ace muchos años (¡como que yo tenía siete!) que, al oscurecer de un día de invierno, y después de rezar las tres Ave-Marías al toque de Oraciones, me dijo mi padre con voz solemne:

—Pedro: esta noche no te acostarás á la misma hora que las gallinas: ya eres grande, y debes cenar con tus padres y con tus hermanos mayores.—Esta noche es Noche-buena.

Nunca olvidaré el regocijo con que escuché tales palabras.

¡Yo me acostaría tarde!

Dirigí una mirada de desprecio á aquellos de mis hermanos que eran más pequeños que yo, y me puse á discurrir el modo de contar en la escuela, después del día de Reyes, aquella primera aventura, aquella primera calaverada, aquella primera disipación de mi vida.

II.

Eran ya las Animas, como se dice en mi pueblo.

¡En mi pueblo: á noventa leguas de Madrid: á mil leguas del mundo: en un pliegue de Sierra-Nevada!

¡Aún me parece veros, padres y hermanos!—Un enorme tronco de encina chisporroteaba en medio del hogar: la negra y ancha campana de la chimenea nos cobijaba: en los rincones estaban mis dos abuelas, que aquella noche se quedaban en nuestra casa á presidir la ceremonia de familia; en seguida se hallaban mis padres, luego nosotros, y entre nosotros, los criados...

Porque en aquella fiesta todos representábamos la Casa, y á todos debía calentarnos un mismo fuego.