—Según eso, ¿se divierte V. en el mundo?
—No, señora; me distraigo; que es lo peor que puede sucederme.—La indiferencia es el sublimado del spleen.
—¡Pobre juventud!
—No comprendo esa exclamación, Marquesa.—Esta noche vengo decidido á disputar hasta en el filo de una espada.—Perdone usted, pues, que la contradiga á cada paso...
—He dicho: ¡pobre juventud!...
—Pues bien; yo creo que esa frase no está en su lugar.
—¿Por qué?
—¡Porque ya no hay juventud! (En el mundo moderno, se entiende:—que en nuestras provincias, donde aún queda algo de la antigua sociedad, todavía tropieza uno con esos anacronismos.) Pero en la sociedad moderna; en la que nosotros frecuentamos; en esta, amiga mía, no sólo no hay ya jóvenes; pero ni muchachos, ni viejos, ni mujeres...
—¡Ave María purísima! Pues ¿qué hay?
—Hablo formal, Marquesa: ya no hay más que hombres.