—Es muy sencillo, señor Vizconde. Decía yo á la Marquesa, ó pensaba venir á parar á probarle, que en la sociedad española (hablo de la sociedad inteligente, que forma las modas y las costumbres, de la sociedad de todas las aristocracias, de la sociedad de los sabios, los nobles, los políticos, los poetas y los banqueros) hacen mucha falta doce mujeres de corazón.

—¡Doce hombres, querrá V. decir!...

—¡Eh! ¡no sea V. polaco! Hablábamos formalmente.—Yo creo que esas doce mujeres son más necesarias, y harían mucho más bien, que esos doce hombres. Ellas resucitarían las ideas de gloria, de amor y de heroismo. Ellas ensancharían el mezquino horizonte de la bolsa y de la política, en que hoy se asfixia toda idea santa y generosa. Ellas protestarían contra el descreimiento general, rehabilitarían el sentimiento, enardecerían la fé, resucitarían el entusiasmo, ennoblecerían la lid, en una palabra; y, de las emboscadas alevosas y torpes escaramuzas de los pasillos del Congreso ó de los teatros, harían magníficos torneos en que la inteligencia fuera la espada, la hermosura el premio del vencedor, y Dios y sus verdades eternas el tema constante de la gloriosa pugna!

—¡Delirios de poeta, joven incauto!—exclamó el Vizconde.

—¡No tan delirios! (respondió la Marquesa). Pero, en fín, dejémoslo. Oigo crugido de faldas en el salón, y no es cosa de que reciba usted esta noche un voto de censura de las mujeres que tenemos..., buenas ó malas.

—¡Oh... magníficas, Marquesa!... ¡son magníficas! ¡En medio de todo, cuanto peores me gustan más! Las mujeres son como el queso: hasta que se echa á perder, no agrada á les connaisseurs...

—¡Ah, libertino!...—Mas ¿qué veo?

—Buenas noches...

—¡Oh! generala, ¿cómo va?

—Bien, Marquesa...