Los tenderos, los sastres y las modistas exhiben sus géneros primaverales. Apáganse las chimeneas y las estufas. Desaparecen las copas y los braseros. Y los manguitos, las capas y los abrigos de todas clases quedan en situación de reemplazo hasta el año próximo, no sin espolvorear antes sobre ellos alcanfor y pimienta quebrantada.
Los balcones empiezan á verdear. Las jaulas de pájaros permanecen en ellos toda la noche, lo que produce deliciosos conciertos callejeros por las madrugadas. En las plazas poco transitadas nace alguna yerba entre el empedrado, y en el corazón de los que ya no tienen corazón se despierta no sé qué hambre de amor y de vida, de gloria y de felicidad que hace dificultosa la respiración y largas las horas del anochecer...
Los cementerios merecen también las atenciones de Flora, y se ponen tan lindos y perfumados estos días, que es un gusto pasarse allí la siesta leyendo novelas de amores ó pensando en los medios de llegar á ser excelentísimo señor.
¡Oh... sí! En todo se advierte que la naturaleza ha tocado también á gloria. En la Carrera de San Jerónimo sacuden las alfombras del Congreso, próximo ya á reanudar sus tareas. Las reuniones literarias, tan de moda este año, vuelven á sus honestos recreos..., y dentro de pocas semanas se prolongarán las sesiones del Prado hasta las once de la noche...
¡Allí están ya las sillas, testigos de tantos duos en mí mayor, esperando nuevas veladas cariñosas en que se desenlacen los dramas sentimentales del pasado invierno!...
¡Oh Dios! ¡Todos los años lo mismo! Y, sin embargo, ningún año nos perdona los consabidos doce meses de existencia.—Está visto: esos pequeñuelos que juegan por las tardes en el parterre del Retiro, en la Fuente de Apolo y en la Plaza de Oriente, acabarán por quitarnos nuestros papeles de galanes jóvenes, relegándonos al de barbas.
IV.
LA NUEVA PRIMAVERA.
Vuelvo á mi canción de siempre.
No hay bien ni mal que cien años dure; y en consecuencia de esto, nuestro insigne Quintana ha bajado al sepulcro á los ochenta y cinco años de haber nacido.—Hanle enterrado, y pax Christi.
España es un templo que se hunde. Hoy sopló el viento un poco fuerte, y ha venido á tierra un arco, una torre, una columna..., lo que quiera que haya sido Quintana. Los periódicos religiosos han cogido el derrumbado fragmento, y han apedreado con él á los liberales.—El sol ha seguido dando vueltas como si tal cosa.