—¿Qué? ¿Las mujeres de ahora?...
—¡Son hombres; como los niños, y como los viejos... y como todos los seres creados ó imaginados!—Ya no hay dioses, ni semidioses, ni héroes, ni ángeles, ni almas del otro mundo, ni brujas, ni hechiceros, ni astrólogos, ni profetas, ni santos, ni Belcebúes: ¡ya no hay más que hombres! Y, como ya no hay más que hombres, se propende lógicamente á que sólo exista un hombre repetido, es decir, á que todos los hombres sean iguales. ¡Pronto desaparecerán, pues, las variedades que quedan en la especie humana, desde los esclavos de Cuba hasta los reyes de Europa!—No diré que los sacerdotes católicos lleguen á usar con el tiempo barbas, mujer y levita, como los protestantes; pero lo que sí aseguro es que se acabarán los moros, los judíos, los chinos y hasta los negros: las razas se cruzarán, unificándose: todos vestiremos un mismo traje, y hablaremos el mismo idioma: habrá moda universal, lengua universal, cámara universal, elegida por el sufragio universal, y dinero, y comida, y costumbres, y hasta mujeres universales. Después de esto, la humanidad la tomará con los irracionales..., y Dios sabe lo que inventaremos para mejorar su suerte, para igualarlos á nosotros, para redimirlos, para emanciparlos!—¡Ah! ¡la igualdad! La igualdad es la barbarie, es el estado salvaje, es el estado animal. En algunos bosques del interior de Africa todos los séres son iguales, incluso el hombre.—Créalo V., Marquesa: la igualdad es la muerte de la actual civilización.—Bien decía Voltaire: ¡Si no hubiera Dios, sería necesario inventarlo!—Ahora bien; yo creo que se acerca otra vez el día de la justicia de ese Dios sobre la soberbia y el olvido del hombre.—Preveo el fín del mundo.
—¡Por piedad, amigo mio! ¡explíquese V.!—Bajo palabra de honor le digo, que si no estuviera acostumbrada á sus extravagancias, creería que se había V. vuelto loco.
—Es muy posible, Marquesa; y ya hablaremos de eso más adelante.—Por lo demás, mi anterior razonamiento es muy sencillo. Desde que nuestra flamante civilización se olvidó del alma; desde que todo nuestro empeño se redujo á procurar comodidades al cuerpo y sublimar nuestras facultades físicas; desde que sólo pensamos en ferro-carriles para andar más deprisa, en telégrafos para hablar más alto, en máquinas para trabajar menos, en inventos para dormir mejor, en preservativos contra el calor y el frio, y en buscar medios de comer á una misma hora langostas del mar del Norte, chirimoyas de América y nidos de golondrinas del Japón; desde que nuestras casas están tan bien amuebladas, nuestros cuerpos tan adobados, perfumados, empolvados y reteñidos, nuestros dientes tan seguros en las encías, nuestros cabellos tan inamovibles en la cabeza, nuestra seguridad individual tan garantida por la Guardia civil, y nuestro derecho al Poder tan protegido por la Constitución, los dioses se han ido... y detrás de ellos las artes... y detrás de las artes el amor... y detrás del amor las mujeres... y detrás de las mujeres los niños... y con los niños los duendes, los viejos y los santos.—¿Me comprende V. ahora?
—Algo más claro lo veo... Quiere V. significar que la civilización presente ha descuidado el corazón y la fantasía; se ha hecho materialista, y mata de hambre á los jóvenes y á los poetas, que sólo viven y pueden vivir de sentimientos y preocupaciones...
—¡Justo! La mujer se ha vuelto materialista y sabia; el niño fuma en el vientre de su madre, blasfema en la cuna y escribe contra las creencias y las supersticiones antes de llegar á la edad en que la ley le permite hacer testamento; el viejo se remoza y remienda para seguir representando algún papel en el único mundo de que tiene noticias.—¡No... no hay más poder que el del hombre, ni más gloria que la suya, ni otro criterio que la razón humana, ni otra verdad que la que nosotros nos hacemos!—De aquí la muerte de la literatura.—¡Pobre literatura! ¿Qué pueden cantar hoy los poetas sin que el público se les ría? ¿Han de cantar al hombre?—¡Cerca le anduvieron, cuando, en la agonía de su inspiración, se dedicaron por completo á la mujer!—Aludo al romanticismo.—Los románticos, que negaban sus himnos á la divinidad, hicieron un dios de cada mujer, y cifraron en ella todo lo eterno, todo lo infinito, todo lo ideal que presiente el alma.—La mujer, por su parte, agradecida á estos hombres, bebió vinagre y mascó yeso, fingió que no comía ni hacía nada prosáico, adelgazó y palideció (todo á fín de sostener en su ilusión á los poetas); pero al cabo se portó como lo que era, como una pobre criatura de barro; como Eva, nuestra primera madre; como Julia se portó con aquel amigo mío...
—¡Adelante!...
—Y los pobres románticos quedáronse tan corridos y avergonzados, que, ó se metieron á neo-católicos, ó se pegaron un tiro.—En cuanto á la Novela, se dedicó á divinizar á las modistas y á las cómicas.—La pintura, la escultura y la arquitectura (las dos últimas especialmente) cesaron en sus funciones.—E hicieron bien... ¿Qué Dios, qué mito, qué héroe, qué fé, qué alteza habían de simbolizar en estos tiempos constitucionales? ¿Era cosa de erigir estatuas y templos á los economistas de frac azul, á los filántropos de bata, á los ingenieros vestidos á la inglesa?—¡Ah! señora... ¡yo disculpo á las pobres mujeres que, para luchar con esos impíos, con esos iconoclastas..., digo mal..., con esos adoradores de sí propios, se han creido en la precisión de imitarlos, de hacerse lógicas y positivistas, de masculinizarse (verbo nuevo), y de aspirar á tener voto en Cortes y sillones en las Academias! ¡Yo disculpo á los niños que, careciendo de juguetes y de temores, se meten á políticos y á filósofos! ¡Yo disculpo á esos viejos...—Pero aquí sale el Vizconde.
—¡Oh! de seguro no opinará como V...
—¿De qué se trata?—Buenas noches, amigo mío.