Ahora bien; obligado yo, como lo estoy desde que se jubiló Pedro Fernández, á escribir semanalmente en el folletín de La Epoca algo que agrade á sus lectoras (que suelen serlo las damas principales y las niñas más bonitas de Madrid), y careciendo de idoneidad para tan espinoso cargo, sobre todo después de las obras maestras que el Fernández ha producido en tal género, he caido en la cuenta de que, yendo una noche por semana á casa de la Marquesa, y apuntando en un papel todo lo que allí oiga referente á los altos intereses femeninos, me encontraré con mi trabajo hecho y no tendré más que remitirlo al periódico.
Después de este prefacio, pasemos á ver á la Marquesa, y refiramos todo lo que se diga en su tertulia.
PRIMERA VISITA.
EL FÍN DEL MUNDO.—DOCE MUJERES DE CORAZÓN.
—A los piés de V., Marquesa.
—Adios, joven: ¿cómo vá?
—A la orden del día y á la orden de V.: tosiendo y adorándola.—¿Y V.? ¿cómo tan sola?
—Acaba de irse al teatro mi primera tertulia. El Vizconde está en mi cuarto escribiendo una exposición á las Cortes contra los toros, y yo, mientras, filosofaba.—Pero ¡vamos! cuénteme V... ¿Dónde tan perdido? Hace ocho días que no lo vemos...
—¡Qué sé yo, Marquesa!... ¡qué sé yo!—Una semana menos y una semana más.—La he pasado entretenido en mil cosas, y hoy no me acuerdo de ninguna...
—Conque... ¿aburrido? ¿eh?
—¡Ni tan siquiera eso! ¡Hasta el fastidio, aquel noble compañero que nunca me abandonaba, empieza á serme infiel!