—¡Ah! ¡ya lo creo! (respondió el constructor). Pero este hospital es general, y vendrán á él los tres sexos... ó, lo que es lo mismo, los hombres, las mujeres y la tropa.

Pues bien: la lista de mis relaciones comprende desde la tropa hasta los artistas, desde los periodistas hasta los académicos, desde los autónomos hasta los autócratas, desde el clero hasta los bohemios más trasnochadores, desde las niñas más inocentes hasta los ancianos semifósiles que ya no pertenecen á este mundo.

Tal es Madrid, y ya explicaré alguna vez en qué consiste esto. Básteme por hoy observar que la alta sociedad madrileña es esencialmente democrática; que todas las clases están confundidas en una sola, cuyo nombre podría ser la gente tratable, y que este potpourrí tiene sus grandes ventajas y sus pequeños inconvenientes.

Conque prosigo.

Entre mis relaciones figura, y en lugar muy preferente por cierto, una Marquesa viuda, que ha sido morena, pero que ya no lo es, gracias á los progresos de la química; poseedora de cincuenta miércoles de ceniza; catalana de nacimiento y francesa de educación; mujer que ha sido muy hermosa, y que, como todas las morenas, ha envejecido demasiado pronto; muy aficionada al mundo, pero que ya no va á él, sino que lo recibe, y á la cual visitan todas las noches (desde las seis, que se abre su comedor, hasta las tres de la mañana, que se cierra su tertulia) unas ochenta á cien personas de todos tamaños y matices.—Unas la acompañan á la mesa; otras á tomar café mientras es hora del teatro; otras pasan allí la soirée, cuando no hay funcion en el teatro Real; otras van á pedirle té después de la ópera; otras juegan al tresillo de diez á doce, y otras se presentan allí de media noche para abajo, ganosas de contar ó de saber las noticias políticas de última hora.

Esta marquesa no visita á nadie; no va al teatro ni á paseo; oye misa en su casa; no viaja hace muchos años, y, por último, no lee ningún periódico...—Verdad es que esto no le hace falta, pues que en su reunión se habla más y de mejores cosas que en todos los periódicos juntos.

La popularidad de esta señora y la afluencia de gente á sus salones están muy justificadas...

Primeramente, en ellos no falta nunca media docena de señoritas de primer empuje, bonitas... como casi todas las mujeres, bien educadas, aunque en París; que cantan, tocan el piano, bailan, etc., etc., y que no son las mismas todas las noches, ni tan siquiera dos noches seguidas, dado que van allí cuando no les toca el turno del teatro Real, cuando no hay baile en ninguna de las casas que frecuentan, ó cuando están de luto... aparente.

En segundo lugar: de los sesenta hombres, v. g., que concurren allí, por lo menos quince han amado á la Marquesa en sus años verdes, ó sea en sus verdes años; lo cual aumenta la cordialidad del trato y anima mucho la conversación algunos momentos,—sobre todo cuando no oyen las señoritas.

En tercer lugar, es indudable que la juventud se adiestra en aquella casa para más rigorosas sociedades: los hombres de mérito se dan á conocer; los curiosos saben todo lo que pasa en la villa; los murmuradores siembran sus observaciones de toda la semana; los viejos cuentan la historia secreta de todo el mundo (cosa que no está demás saber en los tiempos que alcanzamos); los diputados dicen lo que piensan decir ó lo que hubieran dicho; otros explican su voto ó su abstención; otros revelan aquello que harán cuando sean ministros... (háse notado que estos últimos nunca llegan á serlo); los Ministros, que también suelen concurrir (y no lo digo precisamente por los actuales), se justifican como Dios les da á entender ante la oposición con faldas, que es la más lógica y temible, y, en fín, con estas y las otras, resulta que en casa de la Marquesa se habla todas las noches de música, de política, de literatura, de modas, de viajes, de amores, de amoríos, de caballos, de casamientos, de defunciones, de bailes, de conciertos, de patinación, de esgrima, de jurisprudencia, de medicina legal é ilegal, de tauromaquia, de llegadas, de partidas, de historias, de teatros, de la temperatura, y de todo lo nacido y demás, como dice un amigo mío.