La Fuente-Castellana, con su dilatado horizonte de lontananzas espléndidas, con su diáfano, vastísimo cielo, con sus fantásticas perspectivas, en que se destacan á lo lejos las torres y las cúpulas de Madrid; con sus áridas cercanías donde proyectan largas sombras los endebles y desarropados árboles heridos por los rayos horizontales del sol poniente, no es un paraiso que digamos para los que nacimos en la feraz Andalucía; pero tiene—y esto nadie podrá negarlo—no sé qué belleza propia de las llanuras, no sé qué majestad, no sé qué embeleso, no sé qué melancolía peculiar del Desierto y del Océano, de las soledades del frío y de las soledades del calor, del Polo y del Africa, que me agrada soberanamente.

¡Dulce es, repito, dar un par de vueltas por este paseo de tres á cuatro de la tarde!—La flor de las mujeres de Madrid (que es como si dijéramos la flor de las mujeres de España, dado que toda España nos remite anualmente la flor de sus hermosuras), la flor de las españolas, pues, y, por consiguiente, las mujeres más bellas ó más seductoras del mundo, recorren á pié, en coche ó á caballo aquellas larguísimas calles arrecifadas. Las damas principales de la corte; las que menos se prodigan; aquellas que los profanos sólo alcanzan á ver alguna noche, durante una hora, en el teatro Real; las flores de invernadero; las mortales, en fín, de quienes está uno por creer que hadas misteriosas las sacan del lecho á las dos de la tarde, las bañan, perfuman y visten, y las tienden sobre un sofá ó sobre una carretela, donde siguen pensando en su hermosura...; esas reinas de la moda, emperatrices del gusto y diosas del amor, revolotean por allí como brillantes mariposas, y óyese el crugido de sus botas sobre la arena ó de su vestido contra vuestro pantalón, y aspírase un fugitivo aroma de violeta, y óyese acaso una codiciada voz, y véselas por ultimo montar en su carruaje...—operación que no ejecutan sin dar al propio tiempo el golpe de gracia á los que las miran...

Me parece que me he explicado.

II.
LA SEMANA SANTA.

«Per troppo variar natura é bella»—dicen hasta los que no saben el italiano: y es la pura verdad.

El mundo—entendiendo por mundo á los habitantes de la Tierra, y no á todos, sino á esos bípedos-implumes que los optimistas han dado en llamar racionales (lo cual, dicho en absoluto, es tan temerario como llamar oro á todo lo que reluce),—los hombres, digo, lo han comprendido así: esto es, han comprendido que la Naturaleza es bella por lo demasiado varia, y, á fín de no ser menos que su madre, han puesto todo su prurito en dar variedad á la vida civil, á la vida social, ó como queráis llamarle á esta vida de perros que llevamos los pueblos civilizados.

En su consecuencia, tenemos (ciñéndonos ahora á lo que pasa en Madrid) que de los doce meses del año no hay dos en que los descendientes del gran cesante llamado Adan distraigamos nuestros ocios de una misma manera.

Enero es el mes de los estrechos, de los aguadores y cocheros que creen en la venida periódica de los Santos Reyes, del cerdo de San Antón, del tarjeteo, de los bailes aristocráticos, de los patinadores, y de la toma de posesión de los concejales nuevos.

Febrero brilla por sus bailes de máscaras, por sus teatros caseros, por su rifa de la Inclusa y por su Carnaval plagado de estudiantinas y de hombres vestidos de mujer.

Marzo, por sus vigilias, su día de San José, sus sermones, sus novenas y sus setenarios.