Recordó el cacique los robos, insultos, &c., &c. que decia habian recibido repetidas veces por los comandantes y paisanos. Se remontó al siglo pasado para comprobar con antecedentes la causa ú orígen de este mal. Hizo ver con los mismos sucesos el mal estado de la policía de la frontera, quedándose las partidas de tráfico muchas veces sin tener como efectuar su retirada, por la pérdida de sus cabalgaduras, y muchas mas las que tenian que vender sus efectos, no á los precios corrientes, sino al que la codicia de los comandantes ó corraleros les imponian, sacrificando de este modo los intereses, cuando no experimentaban mayores males: que pedian á la Comision hiciese esto presente al Gobierno, y se estableciese el órden en este ramo, castigando a los delincuentes. Que exigian igualmente que sus chasques ó enviados no fuesen detenidos tanto tiempo sin poder hablar al Gobierno cuando arribasen con embajadas: que este desprecio que hacian de ellos querian que se reformase, y se les tratase como á amigos; mas que estas demoras los perjudicaba en sus intereses: que repetian segunda vez, como base de lo pactado, que todas las estancias y poblaciones que estuvieren situadas al otro lado del Salado, se retirasen, en el término de un año, á la parte opuesta, dejando todo el terreno á sus poseedores (la tribu pampa): que este acto sellaria una paz duradera: que de lo contrario seria inevitable el rompimiento de la guerra, si no se cumplia lo pactado en el término prefijado.

Esto mismo se acordó en los artículos estipulados en la reunion general, como lo digimos. ¿Puede acaso tener lugar esta peticion?.... Es menester que nos convenzamos y conozcamos, lo que debemos hacer.

Convinieron los reunidos en seguida, que auxiliarian, cado uno con una pequeña partida, ó algunos indios de los parientes de cada cacique, para que la acompañasen, no siendo necesario mas auxilio, porque no habia necesidad de él: que el camino estaba bueno, y que debiamos dirigirnos á la Guardia del Monte, estraviando rutas por precaucion: que los indios de los otros caciques no se reunirian hasta dos ó tres dias, porque tenian que prepararse para el viage: que en este intermedio adelántasemos camino, y que nos alcanzarian. Así se resolvió, y marchar al dia siguiente á los toldos del capitan cona á aguardarlos, y de allí partir sin detenernos.

El cacique Lincon reiteró de nuevo su amistad con sus brazos en el cuello del Comisionado. Su sensibilidad se dejó ver en este acto: dijo por último, "que habia completado la obra de proteccion que desde el principio se habia propuesto: que sentia un placer interno que lo lisonjeaba, haber servido á un amigo antiguo, y á la provincia con su amistad: que esta era la causa qoe lo impulsaba á jamas abandonar esta lisonjera idea." Se despidió el buen viejo, lanzando sus ultimas miradas sobre los objetos que habian ocupado su atencion, y lo habian desvelado todo el tiempo que les sirvió de custodia. Los demas caciques se despidieron con sus gentes y se marcharon.

En la reunion arribaron dos chasques de los Andes. Estos venian á dar cuenta en nombre del cacique araucano, Victoriano, á todos los caciques de estas comarcas, de un triunfo que habia conseguido sobre un partido rival suyo: que la guerra civil hacia extragos entre los mismos indígenas, y que dicho cacique estaba victorioso: que habia trabado una batalla con 4,000 hombres por ambas partes, y que habia salido vencedor; que habia conseguido entablar el órden, é invitaba á todas estas tribus á que hiciesen las paces con la provincia.

En el mismo dia se puso otro oficio, dando cuenta al Gobierno de lo acordado en la reunion, y del dia que debiamos partir. [{153}]

El 17[61] á las 9-½ nos pusimos en marcha á la laguna y toldos del cacique Antiguan, con rumbo E 4° N: hicimos 1-2/3 leguas de jornada é hicimos alto en los toldos del cacique cona. Fuimos bien hospedados. En el momento de parar, se nos acercó toda la poblacion vecina al pedimento de sus vicios acostumbrados.

El capitan cona por despedida fué obsequiado, lo mismo que el cacique Huilletrur su hermano. Ambos ofrecieron que sus hijos y hermanos acompañarian á la Comision hasta la capital. El capitan cona, complacido de ver de vuelta á la Comision, por la que habia hecho tantos esfuerzos, y por cuyo feliz éxito se hallaba interesado por conseguir afianzar su opinion, y para que sus servicios reputados como tales, le mereciesen una recompensa, no podia menos en su visita que halagarla, y corresponder de un modo amistoso á las consideraciones que ella le habia dispensado. Invitó á la Comision á comer en su toldo. La Comision aceptó la oferta y pasamos á él: á pocos minutos que allí estuvimos, nos retiramos.

El pequeño ambigú era mas bien para no mirarlo que para el objeto á que se le destinaba: el desaseo y el mal olor de la miserable choza la hacian mas bien una habitacion de animales feroces que de hombres, por mas salvages que fueson. La disposicion de los platos y el asado que nos presentaron eran asquerosos, y la inmundicia en que estábamos no nos permitia quedarnos allí mas tiempo. Por no desairar á la buena disposicion y sentimientos del invitante, y de Madama Antiguan, tomamos lo muy preciso para que no pudiese causarnos una enfermedad. Nos retiramos, y quedaron contentos.

En el toldo habia mas de 30 personas que allí habitaban: ocho ó diez jóvenes en rueda, jugando el dado y naipes, y las mugeres que preparaban las comidas y los asados para ellos. Es inesplicable la holgazaneria y repugnancia al trabajo de estos hombres. Las mugeres son las que desempeñan sus obligaciones, á mas de cumplir con las cargas que una dilatada familia les impone.