Abril, por su Semana Santa.
Y no paso adelante, pues que estamos en Abril y hoy es domingo de Ramos.
¡Ved! Los mismos carpinteros que ayer improvisaban un tablado sobre las butacas de los Teatros para disponer aquellas mascaradas frenéticas de toda una noche, que terminaban siempre con la consabida galop infernal, arreglan hoy en las Iglesias los Monumentos del Jueves-Santo: las mismas damas que diableaban hace un mes en el Teatro Real bajo un antifaz de seda, ó mejor dicho, sin el antifaz que usan todo el año, se preparan hoy á pedir limosna para los niños de la Inclusa en las puertas de los templos: los tertulios de sus salones y de sus palcos, ó los ginetes que en el Prado suelen acercarse á la portezuela de sus coches, son invitados, no á una soirée, ni á una conferencia matinal en el tocador, ni á un día de campo en Aranjuez, sino á San Luis, á San Antonio de los Portugueses ó á Santo Tomás, á que contribuyan con un pedacito de oro á dejar bien puesto el pabellón de las bellas postulantes: los más empedernidos Lovelaces obedecerán el Jueves á tan piadosa intimación, después de lo cual se plantarán en frente de las iglesias á ver entrar y salir á las mujeres, lo mismo á las casadas que á las solteras y á las viudas, pareciéndose en esto á aquel de quien se dijo:
El señor don Juan de Robres,
con caridad sin igual,
hizo este santo hospital
y también hizo á los pobres.
Item.—El paseo público se traslada el Jueves á la calle de Carretas, y el Viernes á la calle Mayor.—Estos días no ruedan sobre los adoquines de la corte más carruajes que las diligencias, las sillas-correos y los carros de la limpieza. Los soldados llevan los fusiles á la funerala, con la culata hacia arriba. En lugar de campanas, suenan carracas en las torres de las iglesias. Los tambores están destemplados... de intento. La bandera nacional, izada á media asta sobre los edificios públicos, pregona el duelo. Todo, pues, ha cambiado de forma, de sitio y de hora; pero la gente es la misma, y mañana no se acordará de la compunción religiosa de hoy, como hoy no se acuerda de las calaveradas de ayer.
A los buenos católicos, que aún somos muchos en España, nos ofende este aire frívolo de la Semana Santa de Madrid; pero, en cambio, como á buenos patricios que somos también, nos llena de orgullo y de satisfacción el irresistible garbo con que las madrileñas lucen estos días por esas calles de Dios la nunca bien ponderada mantilla española.
¡La mantilla española!—¡He aquí la verdadera heroina de la Semana Santa!
Yo admiro y amo el sombrero francés; pero no puedo menos de cantar las excelencias y ventajas de la clásica mantilla, bandera nacional de nuestras mujeres...
¡Y bandera negra, vive Dios..., hasta cuando es blanca! ¡Enseña de una guerra sin cuartel! ¡Símbolo de amores á vida ó muerte!—¡Bandera tan negra como los odios, como los celos, como las trenzas de pelo regaladas á media noche y los demás enseres del guarda-ropa de las pasiones meridionales! ¡Bandera tan negra como los ojos de las mantenedoras y como la sangre de los que penan por su querer! ¡Bandera negra que no arrancarán de los hombros de nuestras andaluzas todas las ladys y demoisselles del mapa-mundi!
Pido, pues, que se coloque una mantilla nacional en la basílica de Atocha.