III.
EL SÁBADO DE GLORIA.
¡Alleluya! ¡Tiremos los trastos por la ventana!... ¡Llegó la hora de tocar á gloria!
La semana anterior todo era silencio y tristeza... hasta cierto punto: las campanas, los coches, los pianos, los organillos, las murgas, todos los ruidos gozosos de la capital habían callado. Los teatros estaban cerrados, las tertulias... ¡perdone usted por Dios! Ni un baile; ni un concierto; ni un alma en el Prado; ni un carruaje en la Castellana.—Nada, en fín, daba idea de la gran vida de la corte.
Las noches eran eternas. Los madrileños se aburrían como provincianos. Para ver á las muchachas, era necesario hacer lo que en tiempos de Calderón; rondar á la puerta de las iglesias. ¡Y, cual si esto no fuese bastante, el viento silbaba lúgubremente, y la lluvia se divertía, como los pastores de la Arcadia, en hacer correr á las doncellas... con los miriñaques al descubierto!—¡Qué días!
¡Y qué trasformación!
Las campanas estremecen el aire, y los coches se estremecen sobre el escabroso piso de la gran capital.
Los carteleros vuelven á empapelar las esquinas con anuncios de teatro.
Los que por la mañana salen á negocios, oyen nuevamente las interrumpidas lecciones de canto y piano que dan entre el chocolate y el almuerzo las hijas de los que tienen dinero, ó las huérfanas de los que se lo dejaron; y el transeunte, si es demasiado soltero, al escuchar un aria mal cantada ó peor tocada, adivina, allende la vidriera (que alguna fámula limpia tarareando el malagueño), á la señorita de la casa, despeinada, mal envuelta en una bata y un mantón, fluctuando entre los recuerdos de la pasada noche y los planes de batalla que piensa dar á la tarde en el Prado, ó después en el teatro... Y el hombre de negocios sigue su camino entre un aluvión de cocineras, que vuelven de la plaza con las provisiones vedadas desde el Miércoles Santo; pues ya va á sonar en las cocinas la hora de la resurrección de la carne...;—lo cual sienten muchísimo los que gustan más del pescado!
Las recién llegadas golondrinas hienden el aire, rozando á veces los adoquines con sus alas, en tanto que las lilas y las rosas abren sus perfumerías en los jardines públicos y privados.