánicas de nuestro helado satélite ... Ahora, la tibia caricia del sol amigo, la solidez del piso que retumba bajo el casco del la mula, el silbido del arriero indiferente, al desvanecer toda inquietud en la cruzada, acentúan su vulgar monotonía. Durante la breve travesía de la planicie divisoria, la sensación dominante no es otra que el deseo de bajar y divisar la posta del Juncal. Como el Augusto de Corneille, se experimenta la nostalgia de la llanura:
Et monté sur le faíte, on aspire à descendre...
Entre tanto, con mi hábito de la observación interna, me doy cuenta de que el desarrollo del paisaje, además de su reproducción pintoresca en la imaginación, ha movido la reflexión que creía adormecida: descubro que he pensado, además de soñar. Lentamente, en el espíritu casi pasivo, se está elaborando un concepto general, una como transposición abstracta del panorama material, provocada inconscientemente por las semejanzas y contrastes de la doble vertiente andina, trepada y descendida desde Mendoza. Poco ó nada ha cambiado en la decoración natural, en el aspecto de los sitios. Los accidentes de la montaña permanecen casi idénticos á los de la hoya argentina. La implacable serenidad del cielo bíblico se aviene siempre con la severidad adusta de las quebradas grises é impone el mismo sentimiento de postración. Me ocurre que las separaciones políticas han de ser más sutiles que las de la naturaleza ... Pero, muy luego, percibo netamente cierto cambio inicial: se nota lo escarpado de la pendiente chilena por la aspereza mayor de la bajada y los saltos bruscos del arroyo Juncal, primer tributario del Aconcagua. La misma falda, en el descenso, exhibe una primera prueba del enorme desnivel: hacia la derecha, en la intersección de las pendientes del Portillo, una vasta laguna, llena hasta rebosar en su pila ovalada, despliega deliciosamente bajo el cielo azul el virgen cristal de sus ondas glaucas, que sólo bañan el ala de las aves de paso. ¡Encantadora sorpresa! Es la primera «sonrisa húmeda» de esa Iliada de piedra y el anuncio próximo de otra Cibeles enternecida. Á poco, en los declives del Juncal, la enjuta vegetación asoma como un vello ligero en las paredes lisas de la roca; las verbenas y llaretas tapizan ya las depresiones del terreno, y las calandrinas alzan sus flores de púrpura por sobre la masa herbácea de las cañadas. Después de los arbustos de matorral, arrayanes y espinos, primeros triunfadores de la aridez ambiente, crecen laboriosamente las hayas y acacias en las riberas más clementes; los cactos erizados, los cirios rígidos yerguen en las pendientes más ásperas sus candelabros verticales. Pero, en el Salto del Soldado, las parásitas y enredaderas se enlazan ahora en los troncos de las encinas y nogales; el río ha ensanchado más y más su cuenca ya irrigable; las acequias orillan alegremente el rudo sendero pedregoso. Entonces, bruscamente, una erupción de frondosidades invade el paisaje: sauces, olmos, castaños, todo el reino cultivado ha tomado posesión del suelo humedecido; los altos cortinajes de las alamedas limitan los alfalfares y viñedos; las casas de campo y blancas alquerías emergen de los trigales y praderas: y Santa Rosa de los Andes, dormida en su marco de festones vegetales, anuncia la entrada en el espléndido valle de Aconcagua, gloriosa diadema de la patria chilena, populoso y fecundo como un pedazo de Francia, y donde todos los plantíos de la zona templada prosperan magníficamente. En un trayecto de pocas leguas, la flora ha recorrido la escala que en la opuesta vertiente requiere varios días para trasponerse, desde los pobres sembrados de Uspallata hasta los opulentos dominios de Santa Fe y Buenos Aires. Algunas horas más y se entra en Valparaíso: en menos de un día se ha cruzado á todo Chile, de la cordillera hasta el mar.
Desde el primer día, en efecto, hiere la vista esa diferencia fundamental entre las dos regiones: dos epítetos que parecen triviales, y son profundamente significativos, vagan constantemente en los labios, al recorrer la accidentada falda chilena y la vasta llanura argentina: todo lo que pertenece á la primera trae adherido el calificativo de circunscrito, con todas las ideas conexas de altura, rigidez, densidad; del propio modo que evoca la segunda todas las derivaciones de lo ilimitado: amplitud, espacio, desarrollo sin fin. Y lo característico de esas voces que creíamos provisionales, es que preesisten después del examen detenido y del doble estudio histórico y sociológico, cual si entrañaran una definición completa en su imperiosa brevedad. Veremos cómo, sin deliberación ni prejuicio, todas las conclusiones materiales y morales respecto de Chile tienen por rasgo definitivo la condensación, del propio modo que las que á la Argentina se refieran evocan la noción opuesta de expansión.
En pocas leguas, antes de la confluencia del Putaendo, la adjunción del Juncal, del río Blanco y del Colorado han constituído al caudaloso Aconcagua, que riega copiosamente sus fértiles vertientes y, por cien canales abiertos que lo dejan casi exhausto, lleva la abundancia y la vida á las valiosas haciendas de Santa Rosa y San Felipe, rodea luego á Quillota, cada vez más lento y como deseoso de prolongar su obra fecunda, antes de cruzar la sierra de la costa y perderse en el mar. Como un pequeño Nilo, en su breve curso de 150 kilómetros ha derramado la prosperidad en toda la zona atravesada; aunque más y más detenida su velocidad inicial de torrente andino, tanto ha rectificado su curso que, salvo el sinuoso recodo de Quillota, el río casi sigue el camino más corto de su hoya; en un solo día ha concluído su misión benéfica desde la cordillera hasta el Océano. Compréndese que en esta faja estrecha y volcada hacia el Pacífico no haya espacio para los desiertos inmensos de la sabana argentina; y la comparación de esta corriente, tan bien empleada, con su antagónica de la vertiente opuesta se impone irresistiblemente. ¡Qué diferencia entre el laborioso Aconcagua y el río de Mendoza que abandonamos ayer! Apenas bañada la mínima parte de la provincia natal, muy lejos aún del mar buscado, muy antes de cruzar la pampa sedienta, desfallece nuestra corriente «criolla» y se arrastra perezosa hasta perderse en una laguna cenagosa é inerte ...